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Santo del día

San Pío de Pietrelcina

Santo del día

Nació en Pietrelcina el 25 de mayo de 1887, en el seno de una modesta familia de labradores. Era el cuarto de siete hermanos. Su padre era Gracio (luego cambió su nombre por el de Horacio) y su madre María Josefa. Su verdadero nombre era Francisco Forgione, el cual, al tomar el hábito capuchino, cambiaría como era tradición en aquel tiempo por el de Pío seguido de su localidad de procedencia. Su familia era tan pobre que su padre tuvo que emigrar por dos veces a América. Durante su infancia no destaca por ser ningún niño prodigio. Su infancia transcurrió en el silencio de su pueblo, cual otro Jesús en Nazaret, dedicado a las labores propias del campo. Eso sí, es un cristiano ejemplar y desde pequeño comienza a sentir deseos de consagrarse totalmente a Dios. A los quince años, en la primavera de 1902, Francisco pide a los capuchinos poder ingresar en el noviciado de Morcone. Su deseo se convierte en realidad el 6 de enero del año siguiente. El 27 de enero de 1907 emitió su profesión solemne. El 28 de julio de 1916, Pío de Pietrelcina llega por primera vez a San Giovanni Rotondo, donde, salvo algún breve período de tiempo, permanecerá 52 años, hasta su muerte. Es ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1910.


Hay que decir que el P. Pío no gozó de buena salud. Tanto es así que lo licenciaron del servicio militar a causa de una tuberculosis, de la que, al parecer, se recuperó misteriosamente. Pero la cruz del P. Pío no será precisamente un problema de salud sino los signos visibles de la Pasión del Señor en su cuerpo.


Poco tiempo después de su ordenación aparecen por primera vez los estigmas. El P. Pío ora al Señor para que hiciera desaparecer aquel fenómeno. El Señor escuchó su plegaria. Sin embargo, en la mañana del viernes 20 de septiembre de 1918, vuelven a aparecer. Con él permanecerán durante 50 años.


Aquel 20 de septiembre todo parecía tranquilo en el viejo convento capuchino. Un joven religioso, el P. Pío, hace apenas unos minutos que ha concluido la celebración eucarística en la Capilla dedicada a Ntra. Sra. de las Mercedes, se ha retirado al palco del coro para dar gracias... Pero, dejemos que sea el propio Pío de Pietrelcina quien nos cuente lo ocurrido en una carta dirigida a su director espiritual: «Estaba en el coro, después de la Santa Misa, en ese momento me sobrevino una relajación tal que parecía un dulce sueño. Todos los sentidos, tanto internos como externos, así como cualquier facultad del alma, se encontraron en una quietud indescriptible [...]. Y mientras todo esto ocurría, encontré ante mí un misterioso Personaje; tenía las manos, los pies y el costado sangrantes [...]. Lo que sentí en aquel instante no sabría describirlo. Me sentí morir y estaría muerto si el Señor no hubiese intervenido sosteniendo mi corazón que daba la impresión que se salía del pecho. Aquel Personaje desapareció de mi vista y observé que mis manos, mis pies y mi costado estaban manando sangre».


El día en que recibió los estigmas el P. Pío se encontraba solo en el convento de San Giovanni Rotondo. Cuando el P. Paulino regresó a este, se encontró con el extraño fenómeno; rápidamente escribió al Padre Provincial. Su consigna, hasta comprobar lo ocurrido fue: silencio. A partir de este momento comenzará el verdadero calvario para el P. Pío. Tendrá que soportar innumerables visitas médicas, a pesar de que la Santa Sede dio orden de que nadie examinara al P. Pío sin una orden escrita.


El P. Pío es el primer sacerdote estigmatizado y, además, quien más tiempo convivió con estas señales. Recordemos que otro conocido estigmatizado, san Francisco de Asís era diácono y los estigmas duraron 2 años. Otra gran santa, contemporánea del P. Pío, como es Gema Galgani, los tuvo durante 18 meses.


Los milagros atribuidos al Señor por medio del P. Pío son incontables. Se dice que emanaba un cierto perfume mezcla de violetas y rosas. ¿Sería este el olor de santidad? También parece ser que tenía el don de la bilocación. Es decir, podía estar en dos lugares al mismo tiempo. Aunque sin duda el don mayor era el de poder escrutar las conciencias en el momento del sacramento de la Reconciliación.


Pero más que los estigmas o los dones especiales que recibió el P. Pío, era de admirar su gran capacidad de trabajo. Se levantaba a las 03,30, e iba a la capilla para prepararse con la oración a la celebración de la eucaristía que comenzaba a las cinco. El P. Pío celebraba la eucaristía con gran unción, de forma reposada, parecía que masticaba o, mejor, rumiaba cada palabra. Su celebración era distinta a las demás, tanto es así que se hacía presente, casi de forma palpable, el Misterio Pascual. Su eucaristía, algunos días, duraba horas, y en el momento de la elevación parecía que entraba en éxtasis. Terminada la celebración eucarística se dedicaba totalmente al sacramento de la Reconciliación. Los dos lugares entre los que se movió el P. Pío fueron el altar y el confesionario.


Llegaron los años oscuros. Durante el período comprendido entre 1931 a 1933 se le ordenó que no podía tener ningún contacto con los fieles, y que debía celebrar la eucaristía en privado. El P. Pío, con toda humildad y fiel a la «hermana obediencia» no puso ningún obstáculo. Después de una primera rehabilitación en 1933, continuaron numerosos y duros controles por parte de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (por aquel entonces Santo Oficio). La rehabilitación definitiva llegará el 30 de enero de 1964 cuando el papa Pablo VI restituye al P. Pío en su ministerio.


El día 20 de septiembre de 1968 se cumplían cincuenta años del inició de la estigmatización. El P. Pío era ya bastante anciano, tenía 81 años. Este día transcurrió como otro cualquiera. El P. Pío celebró la eucaristía a las cinco de la mañana para luego dedicarse a la oración y al confesionario. El domingo siguiente día 22 de septiembre, se preparó una gran fiesta en honor del beato capuchino. Pero la noche del viernes 20 fue demasiado agitada para él. Hubo que llamar al médico de urgencias. Al día siguiente, sábado, es incapaz de levantarse para celebrar la eucaristía. El domingo día 22 se levantó para presidir su última celebración eucarística.


A las 02,30 del lunes 23 de septiembre de 1968 pronunció sus últimas palabras: «¡Jesús! ¡María!». En el momento de su muerte los signos visibles de los estigmas desaparecen de su cuerpo.


Muerto con fama de santo, el día 18 de diciembre de 1997 se promulga el decreto sobre sus virtudes y el 2 de mayo de 1999, el papa Juan Pablo II lo beatificó en Roma.


 ¿Dónde está la santidad de este hombre? Desde luego que no en los estigmas. Su santidad radica en ser fiel al evangelio de Jesús y amar a su Iglesia. Sin esta unión con el Maestro los estigmas o su capacidad taumatúrgica serían únicamente fenómenos producidos por una mente perturbada. El Padre Pío ha demostrado que mediante la oración y los sacramentos podemos obtener de Dios las gracias necesarias para ir caminando en nuestra vida terrena e ir pregustando ya aquí, en la tierra, los dones imperecederos del reino de Dios.


 Recordemos y meditemos estas palabras de Pablo en su primera Carta a los corintios que se cumplen plenamente en el P. Pío: «Dios eligió lo que el mundo tiene por necio para humillar a los sabios; lo débil, para humillar a los fuertes, lo vil, lo despreciable, lo que es nada, para anular a los que son algo; para que nadie presuma delante de Dios» (1Cor 1,27-29).

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