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Las nuevas dimensiones de la misión paulina

Según los análisis efectuados en todos los ámbitos, nacionales e internacionales, por estudiosos y expertos, está acabando una historia de Occidente, una época de la civilización europea, que recibe el nombre de modernidad y que se ha denominado el fin de la multiculturalidad. El gran desafío de nuestros días es el paso de la modernidad a lo posmoderno. Se llama posmoderno por venir después de lo moderno, pero estamos aún en fase de evolución; nadie sabe definir aún qué es lo posmoderno. Tres apartados conforman el tema: las nuevas dimensiones históricas, las nuevas dimensiones culturales y las nuevas dimensiones teológicas y espirituales.

Las modernidad ha alcanzado grandes metas; por tanto no sería justo dar juicios negativos sobre la modernidad de nuestro continente. Pero, si es verdad que tenemos todo, no lo es menos que nos hemos vuelto más pobres, más marginados como hombres. «Tenemos más, pero somos menos», dijo el Concilio. Hemos dado al hombre el tener y le hemos quitado el ser.

A pesar de los bienes que poseemos, hemos comprometido la calidad humana de la vida. Por otra parte, la modernidad ha alcanzado grandes metas de libertad y democracia. Pero al mismo tiempo la modernidad ha fallado en algo: las ideologías que han sustituido las raíces cristianas en la vieja Europa medieval han llevado a los nacionalismos del siglo XIX y a las dictaduras y a los totalitarismos en el siglo XX.

En la modernidad hemos creado grandes organismos internacionales de justicia, de paz (la ONU, las grandes cartas de los derechos humanos, la reciente institución de los tribunales internacionales). La civilización moderna ha sentido la necesidad de realizar conjuntamente la justicia y la paz. Se han abierto incluso nuevos capítulos para los derechos internacionales; por ejemplo, el nuevo capítulo convocado por el Papa y por la Iglesia sobre las llamadas intervenciones humanitarias, por las que los genocidios son delitos contra la humanidad que no prescriben con el tiempo.

La modernidad ha alcanzado metas estupendas y hemos llegado a cosas absurdas: hoy nos encontramos en el fin de este período.

Nuevas dimensiones históricas

Hoy, en el alba del tercer milenio, la modernidad está declinando. ¿Por qué la crisis de estos últimos años del siglo XIX no es una de las crisis acostumbradas que permanecen dentro de un marco cultural? El marco cultural de la modernidad, que nació con la revolución francesa y la revolución industrial, ha durado prácticamente trescientos años. Todas las luchas y las divisiones han nacido en el interior del marco de referencia. Hoy ya no basta ese marco de referencia. Cuando cambia el marco de referencia, cambia una época. El continente europeo, en muchos aspectos, es poscristiano, posmoral. Por otro lado, todas las investigaciones sociológicas, incluidas las internacionales, confirman que las raíces cristianas están sepultadas, pero no han muerto.

Hay un deseo de espiritualidad que se advierte incluso en el ámbito social. Por un lado existe un humanismo sin Dios, por consiguiente un verdadero materialismo vital, una cultura radical de tipo libertario; pero al mismo tiempo, en franjas cada vez más amplias, nace la necesidad de legalidad, de solidaridad, de respeto de la persona humana, de derechos humanos, y también una fuerte demanda de espiritualidad.

Nadie niega el extraordinario desarrollo de las ciencias, de la técnica o de la industria; nadie niega que las dinámicas corrientes del pensamiento moderno han permitido alcanzar metas de civilización y de bienestar impensables, pero el precio humano ha sido elevadísimo. La técnica ha expulsado a la cultura y esto comporta el grave peligro de que el ideal de Europa como unidad espiritual, como unidad cultural, muera. Europa no ha nacido como un mercado, sino como un ideal: las catedrales, las universidades de la Edad media, son el símbolo entre fe e historia. Es lícito, pues, deducir que la nueva Europa que está naciendo tiene necesidad de un alma, de un alma ideal, un alma ética, un alma cultural. Podemos decir que todos los pueblos europeos, en Oriente y Occidente, son conscientes de que la visión cristiana del hombre y de la sociedad enriquecida, de cuanto de positivo han producido la demás culturas que han llegado después, constituye la única raíz capaz de unificar las diversas civilizaciones del continente.

Pero, ¿a qué civilizaciones nos referimos? Esencialmente a la griega, la latina, la eslava y la anglosajona. Estos son los grandes filones culturales de Europa. Por eso el Papa nos recuerda continuamente que no habrá unidad en Europa mientras no se funde en la unidad del espíritu. Este fundamento profundísimo de Europa fue puesto y consolidado a lo largo de los siglos por el cristianismo, con su Evangelio, con su comprensión del hombre, con su aportación al desarrollo y a la historia de los pueblos y de las naciones. Lo posmoderno está naciendo con el redescubrimiento de las raíces culturales, que no pueden prescindir de los valores cristianos.

Por otra parte, la escuela ya no forma a los jóvenes para la vida. No se trata, pues, de cambiar materias o de añadir profesores; hay que reinventar la escuela. No logramos hacer la reforma escolástica porque lo que se ha de repensar es la estructura: se alargan los años, se cambian las materias, pero la cultura científica ha de combinarse con la cultura humanística.

La democracia atraviesa una crisis estructural. Las estructuras del estado ya no sirven después de 50 años. Europa atraviesa una crisis estructural. ¿Por qué? Porque es cultural. La cultura es el cimiento de una casa; la cultura de un pueblo, de una nación, de un continente, es el fundamento en que se basa el modelo de sociedad. Si una nación tiene una cultura familiar, el derecho de familia es la proyección de esa cultura. Cuando la cultura es homogénea, se mantienen las estructuras; cuando se agrieta el cimiento, las estructuras se vienen abajo.

Había valores morales que no se discutían por ser evidentes, pero han dejado de serlo. Por ejemplo, el valor de la vida: era evidente que cuando la vida se alumbra en el seno de la madre, nadie puede apagarla... A nadie se le ocurría apagar una vida, porque era una evidencia ética. Pero hoy se cuestiona la interrupción de la vida, así como el amor eterno o la indisolubilidad del matrimonio. Algunos valores éticos no se sostienen. Los valores morales son el corazón y la cultura de un pueblo: si hay unidad de valores morales, resiste la unidad de la cultura y las estructuras; si se pierden los valores éticos, se rompe la unidad cultural y se hunde el nivel social.

Pero ¿por qué hemos perdido los valores morales que llevamos inscritos en el corazón? Porque hemos perdido el sentido de Dios, sería la respuesta. Si falta el absoluto, Dios, todos los valores humanos son relativos: la vida, el amor y la justicia...

Y aquí pasamos a la dimensión cultural. Podemos decir que acaba la modernidad porque se ha roto el cimiento; es decir, la cultura se ha convertido en multicultura; hay que volver a hacer una intercultura, o sea, a respetar el pluralismo, encontrando la unidad sobre algunos valores éticos fundamentales.

Es necesario tratar de establecer la unidad entre los pueblos que componen Europa en torno a algunos elementos éticos comunes que den unidad en la pluralidad; porque el pluralismo es riqueza, y este es el problema de la nueva evangelización.

No es la primera vez que la Iglesia debe hacer una nueva evangelización: cuando se pasó del Imperio romano al imperio cristiano, hubo una nueva evangelización; cuando nació el humanismo, que enterró la Edad media, hubo una nueva evangelización; cuando se descubrieron las nuevas naciones allende el océano, y por por tanto las nuevas culturas, hubo una nueva evangelización; cuando estalló la revolución francesa, la industrialización, que cambió la mentalidad y las costumbres, hubo una nueva evangelización.

Hoy estamos en una época de viraje histórico, por tanto no nos han de asustar las dificultades. El Concilio lo recuerda de modo contundente; en la constitución «Gaudium et spes», en el n. 44, leemos: «La Iglesia, desde el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje de Cristo con los conceptos y en las lenguas de los diversos pueblos. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a la capacidad de todos y a las exigencias de los sabios».

La Familia Paulina, por los dones que ha recibido y en virtud de los cuales es un carisma profético de la Iglesia, está llamada personalmente a traducir el Evangelio a la nueva cultura. La comunicación social es la nueva cultura del tercer milenio. Los medios de comunicación ya no se pueden considerar, como hace unos años, sólo como poderosos instrumentos técnicos que se pueden poner útilmente al servicio de la difusión de la palabra. La comunicación social es la nueva cultura del nuevo siglo. La comunicación de masas se ha convertido en la cultura dominante hoy, y la increíble difusión de la comunicación multimediática ha llevado a una nueva comprensión del hombre y del mundo. Cultura son las costumbres, el modo de entender las relaciones personales y sociales. Los medios de comunicación social han cambiado el modo de hablar, de razonar, de estudiar, de relacionarse.

Cómo «reconstruir el cimiento»

Se sabe la aportación que se le pide a la Iglesia. El Evangelio tiene el gran privilegio de responder a las demandas profundas de todas las culturas y de todas las épocas. Porque la respuesta está en el Evangelio. En la última encíclica del Papa, Fides et ratio, está la respuesta a los interrogantes que todos llevamos en el corazón. Pero ¿por qué tengo que morir? ¿Por qué? ¿Por qué sufren los niños? ¿Por qué se traiciona? Somos hermanos, pero ¿por qué tenemos que odiarnos?, ¿por qué tenemos que matarnos? ¿Por qué ha de romperse el amor, si es que estamos hechos para amar? Como no encontramos respuesta, se recurre al suicidio, cosa que prohíbe el Evangelio. Cuidado: la historia, el tiempo, tiene un significado... Lo que sucede no es una casualidad, es un designio.

No hace falta emplear muchas palabras para ver que esta nueva cultura massmediática es ambigua. Tiene extraordinarias potencialidades positivas, pero al mismo tiempo difunde una concepción de la existencia bastante negativa, consumista, fácil. Es decisivo que los apóstoles de los tiempos nuevos sean conscientes de esta ambivalencia, de la nueva cultura; conozcan el lenguaje, las categorías de la comunicación social y los peligros y ventajas de su difusión, y asuman con respecto a la nueva cultura de la imagen una actitud crítica, pero abierta y constructiva. Esto sólo lo pueden hacer los paulinos en la Iglesia; no hay nadie que tenga por carisma, preparación y tradición ese poder. Debemos sentirnos como la locomotora massmediática en la Iglesia. La consigna del P. Alberione consiste en poner al servicio de la predicación mediática los medios más rápidos y eficaces que el progreso depare en cada tiempo. «Lanzarse hacia adelante», decía el Fundador.

Surge el problema del método: cómo pasar de esta multiculturalidad a la interculturalidad, de modo que no se produzca una ruptura entre la cultura cristiana y la cultura massmediática. Yo creo que la mejor manera es la que nos ha enseñado san Pablo: «hacerse todo para todos para llevar todos a Cristo». Es el mismo sistema de la encarnación.

El verdadero modo de evangelizar a las culturas nos lo ha enseñado Jesús. Cuando el Señor quiso enseñarnos el camino para llegar al cielo, para hacernos hijos de Dios, prácticamente hizo dos cosas, dio dos pasos, que son los pasos de la evangelización y que san Pablo tradujo de modo ejemplar. Son dos momentos del proceso de inculturación: el primer momento consiste en hacer comprensible y vivo el Evangelio a los hombres de una determinada cultura, traduciéndolo en las formas, el lenguaje, los símbolos y la cultura dominante. Aquí tenemos el primer elemento de la inculturación: compartir desde dentro las situaciones de las personas a las que llevamos el Evangelio. El Señor, para hacernos entender los misterios que nos quería desvelar, se hizo hombre. Compartió, se hizo uno más de nosotros. Compartió todo lo que podía compartir menos el pecado, porque no podía hacerlo.

Como paulinos hemos de revisar el proyecto apostólico, que en general estaba inspirado en métodos tradicionales. Esto supone adquirir una mentalidad nueva y tener métodos nuevos. La realización de una obra multimediática requiere competencias y mentalidades distintas de la simple ideación de una colección de libros. Recordemos que la diferencia que comporta nuestro apostolado frente a las nuevas tecnologías supera al alumbramiento de una cultura nueva. Por tanto, encarnaos en la nueva cultura.

En segundo lugar, la evangelización fomenta y acoge todos los recursos, riquezas y costumbres de los pueblos en la medida en que son buenos; pero, al acogerlos, los purifica, consolida y eleva. Por tanto, no se trata de una pura adaptación exterior: inculturación quiere decir la íntima transformación de los verdaderos valores culturales, integrándolos en la luz que recibimos del Evangelio a través del diálogo intercultural. Por ende, no se trata de acomodarse a mentalidades y costumbres mudables. Esto es una tentación.

No debemos olvidar nunca la primacía de Dios, esto es, el primado de nuestro ser espiritual, de nuestra condición de ministros, apóstoles, enviados por el Señor, porque sólo de la síntesis nace la encarnación. Dios se hace hombre, pero sin dejar de ser Dios. Y es un Hombre-Dios el que hace al Hombre-Dios.

Nuevas dimensiones culturales

Es necesario buscar instrumentos comunes para reconstruir el cimiento. El camino real es el diálogo intercultural. Juan Pablo II en 1995, con ocasión del 50º aniversario de la fundación de la ONU, dirigió un discurso importantísimo a todos: budistas, musulmanes, ateos, protestantes, católicos... «To-da cultura –dijo– es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo». Por tanto, toda cultura es un modo de dar expresión a la dimensión trascendente de la vida humana; esto es, toda cultura tiene algo de espiritual. Todas las culturas se interpelan por la trascendencia. Se puede decir que la cultura es el lugar donde se encuentran la fe, el hombre y la historia. Volvemos al concepto de cimiento; a saber, el cimiento de la casa por la que debemos comenzar es la cultura.

La primera actitud que debemos adoptar en la comunicación social consiste en hablar y escuchar: no sólo tenemos que comunicar el Evangelio; el Evangelio también tiene algo que aprender de la historia. El Evangelio ilumina la historia, pero la historia ayuda a comprender el Evangelio. En la encíclica Mirari vos, de hace siglo y medio, se condenaba la libertad de prensa, y en ella leemos que la libertad de conciencia es un deliramentum.

Hoy contamos con un decreto del Concilio sobre la libertad de conciencia y también con la Inter mirifica, un documento dedicado a la prensa, a la comunicación de masas. ¿Qué ha sucedido? Que la historia nos ha hecho entender bien el Evangelio. Por tanto, la palabra de Dios ilumina la historia y la hace crecer; la historia interpela a la palabra de Dios y nos hace conocer la revelación.

Hay cuatro principios culturales fudamentales, actualmente patrimonio de todas las culturas europeas. En estos cuatro valores todos están de acuerdo. Vamos a ver cómo ha recibido la cultura contemporánea estos cuatro puntos cardinales y cómo los refuerza el cristianismo: el Evangelio no anula sino que potencia los valores.

El primer gran principio, que se ha convertido en patrimonio común de las grandes cartas internacionales, es el principio personalista; a saber, el hombre, la persona humana, vale por lo que es y no por lo que hace o tiene. Por tanto, el hombre, en virtud de su dignidad trascendente, es el autor, el centro, el fin de toda vida económica o social. No hay conflicto entre cultura laica y cultura cristiana, porque la cultura cristiana no niega las conquistas de la cultura laica, sino que las refuerza.

Segundo gran principio: el principio de solidaridad. También esta cultura de la solidaridad es aceptada hoy por todos –hablo de Europa, de Occidente–. Hablad de la solidaridad y es difícil que encontréis a uno solo que os lo niegue: puede haber un individualista..., pero la cultura de nuestras Constituciones es solidaria. ¿Qué quiere decir solidaridad? Quiere decir que la sociedad es posterior a la persona; más aún, la sociedad nace en la persona, por tanto hay una igualdad plena de derechos en la sociedad. La fe no empobrece a la cultura laica, sino que la refuerza, hasta hacernos alcanzar la gratuidad, el perdón, la reconciliación, valores cristianos que vienen a fortalecer la solidaridad. El prójimo no es sólo un ser humano con sus derechos, con su fundamental igualdad frente a todos, sino imagen del Dios vivo, rescatado por la sangre de Jesús.

Tercer principio: de subsidiariedad. Hoy se habla mucho de esto... El primero que enunció este principio fue Pío XI en la Quadragesimo anno. El principio de subsidiariedad figura en todas las cartas de derechos y cartas institucionales, y todos lo citan. Quiere decir que, así como la persona es anterior a la sociedad, así la sociedad es anterior al Estado. ¿Qué es la sociedad? La sociedad somos nosotros, las clases sociales, los municipios, las provincias, las regiones, todos los órganos de la sociedad. Tenemos autonomías porque estamos juntos. Esta sociedad se organiza para alcanzar el bien común. El cristianismo concibe la misma política social como responsabilidad de los creyentes y llega a decir que el compromiso político es la forma más alta de caridad (Pío XI, citado por Pablo VI). Esta es la puerta del diálogo intercultural.

Cuarto punto de encuentro: calidad de vida o bien común. Hay una relación estrecha entre mi bien y el bien de los demás. Los conflictos sociales no se resuelven a través de la victoria del más fuerte sobre el más débil sino mediante el bien común, la búsqueda conjunta del bien común, que no es sólo la suma de los intereses particulares. Las conciencias contemporáneas son sensibles a estos cuatro puntos: primado de la persona, necesidad de solidaridad, participación subsidiaria, calidad de vida. Es un lenguaje que todos entienden; es el lenguaje massmediático, porque la cultura de la comunicación social está basada en estos mensajes. ¿Por qué no partir de aquí para abrir a la trascendencia?

Nuevas dimensiones espirituales

Jesús no es sólo el comunicador de Dios, entre Dios y los hombres, como lo llama Pablo en la Carta a Timoteo, sino que Él mismo es comunicación. Jesús es la comunicación entre Dios y los hombres. Jesús no sólo nos transmite las palabras oídas a Dios, como hacen los profetas, sino en el modo único e irrepetible de Aquel que es la misma palabra de Dios. La Communio et progressio afirma: «Cristo, en su vida, se presentó como el perfecto Comunicador...». Pablo VI concluye: «En consecuencia, la Iglesia, que prolonga en la historia la persona y la misión del Comunicador del Padre, debe entrar en diálogo con el mundo en medio del cual vive. La Iglesia se hace palabra, mensaje y coloquio». Nosotros decimos hoy que la Iglesia se hace comunicación social, encarnando el Evangelio en las más diversas situaciones concretas de tiempo y lugar, haciendo así la Palabra fermento y alma de toda cultura. «Por tanto, la Iglesia –es una vez más Pablo VI quien habla– se sentiría culpable ante su Señor si no usara estos poderosos medios que la inteligencia humana ha ido perfeccionando. La Iglesia predica desde los tejados el mensaje de que es depositaria; en ellos encuentra una versión moderna y eficaz del púlpito». La antena es el púlpito de hoy. El P. Alberione había comprendido que sobre todo los laicos debían ser valorizados por esto, para que sea la Iglesia, pueblo de Dios, la que se haga enteramente comunicación. Esto comporta una triple fidelidad: la fidelidad al Evangelio, a Dios y a la Iglesia; la fidelidad al hombre de nuestro tiempo; la fidelidad a las exigencias de la comunicación social.

Pero el Concilio dice que no basta la fidelidad. Es un error en nuestra vida separar la acción de la contemplación. «Separar el apostolado de la oración –lamenta el P. Alberione– es como tener un miembro paralizado, un miembro importante que no recibe el riego de la sangre». ¿Es vital nuestra oración? ¿Tiene influencia sobre nuestra vida? ¿O es como un objeto inútil que se deja en un cajón?

Otra tentación que excluye el Concilio: la de aquellos que tienden a reducir la oración a la acción y a considerar el trabajo oración. «Dejar la oración –confirma el P. Alberione– para hacer obras es un recurso ruinoso; el trabajo hecho a costa de la oración no nos ayuda a nosotros ni a los demás, porque le quita lo que se le debe a Dios. Sólo Dios es el absoluto; el hombre merece amor porque Dios lo ama, porque es su hijo. Si miramos adónde nos lleva el Señor, no veremos más que oscuridad; el Señor no nos dirá nunca qué va a hacer de nosotros. El Señor no le dijo a Abrahán adónde tenía que ir, sino: «Ven y sígueme». El designio de Dios se entiende mirando hacia atrás. Si miramos al futuro de nuestra vida, no entenderemos jamás adónde nos lleva Dios, porque no se lo dice a nadie.

No nos desalentemos por la crisis o por la purificación de la Iglesia cuando no podamos más o nos falten defensas. La fuerza de la Iglesia no está en el dinero, ni en los concordatos, ni en el respeto de los políticos, los magistrados o los privilegios. La fuerza de la Iglesia está en la palabra, en la pobreza, en la santidad. Alegrémonos, pues; no es tiempo de tristeza. Hagamos todo lo que podamos; preparémonos, discutamos: lo quiere la Iglesia, lo exige la evangelización; porque hacerse palabra quiere decir esto. Pero hay que obrar como si todo dependiera de nosotros y esperar como si todo dependiera sólo de Él.

Bartolomé Sorge
Traducción y reducción de Ezequiel Varona

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