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Testimonios vocacionales

15/01/2014

Director General

P. Octavio FIGUEREDO RUEDA

P. Octavio Figueredo

 

 

 

Nací en un pequeño pueblo de Colombia llamado Galán. Mi primera escuela fue una familia humilde y mis primeros pasos toparon con la realidad de muchos de esos hogares latinoamericanos que en los años 80 luchaban –en medio de la escasez y a veces del conflicto– por sacar adelante a sus «retoños», sus hijos. Mi cuna fue una familia campesina, cristiana y entregada por completo a sus cuatro hijos. Mis padres, que sólo pudieron cursar cuatro años de escuela primaria, siempre se preocuparon y esmeraron por el estudio de sus hijos, convencidos de que no hay mejor herencia que la educación. También los recuerdo, sobre todo a mi padre –que de joven quiso ser sacerdote–, muy preocupados por el tema religioso: vivíamos en una finca e íbamos al pueblo los fines de semana, sobre todo porque había que ir a misa de domingo. «Ir a Galán y no ir a misa, es mejor no ir»: así empezaban los regaños de mi padre cuando desobedecíamos su consejo.

 

Mi vocación al sacerdocio empezó como una «respuesta para salir del paso». Cuando estaba en segundo de primaria una profesora preguntó en clase qué queríamos ser de mayores. Mientras los demás iban contestando, yo pensaba en cuál podría ser mi respuesta, pero no la encontraba. Cuando llegó mi turno, no sabía qué decir. El anterior compañero acababa de apuntar que él quería ser sacerdote. Ni corto ni perezoso, y ante la ausencia de una respuesta, repetí: «Yo también quiero ser sacerdote». Lo que fue una «respuesta para salir del paso», y que por muchos años se quedó en el olvido, terminó calando en mi vida. Hasta tal punto que, cuando cursaba la secundaria, mis compañeros empezaron a decirme «el curita», pues entre amigos, estudios y amoríos, también me vieron en grupos juveniles, como catequista y sacristán.

 

A los 16 años decidí aceptar la invitación de un amigo –un paisano y aspirante paulino– e iniciar contactos con la Sociedad de San Pablo, congregación que conocía sólo de oídas y cuya hoja dominical con su logo veía cada domingo en la parroquia.

 

Cuando todo parecía ir bien y había iniciado un proceso de discernimiento con la Sociedad de San Pablo, «el mundo se me vino abajo». De la noche a la mañana, por amenazas de algún grupo armado, tuvimos que dejarlo todo y huir de Galán. Nos vimos obligados a dispersarnos y a refugiarnos en diferentes lugares, lejos de donde habíamos nacido y de donde yo había vivido los primeros 17 años de mi vida. Aquella huida me obligó a olvidarme por un tiempo de ese: «Yo también quiero ser sacerdote». Conseguí un trabajo y empecé a acostumbrarme a mi nueva vida. Sin embargo, dos años después, en febrero de 1999, estaba pisando por primera vez las puertas de un seminario, el seminario menor de la Sociedad de San Pablo, en Bogotá, Colombia. Entrar a un seminario y apostar por una vida como sacerdote fue una decisión a la que le di muchas vueltas, pero sin duda ha sido la mejor de las que he tomado. El gran reto y la misión de «evangelizar al hombre de hoy con los medios de hoy» me ha llevado de Colombia a Panamá, y luego a España. Ya son catorce años de paulino, siete de ellos vividos aquí, en España, y los dos últimos como sacerdote.

 

El mundo editorial fue lo que más me atrajo de la vida paulina. Hoy tengo la suerte de poder desempeñar mi apostolado como director editorial de San Pablo España, tarea difícil y a la vez apasionante. Teniendo muy presentes las palabras de nuestro fundador: «Nuestra parroquia es el mundo», me llena de satisfacción poder aportar mi pequeño grano de arena en la Provincia de España, y a la vez siento la responsabilidad de responder con lo mejor de mí mismo al encargo que la Congregación me ha pedido en este momento de mi vida y de mi vocación. No hay mayor satisfacción que saber y poder dar la vida allí donde hay necesidad de darla.