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Santo del día

Romualdo; Gervasio y Protasio; Juliana Falconieri; Modesto Andlauer; Remi Isoré

Santo del día

4ª del salterio Zac 12,10-11; 13,1 / Sal 62 / Gál 3,26-29 / Lc 9,18-24



Primera Lectura: Zacarías 12,10-11; 13,1


Esto dice el Señor: «Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito. Aquel día el duelo de Jerusalén será tan grande como el de Hadad-Rimón, en los llanos de Meguido. Aquel día brotará una fuente para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, remedio de errores e impurezas».


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Salmo responsorial: Salmo 62,2.3-4.5-6.8-9


 


Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.


 


Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.


 


¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.


 


Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos.


 


Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo. Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.


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Segunda lectura: Gálatas 3,26-29


Hermanos: Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa.

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Evangelio: según san Lucas 9,18-24


Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro respondió: «El Mesías de Dios». Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.


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Reflexión: ¿Quién es Jesús para nosotros?


Escuchemos como dirigida a nosotros la pregunta de Jesús a los discípulos. A todos nos vienen a los labios en un primer momento respuestas como la de Pedro, sacadas ahora del credo, del catecismo o del estudio de la teología: «Jesús es el Hijo de Dios, el Verbo encarnado…». Pero no es eso lo que Jesús nos pregunta. Él no pretende examinarnos de teología. Recordemos la Carta de Santiago: «¿Crees que Dios es uno?... También los demonios lo creen y se estremecen». Su pregunta está destinada a interpelarnos en nuestra condición de creyentes. Y a una pregunta así no se responde con una fórmula por más precisa que sea. Se responde con la actitud creyente y con la forma de vida que se sigue de ella. Responderemos bien si convertimos su pregunta en esta otra: «¿Quién es Jesús para mí?». Y si a esa pregunta podemos responder contando con verdad que un buen día Jesús nos salió al paso, escuchamos su voz y nos sedujo su persona; que desde entonces vivimos adoptando sus actitudes, acomodando nuestros sentimientos a los suyos y siguiendo sus pasos. Si podemos decir que desde que le encontramos supimos que ya solo podríamos vivir para él.


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