«Yo he apoyado en él mi vida, la única vida que tengo». Cuando el testimonio de un obispo empieza así, percibimos en estas palabras un sabor añejo. Un sabor milagroso. Han pasado dos mil años y el testimonio de los apóstoles continua pasando de un hombre a otro. Con la fuerza y el calor de Pedro, de Juan, de Pablo. Esta presentación no convencional de la figura de Cristo nace de una conferencia «improvisada» del Card. Giaccomo Biffi, arzobispo de Bolonia, recogida por el periodista David Perillo, pronunciada en un lugar poco habitual: el Consejo municipal de un Municipio de la periferia de Bolonia. La sencillez y agilidad del texto es tal que encanta: brota del celo apostólico de su autor, que es pastor de almas, pero al que el lector atento no le resultará difícil reconocer el rigor del teólogo. Precisa el Card. Biffi: «He aceptado la invitación para hablar de Jesucristo ya que es él el corazón, el vértice, la síntesis del anuncio evangélico: esto no hay que olvidarlo jamás».
El cristianismo, en sí mismo, no es una concepción de la realidad, no es un código de preceptos, no es una liturgia. No es ni siquiera un arranque de solidaridad humana, ni una propuesta de fraternidad social. Más aún, el Cristianismo no es tampoco una religión. Es un acontecimiento, un hecho. Un hecho que se compendia en una persona. Hoy se oye decir que en el fondo todas las religiones son iguales, puesto que todas tienen algo de bueno. Tal vez es cierto. Pero el Cristianismo no tiene nada que ver con esto. El Cristianismo no es una religión, sino que es Cristo. O sea, una persona.
Yo he apoyado en él mi vida, la única vida que tengo: y por tanto, de vez en cuando siento la necesidad de contemplar el misterio, de refrescar la identidad de Cristo. Muchas veces oímos hablar de Jesús; de vez en cuando en algunos periódicos alguien escribe sobre él; de vez en cuando se inventan y ofrecen interpretaciones sobre quién es Jesús. Pero los únicos textos que nos hablan de Cristo son los Evangelios. Por tanto, o nos atenemos a los Evangelios o tenemos que renunciar a hablar de Jesús. Por eso no diré ni una sola palabra que no se pueda documentar, a diferencia de quien se inventa novelas, películas o ensayos.
¿Cómo era? La primera pregunta, la más simple: ¿qué personaje era este tal Jesús? ¿Qué tipo de hombre? Esto el evangelio no lo precisa. Y debo confesar que lo siento, ya que he apoyado mi vida en él y no sé ni siquiera de qué color tenía los ojos. ¿Era guapo o feo? Según mi punto de vista era guapo. Hay un episodio en el undécimo capítulo del evangelio de Lucas. Jesús está hablando a la multitud. De repente una mujer, lanzando un gripo de entusiasmo dice: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». Aquí tenemos el primer panegírico de Jesús. Y está hecho en términos muy corpóreos. Tanto que Jesús le echa en cara el fijarse en su hermosura y no aceptar la palabra de Dios: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios». Pero nosotros tenemos que estar agradecidos a esta mujer desconocida que nos ha permitido responder a nuestra primera pregunta. Jesús era en verdad un hombre guapo.
También tenía dos hermosos ojos. La mirada de Jesús impresionaba a quienes se encontraban con él. Los Evangelios, sobre todo el de Marcos, hablan con frecuencia de su mirada: penetrante con Simón, que es presentado por su hermano; afectuoso con el joven rico, el mismo que después se va porque le dice que «lo deje todo y le siga»; de simpatía con Zaqueo, el jefe de publicanos, cobradores de impuestos que robaban (¿sólo entonces?, por favor, no quiero hacer juicios...), que lo miraba desde el árbol adonde se había subido. Y también de tristeza a propósito de las ofrendas de los ricos, o de desdén por lo que sucedía en el Templo, y de dolor por quien lo traicionaba... En fin, su mirada era una mirada que hablaba.
Y que lograba dar a entender que tenía ideas claras. Muy claras. Cuando hablaba no decía jamás: «tal vez, según mi parecer, me parece». Y no tenía, como suele decirse, pelos en la lengua, ni siquiera con los poderosos: recordemos cuando llama «zorro» al rey Herodes.
Pero una de las cosas más hermosas de Jesús es que era un hombre libre. También con sus amigos. Cuando san Pedro hace su profesión de fe (de vez en cuando daba san Pedro alguna en el clavo...), Jesús le hace un panegírico jamás dedicado a un hombre; tanto que san Pedro probablemente se envalentona y comienza a pensar en grandes cosas. Pero cuando Jesús le anuncia que su destino es de ser llevado a la muerte, Pedro, que ya se siente casi «primer ministro del reino de Dios», lo toma por el brazo y lo reprocha; pero Jesús ni siquiera se digna mirarlo y lo trata muy mal: «Apártate de mí, Satanás, tú piensas como los hombres y no como Dios». Casi nada, tratándose de un amigo, ¿no?
Con los familiares algunas veces se porta todavía peor. Cuando Jesús abandona su casa, a los treinta años, le consideran un loco. Lo dice el evangelio de Marcos en el capítulo tercero: «Fueron sus parientes a buscarlo porque decían que estaba loco», que había perdido la cabeza. Después, cuando la gente empieza a seguirlo, los parientes tratan de acercarse a él, porque de algún modo está consiguiendo poder. Entonces llaman a María para que trate de convencer a Jesús de que vuelva con ellos. ¿Pero él? Entiende todo, al vuelo, y da la impresión de no querer conocer ni siquiera a su madre.
Pero no creamos que era un hombre insensible. Jesús amaba. Y mucho. Sobre todo a los niños. Sabía entenderlos, una cualidad que raramente nosotros los adultos tenemos: en general, cuando hablamos con ellos, les preguntamos cuántos años tienen, qué curso hacen... Cosa que a ellos no les interesa en absoluto. Jesús, por el contrario, dice: «dejad que se acerquen a mí». Después, los amigos. Tenía un gran sentido de la amistad. Por ejemplo, era muy amigo de sus discípulos: y entre estos, estaba muy unido a Pedro, a Juan y a Santiago; y de ellos al que le unía una mayor intimidad era a Juan. También él tenía sus preferencias entre sus amigos. Como es justo, pues los amigos no son todos iguales. Además, Jesús amaba su pueblo. Se sentía profundamente judío, israelita. Hasta el punto que el pensamiento de la destrucción del templo lo hizo llorar.
Pero existe otro rasgo de la personalidad de Jesús que me ha llamado siempre la atención: su cuidado por las cosas pequeñas. Jesús estaba muy atento a las cosas pequeñas de la vida, porque sabía que le servían para hacer parábolas. Pensemos en la del reino de Dios que es semejante a una mujer que toma un poco de levadura y lo envuelve con la harina hasta que todo fermenta. O aquella otra del amigo pesado al que hay que atender para librarse de él. Me recuerdan los nueve años que estuve de párroco en Legnano: había una mujer que todos los días venía a visitarme quejándose de su marido. Pero ¿qué podía hacer yo? No podía en modo alguno echarla con amenazas.
Habría tantos otros episodios para recordar. En el capítulo séptimo de Lucas se narra que Jesús se encuentra comiendo con un jefe de los fariseos: a cierto momento llega una mujer de esas a las que no se sabe cómo llamar... Llamémosla una «mujerzuela». Esta mujer se acerca a él y comienza a hacerle gracias y a perfumarlo. Era una escena gravísima: como si en medio de una comida parroquial, a la que el párroco invita al alcalde y al jefe de la guardia, entrase una de esas mujeres y empezase a hacerle carantoñas... Y sin embargo Jesús no se inmuta. Más aún, la defiende gentilmente.
Del Evangelio se desprende que era una figura excepcional. De modo que cuando Poncio Pilato lo presenta a la gente dice: «Aquí tenéis al hombre». Por el contrario yo digo: este es el punto. ¿Jesús era sólo un hombre? Porque incluso la mayoría de las personas que no creen lo consideran un gran hombre, digno de aprecio. Pero es una postura insuficiente, si nos fijamos en lo que el mismo Jesús dice de sí mismo. ¿Ejemplos? Se define «Hijo del Hombre», que era el título usado en las profecías de Daniel para indicar al personaje que vendría del cielo y pondría fin a la historia. De este modo Jesús evoca su origen celestial y su carácter definitivo. Además dice que es «más que David»: y David era para los judíos el rey perfecto, el ideal de la monarquía y de la realeza.
Pero tal vez la cosa más seria la dice en el discurso de la Montaña. «Dichosos los pobres...» y sigue, ¿recordáis? En este discurso dice entre otras cosas: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás; en cambio yo os digo...». Pensémoslo bien: con esta frase Jesús casi «corrige» la revelación de Dios. Y reivindica para sí el poder de juzgar al hombre. ¿Quién puede hacerlo sino uno que se considera Dios? ¿Y las otras cosas que recomienda? «El que pierde su vida por mí la encontrará...». Dar la vida por otro no es una tontería. Una vez, en una visita pastoral, un niño me preguntó: «¿Tú estarías dispuesto a dar la vida por Dios?». Pensé un poquito y le respondí. «Yo estaría dispuesto a dar la vida por Dios. Pero me costaría mucho». Era un intento de unir el deber con la sinceridad. Y también: «Da de comer a tu hermano porque en él debes verme a mí». Si un mazziniano histórico dijese: «Ayudad a los hermanos porque en ellos debéis ver a Mazzini», no convencería a nadie, porque cualquier pobre hombre, vivo, es más importante que Mazzini muerto. Pero, ¿y Jesús? Jesús nos paga con la vida eterna. Lo dice también san Marcos, escribiéndolo en su evangelio de un modo algo humorístico: «Quien haya dejado padre y madre, campos y casas por mí, tendrá cien veces más aquí abajo. Con persecuciones y la vida eterna». Es como decir: primero van bien unos cuantos palos. Pero después está la vida eterna.
Porque el hecho es que Jesús ha sido un gran hombre, un hombre excepcional. Pero sobre todo es Dios. Es el Hijo de Dios. No como lo somos todos, como lo son todas las criaturas, como la mariposa (que también ella es hija de Dios: él es el Hijo propio, el Unigénito.
En los últimos años de su vida Jesús narra una parábola, una de las más inverosímiles en su estructura literaria (a Jesús no le interesa narrar una novela real, sino transmitir un mensaje); es la parábola de los viñadores infieles y homicidas, que se aprovechaban del campo del dueño sin darle nada a cambio. Entonces el dueño manda algunos criados a cobrar. Los viñadores los apalean. El dueño manda a otros: pero los labradores los matan. Y hasta aquí, según mi parecer, es un poco exagerado: ¿cómo podían matar así a la gente sin incurrir en la condena? Pero a partir de este momento la parábola se convierte en una cosa de locos. El dueño dice: «Tengo un hijo único; lo enviaré, porque tal vez tendrán respeto a mi hijo». Pero ¿qué padre, sabiendo que tiene en casa un cúmulo de sinvergüenzas pone en peligro la vida de su hijo? Y en efecto, los viñadores deciden acabar también con el hijo y así pueden quedarse con el patrimonio de su dueño (tal vez haya algún código en el que esté escrito que la herencia pasa a los asesinos del único heredero?). En fin, la parábola es inverosímil. Y sin embargo se ha cumplido a la letra: efectivamente, a Jesús lo matarán fuera de la viña, fuera de los muros de Jerusalén. Y ha sido el Padre quien lo ha enviado.
Poned todas estas cosas juntas. Resulta una fotografía de un hombre absolutamente excepcional, que dice que es Dios. Una provocación. Pero debemos recoger esta provocación. Porque si uno se presenta de este modo, si dice que es Dios, hay poco que argüir: o es un loco, y entonces no hay que hacerle el mínimo caso, o por el contrario es cierto lo que dice. Y entonces no queda otra alternativa sino caer de rodillas ante él. No basta decir: es un gran hombre.
Jesús ha resucitado, Jesús está vivo. En efecto, ¿que fueron diciendo los apóstoles de él? ¿Cuál es el núcleo del mensaje cristiano? Una sola palabra: «ha resucitado». Se ha despertado de la muerte. Los apóstoles van de un lugar a otro diciendo que Jesús ha resucitado, que está vivo. Cuando daba clase en Milán, en el Instituto de Pastoral, di una clase sobre la Resurrección de Cristo. Una vez acabada la lección, una señora se me acerca y me dice: «Pero ¿usted ha querido decir que Jesús está vivo?». «Sí, señora: que su corazón palpita como el suyo y el mío». «Entonces tengo que ir a casa a decírselo a mi marido». «Muy bien, señora, vaya a casa y dígaselo a su marido». Al día siguiente la señora vuelve a buscarme y me dice: «¿Sabe usted?, se lo dicho a mi marido». «¿Y él?». «Me ha respondido: "No digas tonterías, habrás entendido mal"». Sabed que ella era catequista. Y sin embargo estaba desconcertada. Yo le hice la grabación de la clase y ella se la hizo escuchar a su marido.
Ella al fin, se derrumba: «Pero si es así, todo cambia». Pensad y decidme si no es verdad; si aquel hombre guapo, bueno, excepcional, es verdaderamente Dios, y si todavía está vivo entre nosotros, entonces todo cambia de verdad.