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Santo del día

San Andrés Kim y compañeros (mártires de Corea)

Santo del día

La persecución anticristiana en Corea duró oficialmente 82 años, de 1801 a 1883, durante los que decenas de miles de católicos fueron masacrados en distintas ocasiones y diferentes localidades de la península. El cristianismo era todavía joven cuando arreciaba la tempestad de la persecución sobre las comunidades de aquel país. Diecinueve años antes, en 1782, algunos escritores coreanos habían encargado a un joven noble, Yi Seung Hoon, que debía ir a China al año siguiente para la tradicional embajada de homenaje a la corte de Pekín, obtener mayores informaciones sobre la religión católica, de cuya existencia habían leído en algunos libros (entre ellos uno escrito por Mateo Ricci, que le había entregado 150 años antes el jesuita Adam Schall a un príncipe coreano prisionero en Pekín). Llegado a la capital china, Yi recibió el bautismo, tomando el nombre de Pedro, y al volver a Corea bautizó a su vez a los escritores que le habían enviado. Con su fervor dieron origen a un fuerte movimiento de proselitismo, constituyendo para sí mismos una jerarquía eclesiástica, pero que no fue reconocida oficialmente (1789). Mientras tanto, la fuerte expansión de la nueva religión, junto con el abandono del culto de los antepasados, originaba algunos conflictos y hostilidades locales. Durante muchos años los cristianos de Corea no contarán con ningún sacerdote y, sin embargo, cuando en 1794 llegó al país el sacerdote chino Santiago Zhu encontró a cuatro mil cristianos, que se multiplicaron inmediatamente con ocasión de su martirio en 1801.


Los períodos de grandes persecuciones que azotaron el país fueron cuatro: en 1801, entre 1838-1839, en 1846 y entre 1866-1883. Los tres primeros duraron cerca de un año cada uno, y fueron de naturaleza estrictamente religiosa. El catolicismo era considerado como una «religión perversa», ya que eliminaba en los convertidos sus lazos con el pasado y con los cultos tradicionales. En cambio, los 17 años de la última persecución también encierran un elemento político, debido a la cada vez más fuerte y visible presencia de las potencias europeas en la zona.


Al carecer de sacerdotes (sólo ocasionalmente alguno lograba entrar clandestinamente en el país), los cristianos coreanos pidieron repetidamente a la Santa Sede que les enviara algún sacerdote. Finalmente, en 1831, fue erigido el vicariato apostólico de Corea, confiado a las Misiones Extranjeras de París. Los sacerdotes Pedro Maubant y Santiago Chastan, seguidos en 1837 por Mons. Lorenzo Imbert, entran secretamente en el país y desempeñan un intenso trabajo apostólico, protegidos por los cristianos coreanos. Sin embargo, entre 1838 y 1839 se produce un recrudecimiento de la persecución. En agosto de 1839, Mons. Imbert y los dos hermanos se entregan a las autoridades con la esperanza de que se ponga fin a las persecuciones. Conducidos a Seúl, serán decapitados el 21 de septiembre.


La comunidad coreana se quedó sin sacerdotes otros seis años, hasta que en 1845 penetran clandestinamente en Corea, con la ayuda de Andrés Kim, el nuevo vicario apostólico Mons. José Ferréol y el misionero Nicolás Antonio Daveluy. Al año siguiente, una imprudente intervención de un almirante francés ofrece a las autoridades coreanas el pretexto para desencadenar otra persecución contra los cristianos, acusados de traición. El 16 de septiembre de 1846 es decapitado el primer sacerdote coreano, nacido en 1821. Kim había sido enviado en 1836 por el P. Pedro Maubant a estudiar a Macao, y nueve años más tarde había regresado clandestinamente a Corea, después de haber recibido la consagración sacerdotal de manos de Mons. Ferréol el 17 de agosto de 1845 en los alrededores de Shanghai. El joven sacerdote había ayudado entonces al vicario Ferréol a entrar ocultamente en Corea. Arrestado hacia mediados de 1846 mientras estaba buscando una vía segura para hacer entrar en el país a otros misioneros extranjeros, fue conducido a Seúl y ajusticiado después de que resultaran vanos los intentos de obligarlo a denunciar a otros cristianos. Fueron condenados a muerte también todos los que habían tenido relaciones con él. Corrió la misma suerte el padre de Andrea, José Kim, que llevaba tiempo deseando hacerse cristiano, pero siempre había retrasado la decisión. Tras el arresto de su hijo se presentó a las autoridades declarándose cristiano. Su hijo, antes de sufrir el martirio, lo bautizó en la cárcel.


El nuevo vicario apostólico, Mons. Francisco Berneux, el padre Daveluy y otros misioneros extranjeros que habían entrado clandestinamente, pudieron desarrollar obras de apostolado hasta comienzos de 1866, cuando se reanudó la violencia contra los cristianos. Complicaciones de naturaleza política, relacionadas con acontecimientos internacionales, convencieron nuevamente a las autoridades coreanas de la necesidad de intervenir con fuerza contra los miembros de esta «religión perversa». La lista de los mártires se amplió: en marzo sufrieron el martirio el vicario apostólico Berneux, su sucesor, Daveluy, y otros tres misioneros occidentales; en las semanas siguientes, y hasta principios de 1867, otros miles de cristianos. La presencia misionera se reanudó en 1876 entre muchas dificultades y nuevas formas de persecución; sólo entre 1882 y 1886-1887, con los tratados comerciales con Japón y Estados Unidos y posteriormente con Francia, se obtuvo una relativa libertad para los misioneros.


El 5 de julio de 1925 Pío XI beatificó a un grupo de 82 mártires de las persecuciones entre 1839 y 1846 (entre ellos Maubant, Chastan y Andrés Kim); un segundo grupo de 24 mártires fueron declarados beatos por Pablo VI en 1968; ambos grupos fueron canonizados por Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, durante su viaje apostólico a Seúl con ocasión de las celebraciones para el bicentenario del cristianismo coreano.

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