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Una antena en los altares

«Supo hablar desde los "púlpitos" de los nuevos tiempos», dijo el Papa. Y el presidente de la Federación Nacional de la Prensa Italiana, Siddi: «Una referencia para todos los periodistas, no sólo para los católicos».

Domingo 27 de abril, horas 10, en la Plaza de San Pedro. El Papa Juan Pablo II declara beato al P. Santiago Alberione. Es el primero de los seis candidatos -cuatro religiosas y dos sacerdotes, todos ellos italianos- en ser nominado. La plaza está repleta, más allá de toda expectativa, gracias, entre otras, a la aportación de la representación paulina, compuesta de unas 20.000 personas procedentes de 62 países distintos.

A la mañana siguiente, Juan Pablo II recalca su pensamiento durante la audiencia concedida a los peregrinos reunidos en Roma para las beatificaciones. También aquí, en la gran Aula Pablo VI, la preponderante presencia de los paulinos es absolutamente evidente, y el Papa se dirige en primer lugar a ellos: «Me dirijo en primer lugar a la numerosa y variada Familia Paulina y a cuantos desde el Piamonte, de Italia y del mundo han querido rendir honor al beato Santiago Alberione. En el corazón de este elegido sacerdote de la diócesis de Alba revivió el del apóstol Pablo, conquistado por Cristo y lanzado a anunciarlo como Camino, Verdad y Vida. Atento a los signos de los tiempos, el P. Alberione no sólo abrió a la evangelización los modernos «púlpitos» de la comunicación social, sino que concibió su obra como una acción orgánica dentro de la Iglesia y a su servicio». Los conceptos son precisos y traducen a la letra el pensamiento del P. Alberione, que había anticipado, en su vida, a los miembros de su Familia, la amplitud y la delicadeza de la misión que Dios le había confiado: «Todo lo mejor que he encontrado y lo más eficaz para la evangelización, os lo he entregado». Sabía muy bien que la consigna era tan inédita como difícil, expuesta a críticas de todo género, fuera y dentro de la misma Iglesia, donde se encontraban muchos celosos custodios del decir y no decir.

Había acuñado, por tanto, para los suyos una regla de comportamiento que aparentemente era una paradoja: «En los momentos difíciles no hay que perderse, sino rezar y fijarse en nuestra independencia de actividad, tratando de salir ilesos entre gota y gota, sin mojarse y sin mezclarse». Y había añadido: «No sé cuándo ni cómo, pero debemos tener, y lo tendremos seguramente, libertad de acción en la Iglesia, ya que lo exige nuestra misión». Suenan un poco asombrosas estas palabras en la boca de un hombre esquivo y prudente como el Padre Alberione. Pero es precisamente la conciencia de su misión la que permite a los profetas decir con franqueza la verdad, aún cuando es incómoda y peligrosa. Es el mismo estupor que se descubre en los ojos de la gente de la plaza de San Pedro frente al tapiz del nuevo beato: aparece con él -por primera vez- al honor de los altares también una antena de televisión, la señal más moderna e intrigante de la comunicación de masas.

Confrontándolo con los cinco beatos que lo acompañan, con sus hábitos y símbolos tradicionales, hace todavía más llamativa la novedad: aquella antena cargada de «parábolas» expresa la consagración oficial del carisma del P. Alberione y la reconciliación definitiva de la Iglesia con el mundo de los medios. El círculo de las recíprocas desconfianzas y exclusiones se despedaza, los instrumentos de la comunicación social son reconocidos como «púlpitos» de los nuevos tiempos. No sólo en la abstracción de las fórmulas o en la solemnidad de los documentos (pensemos sobre todo al Inter mirifica del Vaticano II y a la Communio et progressio de Pablo VI) sino en su concreta actuación realizada, en gran medida y con mucha anticipación a los tiempos, por la Sociedad de San Pablo en sus diversas manifestaciones.

Este signo de novedad no pasa desapercibido a los «agregados a los trabajos». El presidente de la Federación nacional de la prensa italiana, Franco Siddi, declara: «La proclamación del P. Santiago Alberione entre los beatos aporta una luz particular a todo el periodismo libre y plural. Su elevación al honor de los altares señala un nuevo paso para la cristiandad pero también para el mundo laico. La dignidad del trabajo de los periodistas, y de los medios en general, encuentra en la figura del P. Alberione una expresión ética y religiosa, capaz de actuar en el mundo con una proyección hacia el futuro. Después de su beatificación, es completamente compartida la idea de muchos, católicos o no, que desearían que el P. Alberione fuese el patrono de Internet».

Al salir de la audiencia del lunes, nos encontramos con periodistas encantados por la figura del P. Alberione, hasta ayer poco menos que desconocido para la mayoría. Horacio Petrosillo, vaticanista del Messagero, e Yves Pitette, enviado por el diario católico francés La Croix, no logran ocultar su entusiasmo: «Ahora tenemos verdaderamente, también nosotros los periodistas, un santo protector que conoce desde dentro nuestra profesión».

Durante las jornadas romanas, en la basílica de San Pablo extra Muros se han preparado vigilias de oración y Misas de acción de gracias siempre muy concurridas. El domingo por la tarde un concierto de música sagrada, con Tosca y sus maravillosos colaboradores, lleva al diapasón las emociones vividas. El concierto es presentado con garbo y competencia por Paola Saluzzi; entre las autoridades, está presente el alcalde de Roma Walter Veltroni, que concluye su saludo con un explícito llamamiento al valor positivo y universal de la misión paulina.

«Hoy el mundo, dijo entre otras cosas, parece caminar hacia atrás, entre miserias y desigualdades antiguas y miedos nuevos, como la guerra permanente y las epidemias, que nos hace preveer lo peor. Vosotros mirad hacia delante, como nos ha enseñado el P. Alberione, y estoy convencido que vuestra activa presencia en la comunicación sea para todos un don, una semilla fecunda de confianza y de esperanza para el futuro del mundo».

Antes de la llegada del Papa a la Plaza de San Pedro, los fieles oraron, cantaron y escucharon algunos textos de la espiritualidad de los nuevos beatos. De Santiago Alberione se leyeron algunas líneas de sus escritos y discursos. «Nuestros más grandes santos», escribía el nuevo beato, «se agarrarían hoy al micrófono para lanzar su mensaje de verdad, justicia y paz. Es imposible no recordar el mandato de Jesucristo: «Id por el mundo entero predicando la buena noticia a toda la humanidad». En otra ocasión, se recordaba en la Plaza de San Pedro, el nuevo Beato afirmó: «Prensa, cine, radio y televisión constituyen hoy día las más urgentes, las más rápidas y las más eficaces obras de apostolado católico».

En la homilía de la misa, el Papa recordó la gran intuición del Fundador de la Familia Paulina. «El beato Santiago Alberione», dijo, «intuyó la necesidad de dar a conocer a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, «a los hombres de nuestro tiempo con los medios de nuestro tiempo» -como le agradaba repetir-, se inspiró en el apóstol Pablo, al que definía como «teólogo y arquitecto de la Iglesia», y se mantuvo siempre dócil al magisterio del sucesor de Pedro, «faro» de la verdad en un mundo con frecuencia desprovisto de referencias ideales. «Debe haber un grupo de santos que usen estos medios», solía repetir este apóstol de los nuevos tiempos». El Papa añadió a continuación: «¡Qué magnífica herencia deja a su familia religiosa! Que sus hijos e hijas espirituales sepan mantener inalterable el espíritu de los orígenes, para corresponder de manera adecuada a las exigencias de la evangelización en el mundo de hoy».

Después de la celebración eucarística, el Papa exhortó a la paz comentando el Evangelio del segundo domingo de Pascua, dedicado a la divina misericordia. «Jesús resucitado», dijo, «se encuentra en el Cenáculo con los discípulos y les ofrece el don pascual de la paz y la misericordia. Se comprende fácilmente que la verdadera paz brota de un corazón reconciliado, que ha experimentado el gozo del perdón y está por eso mismo dispuesto a perdonar. La Iglesia presenta a su Señor los gozos y las esperanzas, los dolores y las angustias del mundo. Y Él ofrece como remedio eficaz su divina misericordia, pidiendo a sus ministros que se conviertan en instrumentos generosos y fieles de la misma».

Leonardo Zega

DE LA HOMILÍA

El beato Santiago Alberione intuyó la necesidad de dar a conocer a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, «a los hombres de nuestro tiempo con los medios de nuestro tiempo» -como a él le gustaba repetir-, y se inspiró en el apóstol Pablo, a quien definía «teólogo y arquitecto de la Iglesia», manteniéndose siempre dócil y fiel al Magisterio del sucesor de Pedro, «faro» de la verdad en un mundo con frecuencia desprovisto de sólidas referencias ideales. «Conviene que haya un grupo de santos que usen estos medios», solía repetir este apóstol de los nuevos tiempos. ¡Que sea ésta la riquísima herencia que deje a su Familia religiosa! Que sus hijos e hijas espirituales mantengan inalterable el espíritu de los orígenes, para responder adecuadamente a las exigencias de la evangelización en el mundo de hoy

Juan Pablo II

DEL DISCURSO EN LA AUDIENCIA

Juan Pablo II volvió a hablar de los nuevos beatos durante la audiencia que suele conceder, por la mañana del día siguiente, a los peregrinos llegados a Roma para las beatificaciones. Al referirse al Padre Alberione, el Papa quiso citar los diversos aspectos del testimonio cristiano ofrecido por la Familia Paulina.

Me dirijo en primer lugar a la numerosa y variada Familia Paulina y a todos los que del Piamonte, de Italia y del mundo han querido honrar al beato Santiago Alberione.

En el corazón de este distinguido sacerdote de la diócesis de Alba se encarnó el del apóstol Pablo, conquistado por Cristo y totalmente entregado a anunciarlo como «Camino, Verdad y Vida». Atento a los signos de los tiempos, el Padre Alberione no solamente abrió a la evangelización los modernos «púlpitos» de la comunicación social, sino que concibió su obra como una acción orgánica dentro de la Iglesia y a su servicio. De esta intuición nacieron diez institutos, que continúan con su mismo espíritu la obra que él comenzó.

Que el Padre Alberione ayude desde el cielo a su Familia a ser, como él quería, «san Pablo vivo hoy». Y que la Virgen María, os ayude a realizar la obra que comenzó en vosotros el Espíritu Santo

Juan Pablo II

El milagro para la beatificación

Con vistas a la Beatificación, la Postulación de la Causa del P. Alberione sometió al juicio de la Congregación para las Causas de los Santos la presunta curación milagrosa de la anunciatina María Librada González Rodríguez, nacida en Guadalajara (Jalisco, México), el 7 de setiembre de 1931.

El 4 de abril de 1989, a causa de una caída, sufrió un trauma en el pie derecho, que hubo que escayolar, viéndose obligada a la inmovilidad. El 29 de abril fue ingresada de urgencia en un hospital de Guadalajara (Jalisco) por insuficiencia respiratoria a causa de una tromboembolia pulmonar, permaneciendo allí doce días. Al día siguiente de salir del hospital, fue internada nuevamente por fibrilación auricular asociada a una grave disnea a la que siguió, el 19 de mayo, un accidente vascular cerebral por embolia que le causó hemiplejia facial y corporal con afasia.

El 20 de mayo de 1989, víctima de una nueva crisis respiratoria, mucho más grave que las precedentes, durante media hora, asociada a un fuerte dolor de hombros, María Librada González Rodríguez sintió morirse e invocó la ayuda divina por intercesión del Venerable Padre Santiago Alberione. Al instante recuperó la capacidad de respirar normalmente sin necesidad de oxígeno. El 25 del mismo mes pudo dejar la terapia intensiva.

La curación, considerada inmediatamente milagrosa, fue sometida en 1994 a la Investigación Diocesana abierta en la Curia de Guadalajara (Jalisco) y reconocida jurídicamente válida por la Congregación para las Causas de los Santos con Decreto del 10 de noviembre de 1995.

La Consulta Médica en su sesión del 14 de febrero de 2002 reconoció que la curación fue relativamente rápida, completa, duradera e inexplicable a la luz de los actuales conocimientos científicos. El 6 de septiembre del mismo año se celebró el Congreso Peculiar de los Consultores teólogos y el 15 de octubre siguiente tuvo lugar la Sesión ordinaria de los Cardenales y Obispos, siendo Ponente de la Causa Mons. Andrea Maria Erba, obispo di Velletri-Segni. Gino Valtorta.

DE LAS HOMILÍAS DE ALGUNOS OBISPOS ESPAÑOLES

Oviedo, 19 de mayo, Parroquia de San Isidoro el Real

Mons. Carlos Osoro Sierra, arzobispo

(...) Cuando hemos proclamado el Evangelio (Lc 24,13-25), queridos hermanos, sentía que, en el P. Alberione, nuestro Señor Jesucristo quiso hacerse cercano a todos nosotros en esta etapa de la nueva evangelización y proponerle como modelo a imitar. «Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos. Él les dijo: ¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» (Lc 24,15-17). Y le fueron relatando al Señor lo que había pasado. Pero él quiso hacerles vivir una experiencia singular, que se encontrasen con Él. De tal manera que ellos sintieron la necesidad de decirle, «quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos» (Lc 24,29).

¿De qué discutimos por el camino? ¿Cuáles son nuestras preocupaciones? ¿Dónde están nuestros intereses? Creo que pueden ser unas palabras del mismo P. Alberione pronunciadas en el año 1950 en un congreso de superiores religiosos, las que nos hagan ver la necesidad de encontrarnos con el Señor. Son palabras que nos hacen revivir las que el Señor decía a los discípulos de Emaús. Describen una realidad, pero no para infundir miedos, sino para afrontarla como el Señor quiso que la afrontasen siempre los discípulos, desde él: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24,31). Dice así el P. Alberione: «Hoy el gran mundo, la juventud, la clase dirigente, reciben cada día otras doctrinas, escuchan otras teorías en la radio, asisten a cualquier espectáculo de cine, se dirigen a la televisión para lo más amoral e inmoral. El sacerdote predica a un pequeño, reducido rebaño, con iglesias casi vacías en muchas regiones. Nos dejan los templos, cuando nos los dejan, y se llevan a las almas».

¿Cómo reaccionar? El P. Alberione dice con fuerza y convicción: hay que «cambiar de mentalidad». No se puede esperar a la gente en la iglesia, sino llevarles el Evangelio donde viven; es necesario un nuevo método, no sirviéndose solamente de la palabra, sino también con los medios de comunicación, la prensa, la radio, el cine, la televisión. Os aseguro que algunas determinaciones en mi vida pastoral han nacido de esta fuerza que tienen las palabras del P. Alberione. Hemos escuchado en el Evangelio así: «Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan» (Lc 24,33-35). El P. Alberione apunta a una forma original de predicación cristiana, de anuncio de la resurrección del Señor, de decir a todos los hombres que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso dice con naturalidad: «Cuando estos medios de progreso sirven a la evangelización reciben una consagración, quedan elevados a la máxima dignidad. La oficina del escritor, el taller de la técnica, la librería se convierten en iglesia y púlpito. Y quien trabaja en ellos se eleva a la dignidad de apóstol».

La santidad es la premisa para todo este apostolado dice el P. Alberione: «Apóstol es quien lleva a Dios en su alma y lo irradia a su alrededor. Apóstol es un santo que acumuló tesoros y comunica de su abundancia a los hombres». Y lo hace a través de todos los medios modernos de comunicación. Porque se trata de dar todo el Cristo a todos los hombres con todos los medios. Y de hacerlo desde la total comunión eclesial(...).

Valladolid, 28 de mayo, Santa Iglesia Catedral

Mons. Braulio Rodríguez, arzobispo

La persona del beato Santiago Alberione -dijo el Señor Arzobispo después de haberse referido a los cinco santos canonizados por Juan Pablo II en la Plaza de Colón- se une a esta galería de santos. Beatificado el 27 de abril, su persona y su obra están también entre nosotros y damos gracias al Padre también por haberle suscitado en la Iglesia. Decía él en 1954, cuando cumplía 70 años: «Si para descender con vosotros, quisiera narraros algo de lo que todavía recuerdo y consideráis útil para la Familia Paulina, tendría que relatar una doble historia: la de las divinas misericordias, para cantar un vibrante Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus; y también la humilde historia de la falta de correspondencia al exceso de la divina caridad, y componer un nuevo y doloroso Miserere por mis innumerables pecados y ofensas». Así son los santos.

El beato Santiago Alberione intuyó la necesidad de dar a conocer a Jesucristo, camino, verdad y vida, «a los hombres de nuestro tiempo con los medios de nuestro tiempo» -como solía decir-, y se inspiró en el apóstol san Pablo, a quien definía «teólogo y arquitecto de la Iglesia». Estoy citando palabras del Papa en la Misa de su beatificación. Subraya también Juan Pablo II que permaneció siempre dócil y fiel al magisterio del Sucesor de Pedro, faro de la verdad en un mundo a menudo privado de sólidos puntos de referencias ideales. El beato Alberione es sin duda un santo de nuestro tiempo y él afirma que un santo de este tiempo tiene que utilizar medios de nuestro tiempo. Él admiraba a san Pablo pero pensaba que san Pablo no hubiera dudado en utilizar los medios de comunicación social para llevar la «oferta» que produce asombro y que llegue así a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

Me parece que el mejor elogio que podemos hacer de él y que aumenta nuestra acción de gracias en esta tarde es el que Pablo VI hizo de él en junio de 1969 en una audiencia en la que el fundador de la Familia Paulina se encontraba: «Miradlo: humilde, silencioso, incansable, siempre alerta, siempre ensimismado en sus pensamientos, que van de la oración a la acción, siempre atento a escrutar los signos de los tiempos, es decir, las formas más geniales de llegar a las almas (...)».

Barcelona, 1 de junio, Basílica de la Merced

Mons. Pere Tena, obispo auxiliar

El evangelio de Marcos (16,15-20) habla de la Ascensión de Jesús en términos de misión. Resuena con fuerza el mandato de Jesús a los apóstoles: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a todos, a toda la humanidad, a toda la creación, a todos los pueblos...». Hay una voluntad clara de universalidad en este mandato: no hay límite en los destinatarios. Diría que hay una voluntad de resonancia cósmica de la predicación.

Escuchar este evangelio, celebrar la Ascensión de Jesús, y pensar en ese gran e infatigable apóstol del Evangelio que fue el Padre Alberione no es muy difícil. Es cierto que él no forma parte de aquellos doce que son la semilla de la Iglesia y el origen de la sagrada jerarquía, pero ocupa en el grupo que ellos iniciaron por voluntad de Cristo un lugar propio y destacado, que marca todo el siglo XX, y continúa iluminando con fuerza la Iglesia de nuestros días. Si tuviésemos que representar el evangelio de hoy y el misterio de la Ascensión, sin duda podríamos hacer lo que hacían Giotto y Fray Angélico cuando representaban el calvario: en medio de los presentes ¡ponían a san Francisco! Nosotros pondríamos ahí al beato Alberione, como un apóstol más (...).

En su vida, en sus obras, en sus iniciativas, resuena claramente el mandato universal de Jesús: “Proclamad el Evangelio a toda la creación, a todos los hombres...”. Por eso también le agradaba tanto la invitación de Jesús: “Venid a mí todos...”. Justamente ha quedado plasmada esta orientación en las magníficas vidrieras de una de las iglesias de la Familia Paulina que él quiso en Roma. Todo, todos los hombres, toda la humanidad y con todos los medios de la creación. La acción del Padre Alberione es reveladora de esta ansia de universalidad, de globalidad. Él no piensa sólo en la predicación oral clásica, sino en la utilización de todos los lenguajes posibles, los de su tiempo y los que puedan surgir. ¿No es esto, tal vez, uno de los signos mesiánicos? “¡Hablarán lenguas nuevas!”. Pablo VI elogió públicamente al Padre Alberione por su fidelidad para percibir los signos de los tiempos (...).

El Padre Alberione, como los apóstoles, no era un activista fascinado por las cosas externas. Era, por principio, un contemplativo de las abundantes riquezas de la gracia de Dios: ¡Abundantes divitiae gratiae suae! Él mismo había experimentado esta entrada de Dios en su propia vida. Pienso que su experiencia de la noche del paso del año 1900, tan valorada por la Familia Paulina, se podría comparar a la de los apóstoles, después de ver a Jesús subir al cielo, reciben el testimonio angélico de la vuelta del Señor. El beato Alberione recibió también, aquella noche, de manera misteriosa, el encargo que constituye su carisma: trabajar en este mundo, en el siglo XX que se ha visto beneficiado de su presencia, para que los hombres conozcan y crean en Jesucristo. El conocimiento y la contemplación de Jesucristo, la fe en la presencia de Cristo en su Iglesia, sobre todo en la Eucaristía. El beato Alberione es un ejemplo ilustre de esa admiración, de ese estupor por el don de la Eucaristía, que Juan Pablo II quiere mantener en la Iglesia con su reciente encíclica Ecclesia de Eucharistia (...).

Santiago, 5 de junio, Santa Iglesia Catedral

Mons. Julián Barrio Barrio, arzobispo

(...) Este (el P. Alberione), según Pablo VI, «humilde, silencioso, incansable, siempre alerta, siempre ensimismado en sus pensamientos que van de la oración a la acción, siempre atento a escrutar los signos de los tiempos, es decir, las formas más geniales de llegar a las almas, ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para vigorizar y ampliar su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la validez y posibilidad de su misión en el mundo moderno y con los medios modernos». Amó esperanzadamente el momento que le tocó vivir para intentar transformarlo, no acomodándose nunca a los criterios de este mundo. En nuestra sociedad secularizada con el testimonio de su vida nos llama a salir de nuestra pasividad, haciendo fructificar nuestros talentos con una actitud creativa que sólo se tiene cuando se confía en el futuro asegurado por la providencia de Dios. Su mucha actividad no derivó a un estéril activismo en el que siempre se refleja el déficit de un serio discernimiento. En actitud contemplativa trabajó bajo la mirada de Dios.

Puso de relieve la necesidad de una colaboración entre todos los miembros de la comunidad cristiana en una Iglesia en la que todos hemos de vivir intensamente la misión encomendada, acentuando la vocación y la misión del laico, que por su misma naturaleza es vocación al apostolado. Vivir y dar a través de la acción apostólica, pensar en grande le lleva a decir: «Estáis a los pies de una gran montaña, subid, mirad vuestro horizonte: es todo el mundo». Este compromiso exige espíritu de oración: «La oración ante todo, la oración sobre todo, la oración vida de todo», «orar con la mente, con el corazón, con la voluntad, con la palabra, con la acción». Así lo trasluce en este pensamiento: «Todo el hombre en Cristo para un total amor a Dios: inteligencia, voluntad, corazón, fuerzas físicas».

Crear un ambiente animado por el espíritu evangélico de libertad y caridad, procurar la madurez humana y cristiana de la persona, iniciarla en el diálogo entre la fe y la cultura fueron los retos del quehacer pastoral del Beato Alberione que nos ha dejado con la palabra, la acción y el testimonio de su vida una lección para aprender, un ejemplo a imitar y una obra para el bien de la Iglesia y del mundo: una gran herencia debida a un gran hombre. A él se puede aplicar lo que escribía san Agustín: «¿Quieres levantar un gran edificio? Cava en profundidad para poner el fundamento de la humildad», que ha de llevarnos siempre a pensar que las cosas van bien incluso sin nosotros. Remó mar adentro en la barca de su vida, sabedora de que en la existencia la primacía la tiene siempre la gracia de Dios, nuestro principio y fundamento. Pidamos a través de su intercesión y la de la Virgen María que el Señor bendiga a los miembros de la Familia Paulina y llene sus corazones del fuego de la caridad para que sigan realizando los más grandes ideales apostólicos de promoción humana y cristiana construyendo la ciudad de Dios en la ciudad de los hombres por los nuevos caminos de nuestra civilización.

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