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Santo del día

Stos. Ponciano e Hipólito, m.l.; Casiano; Máximo; Benildo Pedro Romançon; Centola

Santo del día

XIX del T.O. 3ª del salterio Ez 18,1-10.13b. 30-32 / Sal 50 / Mt 19,13-15


 



Primera Lectura: Ezequiel 18,1-10.13b.30-32


Me fue dirigida esta palabra del Señor: «¿Por qué andáis repitiendo este refrán en la tierra de Israel?: “Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera”. Por mi vida –oráculo del Señor Dios– que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel, porque todas las vidas son mías: la vida del padre como la del hijo. El que peque, ese morirá. Si un hombre es inocente y se comporta recta y justamente; si no come en los montes ni levanta sus ojos a los ídolos de la casa de Israel; si no deshonra a la mujer de su prójimo ni se une a su mujer durante la menstruación; si no oprime a nadie, si devuelve la prenda empeñada; si no despoja a nadie de lo suyo, si da de su pan al hambriento y viste al desnudo; si no presta con usura ni acepta intereses; si se mantiene lejos de la injusticia y aplica con equidad el derecho entre las personas; si se comporta según mis preceptos y observa mis leyes, cumpliéndolas fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá –oráculo del Señor Dios–. Si ese hombre engendra un hijo violento y sanguinario, que comete contra su prójimo alguna de estas malas acciones, ciertamente no vivirá. Por haber cometido todas esas acciones detestables, morirá irremediablemente y será responsable de su propia muerte. Pues bien, os juzgaré, a cada uno según su proceder, casa de Israel –oráculo del Señor Dios–. Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no tropezaréis en vuestra culpa. Apartad de vosotros los delitos que habéis cometido, renovad vuestro corazón y vuestro espíritu. ¿Por qué habríais de morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie –oráculo del Señor Dios–. Convertíos y viviréis».


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Salmo responsorial: Salmo 50,12-13.14-15.18-19


 


Oh Dios, crea en mí un corazón puro.


 


Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.


 


Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.


 


Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Dios, tú no lo desprecias.
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Evangelio: según san Mateo 19,13-15


En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban. Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos». Les impuso las manos y se marchó de allí.


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Reflexión: Hacernos como niños


La atención de Jesús a los niños es una muestra más de la universalidad de Jesús, de su mensaje y de la salvación que aporta. Apenas tenidos en cuenta en la cultura y la forma de proceder de los representantes de la religión de entonces, son objeto de atención y de predilección por parte de Jesús, como lo eran los pobres, los enfermos y los excluidos. Como ante los enfermos, Jesús se detiene ante ellos, les impone las manos, los bendice. La preferencia de Jesús por los niños va, además, más lejos. Aquí, y de forma más clara en el texto paralelo de Marcos, Jesús los pone como ejemplo de los que pertenecen al reino y asegura a los discípulos que «el que no reciba el reino de Dios como un niño no entrará en él». ¿Qué hace de los niños sujetos de predilección para Jesús y modelos de la aceptación del reino? No parece que sea su candor, su inocencia, como se ha pensado con frecuencia. Es más bien su impotencia. Ni siquiera pueden llegar a Jesús por sus propios medios: son «presentados», son «llevados» ante él. El Señor que, como cantó María, derriba del trono a los poderosos, se vuelca sobre los que todo lo esperan de él y no pueden presentarle otro título que su necesidad de ayuda. No es extraño que grandes creyentes como Teresa de Lisieux hayan abierto un nuevo camino hacia Dios: el de la infancia espiritual.


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