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El centro absoluto de la Familia Paulina

En el primer Capítulo General de la Sociedad de San Pablo, que tuvo lugar en el año 1957, y que es el primer balance solemne de nuestra Congregación, su primera toma de conciencia, el Padre Alberione afirmaba: «Hay que hacer saber que la Sociedad de San Pablo no apareció en el mundo sin saber lo que tenía que hacer, sino que tiene algo propio que decir al mundo. Y esto se recoge bien precisamente en la expresión “Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida”, y después en la palabra “Maestra”, que es María, y en “Madre Maestra”, que es la Iglesia» (Actas I Cap. Gral. 1957, p. 16).

En muchas de sus alocuciones a las diversas ramas de la Familia Paulina, el P. Alberione repetirá esta afirmación: «Hemos nacido en la Iglesia para dar al mundo a Jesús, Divino Maestro, Camino, Verdad y Vida».

Esto significa que como familia religiosa, en la Iglesia, tenemos una manera muy especial de mirar al Cristo del Evangelio, norma suprema de toda renovación religiosa (cf PC 2). Pero no basta con esto. El P. Alberione aún añade en su testamento espiritual: «La Familia Paulina aspira a vivir integralmente el Evangelio de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, en el espíritu de san Pablo, bajo la mirada de la Reina de los Apóstoles» (AD, 93).

La encíclica «Tametsi futura»

El 1 de noviembre de 1900, como para cerrar el siglo y abrir el nuevo en el nombre de Cristo, León XIII publica la encíclica Tametsi futura. En ella recuerda el Papa que la redención se perpetúa a lo largo de los siglos sobre tres principios indispensables para cualquier tipo de salvación, y que son precisamente estos: Cristo Camino, Cristo Verdad, Cristo Vida. Si el mundo quiere conseguir la paz y el bienestar, dice el Papa, debe volver a estos principios y modelarse sobre ellos.

En las largas horas de oración de aquella «noche santa», a caballo entre los dos siglos, el joven Alberione rezó intensamente para que «la sociedad acogiese las grandes enseñanzas expuestas en las encíclicas de León XIII (AD 19), de las que él mismo «se nutría continuamente» (AD 67). Por entonces Alberione tenía poco más de 16 años y acababa de llegar al seminario de Alba.

La encíclica marca su primer encuentro con el trinomio de san Juan, que iba a tener un influjo decisivo en la orientación de la espiritualidad cristológica de la Familia Paulina. En el San Paolo de enero de 1958 publica un largo artículo sobre la que él mismo saludaría a su aparición como «la encíclica de Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida» (cf CISP pp. 1218-1225).

Que esta circunstancia lo marcara profundamente se deduce de las confidencias que, de vez en cuando, se le escapaban en sus meditaciones. En 1955 recuerda a las Pastorcitas que el rector del seminario había predicado sobre esta devoción «desde las Navidades de 1900 hasta finales de enero de 1901». Y añade: «Al final experimenté como una revelación. Caí en la cuenta de que esta práctica afecta a toda la vida del hombre y sentí el deseo de que todos conociesen, practicasen y viviesen esta devoción» (PA I, p. 12).

Firmemente convencido de haber recibido de Dios la misión de transmitir al mundo esta devoción, se la entrega a los suyos como «la sustancia de la Congregación» (Pr DM 72-73), y está dispuesto a entregar su vida para que llegue al mayor número posible de personas. «Sería feliz, escribe, de dar mi vida al Señor para que todos viviesen en este espíritu...» (Pr DM 79).

Los datos del Evangelio

Si la Tametsi futura le dio al Padre Alberione la ocasión de descubrir el trinomio de san Juan, el resto ha sido fruto de la familiaridad con el Evangelio. En efecto, al Padre Alberione le llamó la atención la reiteración con que aparece el término Maestro en los evangelios: 48 veces y, de ellas, 41 referidas a Jesús. Este dato numérico ya es de por sí altamente significativo.

Pero hay que subrayar que el Padre Alberione toma la palabra «maestro» en el sentido que le daban los antiguos, tal como lo entendían los judíos, los griegos y los orientales en general: para estos, maestro no es sólo el que enseña nociones, sino el que es «forma» de vida, «modelo» para el discípulo; maestro, en otras palabras, es el principio dinámico del desarrollo de la persona. Transmite los valores, la dignidad, el significado; ayuda al discípulo a lograr su manera de ser, aunque inicialmente se tiene que «modelar» sobre el maestro.

Pero también hay que tener en cuenta que tanto el vocablo «maestro» como el trinomio de san Juan le son totalmente desconocidos a san Pablo. La conjunción consagrada en esa plegaria que tan familiar se nos ha hecho a nosotros: «Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida, ten piedad de nosotros», es propia del P. Alberione, y representa su intuición más original, aún no suficientemente estudiada.

Cuando el Padre Alberione acude a san Pablo para fundamentar y justificar su propuesta espiritual quiere decir que aunque el Apóstol no utilice esta terminología, su visión de Cristo como «síntesis» de todo lo que existe, como «restaurador de todas las cosas», como el principio dinámico de todo el universo... expresa muy bien el concepto de «Cristo total» que él, el Padre Alberione, quiere transmitir a sus discípulos. Y entonces no encuentra palabras más incisivas que las de «maestro», que expresa el dinamismo transformador, y el trinomio «Camino, Verdad y Vida», que indica el sentido de totalidad y plenitud. Y esto, aunque no esté presente literalmente en san Pablo, sí que está más que presente en el orden de las ideas y los conceptos.

Por otra parte, una idea de maestro tan singular reclama asimismo un concepto de discípulo igualmente singular. Tanto en los Evangelios como en los Hechos, que es donde encontramos estos términos, el discípulo nunca es sólo «el escolar que está a la escucha del maestro, sino que siempre se trata de alguien que está en íntima y definitiva relación con una persona» (cf L. Dufour, Diccionario del NT, Madrid 1977, 182). Estos datos, largamente meditados por el Padre Alberione desde los más tiernos años de su primera juventud, irrumpen con fuerza hacia el año 1920 y desembocan en libros como Donec formetur Christus in vobis y Apostolado de la prensa. Y a partir de ahí, de forma cada vez más pensada y elaborada, se van convirtiendo en el hilo conductor de toda la espiritualidad paulina del P. Alberione.

La exigencia de la misión

El Padre Santiago Alberione, queriendo fundar un instituto «docente», pensó en Cristo «enviado por Dios como Maestro» (Jn 3,2), y vio en el trinomio de Juan (cf Jn 14,16) el instrumento que expresaba la totalidad de Cristo, la universalidad de los contenidos, el conjunto de los valores y su plenitud.

O sea que encontraba en esta formulación la «clave de lectura» a la que hemos aludido, y que le permitía contemplar, analizar, organizar, juzgar y vivir:

  • toda la realidad humana: historia, cultura, religión;
  • toda la realidad eclesial: doctrina, moral, culto;
  • toda la formación que se ha de impartir: cultura, espiritualidad, vida, experiencias, actividades, valores;
  • toda la misión: salvar a todo el hombre, a todos los hombres, a través de la Iglesia, dándoles al Cristo «total».

Tal vez sin proponérselo explícitamente, al menos en los comienzos, estaba poniendo en marcha una verdadera y propia «cosmovisión», inspirada en el organismo viviente y que, por lo tanto, se puede denominar «propuesta espiritual integral y dinámica».

Y para que sus hijos se moldearan en ella hasta llegar a la identificación con el Cristo total, quiso que estos principios quedaran codificados en las Constituciones. En efecto, en su testamento espiritual recuerda como «artículos fundamentales» (AD 96) el número 154, sobre la espiritualidad, «que debe estar nutrida especialmente y de continuo por el estudio de Jesucristo Divino Maestro, que es Camino, Verdad y Vida»; y el número 177, que se refiere al estudio, que ha de estar orientado de modo tal que el Divino Maestro sea cada vez mejor conocido y se forme plenamente en cada uno: «Así, dice el P. Alberione, llegaremos a ser expertos maestros de almas, porque antes hemos sido humildes y diligentes discípulos de Cristo», y el número 224, que se refiere a los contenidos que se han de transmitir con los instrumentos de la comunicación social (las ediciones): fe, moral y culto. También aquí, por lo tanto, el mismo criterio de la totalidad.

En este mismo texto, comentando los mismos artículos, el propio P. Alberione nos ofrece una admirable síntesis de su «propuesta espiritual»: «Todo el hombre en Cristo, para un total amor a Dios: inteligencia, voluntad, corazón, fuerzas físicas. Todo, naturaleza y gracia y vocación, para el apostolado: carro que corre apoyado sobre cuatro ruedas: santidad, estudio, apostolado, pobreza» (AD, 100).

La síntesis de las ciencias la ve igualmente en esta óptica: Cristo Maestro, Camino, Verdad y Vida es el principio aglutinante de todo el saber. En él podemos encontrar aquella síntesis unificadora de ciencia y fe, que es fundamental para la evangelización. Y deja a sus hijos este reto como «tarea que hay que realizar» (cf AD 185-198).

Domingo SPOLETINI

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