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Santo del día

San Juan Crisóstomo

Santo del día

Juan nació, en fecha incierta en torno al 350, en Antioquía, en el seno de una familia de elevada posición social. La madre, Antusa, que se quedó viuda en joven edad, cuidó la educación del joven, que pudo gozar de la enseñanza de Libanio, el más famoso maestro de retórica de la época; mucho menos conocido es en cambio su maestro de filosofía, Andragacio. Pero hacia los dieciocho años Juan abandonó los estudios profanos para dedicarse a una vida más comprometida con el cristianismo, y fue Melecio, entonces obispo de Antioquía, quien cuidó su iniciación. Bautizado, pasó tres años en el asceterio dirigido por Diodoro, entonces presbítero en Antioquía y futuro obispo de Tarso, donde tuvo de condiscípulo a Teodoro, futuro obispo de Mopsuestia. Tres años después fue nombrado lector, pero, decidido a practicar una ascesis más rígida, no obstante la resistencia de la madre, que le suplicó no la dejara viuda por segunda vez, tras haberla contentado en un primer momento, se retiró posteriormente a una vida eremítica en el desierto no lejos de Antioquía. Pero el duro clima del desierto no benefició para nada la salud del joven, que cuatro años más tarde volvió en mal estado a la vida civil. Diácono en el 381, fue ordenado presbítero en el 386 por el obispo Flaviano, sucesor de Melecio, y ejerció su oficio once años, distinguiéndose, además de por el celo religioso, por la espléndida elocuencia, que le valió, a partir del s. VI, el sobrenombre de Crisóstomo (boca de oro). En Antioquía fue donde Juan pronunció casi todos sus discursos más famosos.


En noviembre del 397, muerto el obispo Nectario, quedó vacante la sede de Constantinopla, falta de significativas tradiciones cristianas, pero que, en virtud de la presencia de la corte, muy pronto se había convertido en importante centro de poder. Por este motivo Teófilo, el poderoso patriarca de Alejandría, se las ingeniaba para que designaran al sacerdote Isidoro sucesor de Nectario, pero el eunuco Eutropio, entonces todopoderoso favorito del débil emperador Arcadio, temiendo el exceso de poder que adquiriría Teófilo con el nombramiento de un partidario suyo en Constantinopla, pensó oponerle a Juan, cuya fama de orador, ya consolidada, parecía recomendarlo para un oficio en el que los cometidos de representación eran particularmente delicados, y en cualquier caso hacía de él un candidato del máximo respeto. Para evitar tergiversaciones y retrasos, Juan fue retirado de Antioquía y llevado a Constantinopla por orden del emperador. Fue precisamente Teófilo quien lo consagró patriarca de Constantinopla el 26 de febrero del 398. Más allá de la contingencia política que había ocasionado el nombramiento de Juan, la elección muy pronto resultó poco feliz. Los cometidos de representación que el obispo de la capital del Imperio –en constante contacto con la corte–, debía desempeñar no se podían limitar a algún que otro adornado discurso, sino que exigían sobresalientes cualidades diplomáticas, capacidad para saber vivir en el mundo y tratar con ambientes muy difíciles, cualidades todas ellas de las que Juan carecía por completo, pues su carácter había madurado en las asperezas de la vida eremítica y parecía un tanto tosco. Mientras estuvo en Antioquía, la protección que le dispensaba el obispo Flaviano le había permitido opinar sobre cualquier argumento con plena libertad; pero, una vez en Constantinopla, toda protección se vino abajo y el ambiente era tal que exigía, a todo el que estuviese en posición destacada, medir siempre y en todas partes las palabras, un ejercicio para el que Juan, pasional y por ello incapaz de autocontrol, no se hallaba preparado.


El celo con que emprendió las tareas pastorales de su oficio, unas veces atendiendo las exigencias materiales de sus fieles más necesitados, otras promoviendo medidas en perjuicio de los muchos herejes de distinto credo que todavía pululaban en la ciudad, le valieron el favor de la gente corriente, pero su escasa maleabilidad ante los deseos de la corte y de los poderosos en general le procuraron enemistades en las altas esferas. El mismo Eutropio, que había patrocinado su nombramiento, al ver que atendía sus deseos, pronto se convirtió en su enemigo personal; y cuando, tras su estrepitosa caída, se hizo sentir ante el emperador la influencia de la mujer Eudoxia, la relación con esta empeoró, porque Juan no dejaba de censurar el lujo, opulencia y ostentación de la corte. Añádase a ello que se había instaurado la costumbre de que obispos de otras sedes, sobre todo si eran buenos oradores y astutos oportunistas, prefirieran residir largos períodos en la capital, en contacto con la corte y ambientes mundanos. Al no aprobar este costumbre, Juan también se enfrentó con ellos, ganándose otros poderosos enemigos, entre los que cabe recordar a Severiano de Gábala, Acacio de Berea y Antíoco de Tolemaida. Mientras, el astuto Teófilo, seguía de lejos atentamente el desarrollo de los acontecimientos. Desde hacía dos siglos, el obispo de Alejandría aspiraba a una posición hegemónica en la cristiandad oriental, y en su camino siempre había encontrado el obstáculo de Antioquía, la otra gran metrópoli de Oriente cuyas tradiciones cristianas eran tan diferentes culturalmente de las alejandrinas. El rápido ascenso de Constantinopla había ampliado la partida de dos a tres contendientes: era esencial para las aspiraciones políticas de Alejandría que el obispo de Constantinopla o le fuese favorable o, en el peor de los casos, fuese un personaje de fachada, carente de efectivo peso político; sobre todo, era intolerable que en la cátedra de la capital se sentara un antioqueno, y además intransigente, como Juan. El desarrollo de los acontecimientos permitió a Teófilo idear en poco tiempo un plan para librarse de él.


Desde el punto de vista de la política eclesiástica, la actuación de Juan se mostró eficaz en más de una circunstancia: su mediación favoreció la solución de la crisis provocada por Gainas, poderoso jefe de tropas godas al servicio del imperio; y dos concilios, celebrados en Éfeso entre el 400 y el 401 para resolver cuestiones de disciplina eclesiástica, elevaron el prestigio del obispo de Constantinopla en la región. Por el contrario, se deterioraron rápidamente las relaciones de Juan con la emperatriz Eudoxia por motivos que no conocemos con detalle: en una conversación mantenida con Porfirio, obispo de Gaza, Juan mismo habría aludido a un reproche que le había hecho a Eudoxia por haberse apoderado de cierta propiedad. En cualquier caso, también Eudoxia deseaba deshacerse de Juan y, con este fin, no tardó en alcanzar un acuerdo con Teófilo, indispensable para proceder contra él con apariencias de legitimidad. Algunos monjes de Egipto, procedentes de Nitria, se enfrentaron con Teófilo, que los había acusado de ser origenistas; se refugiaron en Constantinopla y alegaron cargos contra su patriarca, por lo que el emperador Arcadio lo llamó a presentarse para ser juzgado por un concilio presidido por Juan. Pero precisamente en esta coyuntura el influyente Epifanio, obispo de Salamina, gran perseguidor de los origenistas, se trasladó a Constantinopla y se empleó para perjudicar a Juan. La convergencia de todas estas fuerzas en detrimento del patriarca involucró también al débil emperador, por lo que Eudoxia y Teófilo tuvieron manos libres para poder conseguir su objetivo. En el concilio de la Encina, un barrio de Calcedonia, Teófilo se presentó acompañado de un buen número de obispos egipcios; los otros pocos que se reunieron casi todos eran hostiles a Juan, por lo que este, al no reconocer una representatividad adecuada a los congregados, se negó incluso a acudir. Ello originó un vuelco de la situación: en el concilio no se habló de origenismo y en cambio fueron presentados nada menos que veintinueve cargos contra Juan, que nos ha conservado Focio (Bibl. 59), y que concernían a una serie de presuntos abusos de poder. Eran acusaciones discutibles y sin fundamento, pero el concilio era programáticamente hostil a Juan, de modo que este, después de haber sido convocado tres veces y sin acudir, fue condenado y depuesto (agosto 403). Arcadio aprobó la deposición y desterró a Juan a Bitinia. Pero este primer destierro fue brevísimo: Eudoxia, teniendo en cuenta el evidente descontento de la población y afectada en esos días por algún problemas que desconocemos, tal vez de carácter familiar, llamó al exiliado que acababa de llegar a las fronteras de Bitinia. Juan fue acogido triunfalmente en la capital e invitado a retomar su oficio, pero sin que se anulase la sentencia de condena en su contra mediante la convocación de otro concilio más representativo.


Juan también intentó congraciarse con la emperatriz hablando de ella en términos muy elogiosos durante un discurso, pero la tregua duró poco. En el otoño del 403 fue erigida en la capital una estatua de plata de Eudoxia y para la ocasión se celebraron festejos que al austero Juan le parecieron indecentes, dignos de paganos. Al parecer, en su reprensión pública evocaba a una nueva Herodías que volvía a reclamar la cabeza de Juan Bautista. Este clamoroso exordio fue entendido y divulgado como alusivo a Eudoxia, de modo que, explotando su resentimiento, los opositores de Juan se recuperaron y le acusaron de ocupar ilegítimamente una sede de la cual un concilio regular lo había destituido. Juan se negó a abandonar su oficio, como el emperador le impuso, por lo que, cuando en la vigilia de la Pascua del 404 se preparaba a administrar el bautismo a los catecúmenos, la iglesia fue invadida por la tropa y la ceremonia interrumpida con violencia. El 9 de junio Juan, que mientras tanto había apelado a los obispos de Roma, Milán y Aquilea pidiendo un nuevo juicio, fue desterrado e inmediatamente conducido hacia Cucusa, localidad de la lejana Armenia, donde residió tres años confortado por las visitas de los fieles de Antioquía que no le habían olvidado. Pero tampoco esta sede fue considerada suficientemente remota, y a finales de junio del 407 Juan tuvo que ponerse otra vez en camino para dirigirse a su nuevo destino, Pityus, en el extremo oriental del mar Negro. Su organismo, ya muy debilitado, no resistió las nuevas fatigas y durante el viaje murió en Cumanos (Ponto), el 14 de septiembre del 407. El obispo de Roma, Inocencio I, se negó a aprobar la deposición de Juan y, como fuera rechazada su propuesta de hacer reexaminar la cuestión, rompió las relaciones eclesiásticas con Constantinopla, Antioquía y Alejandría, seguido en esta actitud por todo Occidente. Pero en Oriente se llegó gradualmente a la rehabilitación de Juan: su nombre, entre el 413 y el 419, fue restablecido en los dípticos primero de Antioquía y después de Constantinopla y de Alejandría, y en el 348 sus restos fueron trasladados a la capital y depositados en la basílica de los Apóstoles el 27 de enero del 438. El emperador Teodosio II pidió públicamente perdón para sus parientes, que habían perseguido al obispo.


Juan Crisóstomo fue el único doctor antioqueno cuya fama no se empañó a causa de la polémica nestoriana, y esto tanto por su fama de mártir, como por el carácter de su producción literaria, no demasiado comprometida en sentido doctrinal y sobre todo neutra o en cualquier caso ajena a extremismos en los puntos sobre los que poco después se manifestaría el disenso entre Alejandría y Antioquía, aun permaneciendo fundamentalmente adheridos a los principios tanto exegéticos como teológicos de la tradición antioquena. Por tales motivos y por el intrínseco valor literario de sus obras, que siempre fueron leídas con entusiasmo en época bizantina y ampliamente utilizadas también en la liturgia, nos han llegado de Juan gran cantidad de escritos, en su mayoría de carácter homilético, dado que él se dedicó casi de modo exclusivo a la predicación, y a los escritos auténticos se han añadido –otro signo de su gran notoriedad– muchos otros que se le han atribuido erróneamente. Su elocuencia revela la cuidadosa educación que recibió por el influjo que ejercieron sobre él los cánones y las figuras retóricas de la segunda sofística y por la pureza, excepcional en aquellos tiempos, de su lengua ática. Por esto, aunque no sólo por esto, se ha dicho que su estilo es la expresión armoniosa de un alma ática. Pero la retórica y la escuela, lejos de proporcionar sólo el ornamento exterior, exaltan al máximo las cualidades innatas de un espíritu ardiente y apasionado, que en el discurso sabe adaptarse a las más variadas situaciones y pasar, según las exigencias, del estilo simple y natural al patético, tan querido por la elocuencia asiática, y al grandilocuente y grandioso que recuerda al mejor Demóstenes. Sea que interprete un paso de la Escritura, sea que trate de problemas teológicos, sea que se ocupe de cuestiones contingentes, a Juan, más que instruir al oyente, le interesa hallar el punto idóneo de encuentro con él para influir en el plano moral con la reprensión, la amonestación o la exhortación, y a veces también con la alabanza, para impulsar a un mayor progreso. Crisóstomo sabe encontrar siempre el tono más convincente y la expresión más iluminadora y persuasiva sobre los más variados argumentos de carácter moral y de orden práctico.


Finalidad principal de la actividad homilética era la interpretación de la Sagrada Escritura, y a este fin están dedicadas gran parte de las recopilaciones de discursos de Juan, pronunciados a menudo en días cercanos, de modo que pudiera interpretar, con series orgánicas, libros completos del texto bíblico. Entre las del Antiguo Testamento recordamos dos series dedicadas al Génesis con un total de 76 homilías, predicadas entre el 386 y el 388, algunas sobre Isaías y otras sobre distintos episodios de los libros de los Reyes. Las dedicadas a la interpretación de 58 salmos, tal vez en homenaje a la tradición, tienen cierto interés filológico, normalmente ajeno a nuestro autor. En cuanto al Nuevo Testamento, contamos con 90 homilías sobre Mateo, probablemente del 390, 88 sobre Juan muy poco posteriores, 55 sobre los Hechos de los apóstoles, predicadas en Constantinopla en el 400, único comentario a este libro neotestamentario que nos ha transmitido la patrística en lengua griega, y además recopilaciones de homilías sobre todas las cartas de san Pablo, el autor sagrado predilecto de Juan, casi todas pronunciadas en Antioquía. La formación antioquena del orador resulta evidente en la clara propensión por la interpretación de tipo literal, si bien, más que Diodoro y Teodoro, no duda en recoger en la exégesis veterotestamentaria tradicionales interpretaciones cristológicas mediante la alegorización del texto. Pero cabe recordar sobre todo lo que ya se ha observado antes acerca de la finalidad no sólo didáctica sino también y principalmente parenética de sus homilías, por lo que cada particular del texto sagrado puede servirle al orador para impartir una lección de moral a su auditorio. Nos conducen al ámbito teológico las cinco homilías Sobre la incomprensión de Dios, en las que Juan contesta a los arrianos, que pretendían alcanzar con la razón las profundidades inaccesibles de la naturaleza divina, removiendo así aquel sentido de misterio que es un elemento ineludible del auténtico sentimiento religioso. Recordemos también una serie de ocho homilías bautismales, publicadas hace sólo unas décadas, importantes asimismo bajo el aspecto litúrgico; ocho homilías contra los judíos (386-387), de tono violento e intolerante, significativo documento del apasionamiento a veces incontrolado de su oratoria; y, por último, panegíricos para fiestas religiosas, mártires, obispos antioquenos y otros personajes, elaborados con los ricos recursos de la pragmática para tales ocasiones.


Mención particular merecen las llamadas homilías sobre las estatuas y aquella sobre Eutropio. Las primeras fueron pronunciadas en el 387, mientras en Antioquía se esperaba con ansiedad y trepidación el resultado de la misión a Constantinopla del obispo Flaviano, que había acudido allí para impetrar el perdón del emperador y la revocación de las medidas punitivas que los ciudadanos temían a causa de los violentos tumultos durante los cuales habían sido derribadas, en la ciudad, varias estatuas del emperador y de sus familiares. Juan predicó una serie de 21 homilías en la iglesia atestada de gente asustada e implorante, tanto para alentar y exhortar a la esperanza, como para reclamar a cada cual a una penitencia saludable de sus pecados. Nunca como en aquella pavorosa ocasión supo encontrar el orador los tonos adecuados para llegar inmediatamente al corazón de los oyentes, interpretar su ansiedad, mitigar su desesperación, alentar su esperanza y reforzar su fe. La última homilía, pronunciada cuando Flaviano ya había traído la noticia del esperado perdón, suena como una liberación de la larga pesadilla, en la que cada cual había sido puesto delante de sus propias responsabilidades. La homilía a favor de Eutropio fue pronunciada a comienzos del 399 en Constantinopla, en la iglesia donde el ex poderoso favorito, caído en desgracia y acosado por los soldados, se había refugiado, ante un auditorio indispuesto contra él. «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»: la célebre expresión de Qohélet, propuesta al principio del discurso, nos da el gran tema que compara el pasado poder de Eutropio con la actual miseria, para explayarse en considerar la caducidad del poder y de cualquier bien terreno. La exhortación final a interceder por el caído ministro encontró a la multitud ya dispuesta a dirigirse procesionalmente ante el emperador para impetrar su perdón.


Entre las pocas obras de Juan que no son de origen homilético, la más importante es el diálogo Sobre el sacerdocio, en seis libros, que esboza la figura del sacerdote e ilustra sus obligaciones, los peligros a que se expone el que es indigno de tan alto oficio, las grandes cualidades que el mismo requiere, la preparación indispensable para una predicación eficaz y persuasiva, la superioridad del sacerdote que obra por el bien del prójimo respecto al monje que busca la perfección en la soledad. Recordemos aún 236 cartas, escritas todas durante los años de destierro, casi todas breves, que informan a los destinatarios sobre la condición del desterrado. Varias están dirigidas a Olimpia, rica viuda de Constantinopla, que estaba siempre al lado de Juan y ahora se ingeniaba, sin éxito, para aliviarle las contrariedades del exilio. Entre los muchos escritos atribuidos erróneamente a Crisóstomo merecen recordarse al menos el Opus imperfectum in Matthaeum, el más importante comentario a Mateo en lengua latina, que tanto habría admirado santo Tomás de Aquino, obra de un desconocido exegeta de fe arriana, que sabe manejar admirablemente la técnica alegórica; y la Liturgia de San Juan Crisóstomo, todavía la más usada en el oficio de la Iglesia ortodoxa, que no sólo en la forma actual se revela mucho más tardía, sino que ni siquiera parece haber tenido real conexión con Juan.


En el proceso de paulatina rehabilitación de Crisóstomo, al que hemos aludido antes, ya en el 428 la corte imperial instituyó el 26 de septiembre una festividad en su honor. Posteriormente se celebró la solemne traslación y deposición de los restos mortales en la iglesia de los Santos Apóstoles (27 de enero del 438). Que las reliquias fueran trasladadas a Roma durante el Imperio latino de Constantinopla y colocadas en la antigua basílica vaticana, es una tradición incierta; en efecto, son muchas las localidades que se precian de tener varias reliquias del santo: Moscú, Venecia, París y otras, además de varios monasterios del monte Athos, que llevan su nombre. El Martirologio Romano y los sinaxarios orientales fijan la festividad de Juan Crisóstomo el 27 de enero, aniversario de la vuelta de los restos mortales a Constantinopla. El 30 de enero es festejado con Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, que habían sido, como él, oradores de clarísima fama. Otras conmemoraciones se tienen, en los meneos griegos, el 15 de diciembre (consagración episcopal), 5 de mayo (deposición), 19 y 20 de marzo (primer exilio), 13 de noviembre (vuelta del exilio), 14 de septiembre (día de la muerte), 28 de diciembre (deposición de las reliquias). En la reciente edición del Calendario Romano la festividad de Juan Crisóstomo ha sido trasladada al 13 de agosto.


En la iconografía el santo aparece como un obispo con barba, alto y delgado, revestido con paramentos sagrados del rito griego. A menudo tiene como atributo un libro o, más raramente, un enjambre de abejas (que alude a su elocuencia dulce como la miel).

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