logo san pablo
Cabecera Inicio
Temáticos

Por Cristo, Camino de la vida: en comunión con la Iglesia

imagen

Jesús es el camino que lleva a la vida, el camino vivo que abre a la verdad (cf Jn 14,6). Es el buen pastor que da la vida por sus ovejas, las busca cuando se descarrían, las lleva sobre sus hombros al aprisco y las conduce a los pastos de la vida eterna.

Esta obra del «gran pastor de las ovejas» (Heb 13,20) se verifica hasta en los últimos confines de la tierra gracias al Espíritu Santo, que hace transitable a los hombres el «camino de Cristo» y los hace libres de su libertad: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo» (Rom 8,9). «El Señor es Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2Cor 3,17).

¿Dónde el Espíritu hace presente en la historia al Señor Jesús, camino para ir al Padre? ¿De qué mediaciones humanas se sirve para llevar a los hombres a Dios a través del único acceso posible, Cristo el Crucificado? Evidentemente, nadie puede coartar la libertad del Espíritu: «El viento sopla donde quiere» (Jn 3,8). Es preciso reconocer, por tanto, su acción salvífica por encima de cualquier «medio» visible de salvación. El cristiano, que confiesa sin reservas la singularidad de Jesús y que por consiguiente reconoce en él al absoluto mediador entre los hombres y Dios, no por esto dejará de creer en la posibilidad de que el Espíritu actúe por caminos no relacionados con la confesión explícita del Resucitado. La expresión «fuera de la Iglesia no hay salvación» sólo revela así su significado más profundo: no hay salvación fuera de la comunión con el Espíritu de Cristo, que constituye la esencia del misterio de la Iglesia, pero no se excluye que esta comunión se realice por caminos que no pasan a través de la visible mediación eclesial. Hecha esta necesaria clarificación, es posible afirmar que los lugares privilegiados en los que el Espíritu hace presente a Jesús, camino para ir al Padre, son la comunidad de la salvación, la Iglesia, y la praxis de liberación del hombre, explícita o implícitamente abierta al reino que viene de Dios.

El Señor glorificado reina sobre todo en su Iglesia, haciéndose presente en ella como pastor y camino para llevar a los hombres al Padre. Cristo vive en el Espíritu en la comunidad eclesial y la habilita para el cumplimiento de su misión de proclamar y actuar su soberanía de amor para la gloria del Padre. Pero la Iglesia no se identifica con el reino de Dios, de la que sólo es como su germen o comienzo: entre la Iglesia y el reino existe la misma continuidad en la contradicción que existe, según la mentalidad oriental, entre la semilla y el árbol. La condición de la Iglesia es ser signo e instrumento que simultáneamente vela y revela la soberanía de Jesús: reino ya revelado, y no obstante cargado todavía con la cruz. La conciencia de esta condición de peregrina debe hacer que la Iglesia sea pobre y servidora entre los hombres. No puede buscar el dominio en sí mismo, aunque anuncie a aquel que es «Rey de reyes y Señor de los señores» (1Tim 6,15). El Espíritu derrama en el ámbito de esta Iglesia pobre y servidora una variedad de dones y suscita los diferentes ministerios por medio de los cuales los hombres pueden llegar al Padre en Cristo: «Hay diversidad de dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de funciones, pero el mismo Señor; diversidad de actividades, pero el mismo Dios, que lo hace todo en todos. A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común...» (1Cor 12,4-7). En esta diversidad es el único Espíritu el que obra y hace contemporáneo a los hombres el único camino, a través del cual se llega plenamente a Dios, Jesucristo.

De manera singular, el pastor de la Iglesia se hace presente en ella como cabeza de su cuerpo a través del ministerio de unidad, cuyo carisma se transmite con la imposición de las manos, por lo que la comunión con el sucesor de Pedro y con los propios pastores es camino real para vivir la unión. En la comunión de todo el cuerpo eclesial en torno a este ministerio de discerni¬miento y de coordinación, el Señor Jesús se hace presente y se ofrece como camino para ir al Padre. Se puede decir en este sentido que la comunión y la corresponsabilidad de los creyentes constituyen la forma más densa de la contemporaneidad de Cristo, rey y pastor, siervo y camino de salvación, y deben ser vividas con firmeza decisiva. El cristiano está llamado al diálogo y a la participación en la vida eclesial respetando los dones dados por el Espíritu a cada uno y ofreciendo humildemente a todos su carisma y el servicio vivido de acuerdo con su vocación.

Contagiando la libertad de Cristo, el Espíritu obra también en favor de la liberación de los hombres: liberación del pecado, del dolor y de la muerte en las dimensiones personales y sociales, y por tanto liberación del poder y de la ley, que, culpables de la crucifixión del inocente, fueron crucifica¬dos a su vez por la resurrección; liberación con vistas a la plena realización del hombre y del mundo según la vocación que se les ha revelado en Jesucristo. Si esta liberación no se reduce a un horizonte puramente terrenal, y puesto que está orientada a la comunión final con el Padre y es vivificada por el Espíritu de Cristo, no puede dejar de abrazar el plano de la liberación social y política. La regalidad de Cristo, que es libertad en el amor, se opone a toda injusticia, opresión y manipulación. Donde éstas están presentes, donde se pisotea e impide la dignidad del hombre, se rechaza también la soberanía de Cristo, sea cual sea el enmascaramiento ideológico del opresor. El Espíritu hace presente al liberador en todos los que con corazón sincero y generoso se entregan a la causa de la liberación, especialmente a través de un trabajo de concienciación de los oprimidos, quienes únicamente por este camino pueden convertirse en sujetos de la historia. Si debe reconocerse, contra cualquier ingenuo optimismo, que el hombre no se liberará nunca plenamente con sus solas fuerzas, también es preciso admitir que Cristo «Señor y camino de salvación» está presente en el corazón de quienes ofrecen honradamente la vida por una sociedad más humana, aunque no confiesen explícitamente su nombre. Con mayor razón se pedirá entonces a la Iglesia, sacramento de la soberanía de Jesús en el tiempo, que sea una institución de libertad y que sea valiente en la denuncia de las opresiones para anunciar de manera creíble el horizonte más amplio del reino que viene. Crisis de todas las grandezas humanas, el evangelio de la soberanía liberadora de Cristo es también la crisis permanente de su pueblo, el juicio bajo el que está y la medida a la que debe conformarse y convertirse si quiere ser pueblo de hombres libres para la libertad del hombre entero en cada uno de los hombres.

Los cristianos, como su Señor, cuanto más libres sean de sí mismos, libres para el Padre y para los demás, más realizarán su vocación en Cristo y en la Iglesia, más provocarán a los hombres a la libertad y más abrirán sus caminos. Discípulos del hombre libre, quien por su libertad de amor incondicional al Padre y a los hombres, murió en la vergüenza de la cruz, los cristianos deben esforzarse para hacer crecer con la oración y con la vida la experiencia de la libertad en el mundo en que viven, sin buscar la eficacia inmediata o la aceptación exterior. Quien es verdaderamente libre para el Padre y para los demás vive su vocación sabiendo hacer cálculos con lo desconocido, es decir, creyendo, por encima de toda posibilidad, en la posibilidad imposible, la que la libertad de Dios, revelada en Jesucristo, ha prometido a la historia. Quien es realmente libre, testimonia que la libertad, incluso cuando es derrotada, merece ser vivida y es contagiosa y liberadora, porque, como la libertad del Nazareno, es revelación y don de un misterio mayor. El mundo no se liberará del mal que le oprime únicamente con las manos activas del hombre, porque no hay liberación profunda y duradera si esas manos no se abren a la alabanza y la invocación para acoger el don que viene de arriba. La emancipación del hombre «como proceso de liberación producido por sus solas fuerzas» no ha cesado de producir totalitarismos y manipulaciones de toda clase. Hay verdadera libertad sólo cuando nos abrimos a la liberación, que en Jesucristo ha sido ofrecida a la historia: la liberación de sí mismo para existir, en el amor y la esperanza, para Dios y para los demás y hacer de toda nuestra vida una liturgia de alabanza y de amor al Padre y de servicio a los hombres. ¡Jesús, hombre libre, no cesa de provocar a los hombres a la libertad!

Señor Jesús, tú que eres el camino para ir al Padre,
el pastor que nos guía a las fuentes del agua de la vida,
te rogamos que nos concedas la libertad del corazón,
no la libertad aparente de elegir una cosa u otra,
sino la libertad más profunda, hecha de sacrificios y ofrendas escondidas,
la que nace del don incondicional vivido en tu seguimiento.
Haz que, libres con la libertad del amor, podamos ser
en este tiempo de nuestra vida mortal el pueblo de la libertad que viene de ti,
anticipación y garantía del reino que viene.
Tú que eres la alianza en persona, concédenos vivir con los demás
en tu Iglesia relaciones de diálogo, libres y liberadoras,
capaces de hacer que nuestro yo se nos manifieste
y que nos realicemos según el corazón de Dios
en la escucha y obediencia de amor de toda la vida.
Amén. ¡Aleluya!

Volver

Síguenos en: youtube facebook twitter blogger Blog
Editorial

Campañas
Noticias y eventos
Promociones
Presencia WEB
Portal Música

Librería online

Campañas
Música
Vídeo / DVD
CD-Rom
Objetos litúrgicos
Contacto
Encontrar tienda

Quiénes somos

Fundador
Sociedad San Pablo
Familia Paulina
Publicaciones
Noticias

Mi San Pablo

Página personal
Cesta de compra
Ayuda
Registrarse

San Pablo

Editorial
Librería online
Quiénes somos

Información

Buscar contenido
Búsqueda avanzada
Aviso legal
Contactar
Encontrar librería

(c) 2012 San Pablo Comunicación | Desarrollo Web Factor Ideas