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Con Cristo, Verdad que salva: discípulos de la palabra

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Palabra y revelación plena de Dios, luz que brilla en las tinieblas, Jesús es en su persona la verdad (cfr Jn 14,6), el Profeta, el Maestro que se nos acerca y nos llama. Quien es fiel a su palabra y se hace discípulo suyo «conocerá la verdad y la verdad le hará libre» (cfr Jn 8,32).

Vivir en la libertad del amor significa crecer en él: «Practicando sinceramente el amor, crezcamos en todos los sentidos hacia aquel que es la cabeza, Cristo» (Ef 4,15). Según el mundo griego, la verdad es «descubrimiento de lo escondido» (a-letheia). En hebreo, por el contrario, la palabra correspondiente a «verdad» es emet, término que designa la fidelidad a alguien y la confianza en él. Para los griegos la verdad es algo que poseer y para el mundo de la Biblia es Alguien del que dejarse poseer mediante una relación de amor que se experimenta a lo largo de una historia. Para los griegos lo contrario de la verdad es el error o la mentira, mientras que para la Biblia es la ruptura de una relación de confianza y fidelidad. Al designar a Jesús como verdad, la fe de los orígenes quiere indicar que en el Nazareno ha llegado a los hombres la fidelidad de Dios para siempre y que esta fidelidad se extenderá a cada hora del tiempo por el poder del «Espíritu de la verdad». Este hará presente en todas las situaciones humanas el amor del Dios trinitario, revelado y donado en Jesucristo, y dará ojos a los creyentes para que sepan percibir siempre de forma nueva su fuerza liberadora y corroboradora: «Cuando os entreguen, no os preocupéis sobre cómo habréis de hablar o qué habréis de decir, porque en aquel momento se os sugerirá qué habréis de decir. Pues no sois vosotros los que habláis, es el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros» (Mt 10,19-20). El Espíritu abrirá los corazones a la fidelidad de la promesa y por tanto el futuro de Dios para el hombre, a quien la verdad del Profeta de Nazaret se le ofrecerá como fuerza que le abre al futuro perturbando la actitud conservadora y el miedo que hacen al hombre esclavo de su pasado.

¿Dónde el Espíritu hace presente a Jesús como verdad y profeta en el tiempo de los hombres? ¿Dónde se puede hoy lograr la revelación única e irrepetible dada en el Crucificado-Resucitado? Los caminos del Espíritu son muchos ciertamente, pues él sopla donde quiere (cf Jn 3,8) con libertad soberana y fantasía inagotable. Sin embargo, es posible descubrir algunos caminos reales en los que la fidelidad del Dios cristiano se presenta a la vicisitud humana para revelarse y revelar su sentido: tales caminos son la palabra de Dios en la transmisión viva de la Iglesia, los «signos de los tiempos» y la necesidad y el testimonio del amor.

El cristiano, discípulo del único Maestro y Señor, Jesucristo, es en primer lugar discípulo de su palabra, proclamada en la Iglesia. Según la mentalidad bíblica, palabra y realidad están indisolublemente unidas. La palabra es fuerza, dinamismo, acción que va al corazón de las cosas y de los hombres. La palabra de Dios produce, por tanto, lo que dice, «es viva y eficaz y más aguda que espada de dos filos; ella penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y es capaz de juzgar los sentimientos y los pensamientos» (Heb 4,12). La palabra de Dios es «palabra de salvación» (He 13,26), porque es Dios mismo el que se comunica con el signo de su palabra. Esta identificación de Dios con su palabra se realiza del modo más alto en la palabra hecha carne, Jesús. El es «el que Dios ha enviado y dice palabras de Dios, pues Dios le ha dado su espíritu sin medida» (Jn 3,34). La palabra de Jesús, predicada al mundo entero, es «poder de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1,6). En la predicación de la Iglesia resuena la palabra potente de Cristo: «El que os escucha a vosotros me escucha a mí» (Lc 10,16). Los hombres se dividen inevitablemente ante ella en enemigos y enamorados del Crucificado. El apóstol por cuyo medio se difunde el conocimiento de aquel que ha triunfado sobre la muerte es «el perfume que Cristo ofrece a Dios, tanto para los que se salvan como para los que se pierden: para éstos, olor de muerte que mata; para aquéllos, olor de vida que da vida» (2Cor 2,14-16). Por tanto, el Resucitado se hace contemporáneo de los hombres para subvertir y salvar su vida en la palabra, transmitida eficazmente en la tradición viva de la Iglesia. La palabra es el lugar donde se nos ofrece la revelación de Dios, y por eso es principalmente con su escucha perseverante como la historia irrumpe en nuestro «hoy» para transformarlo en «hoy» de salvación. El cristiano encuentra al Señor Jesús en la medida en que escucha con obediencia humilde de fe su palabra de vida. Se reconoce así llamado a ser el «discípulo de la palabra».

El Espíritu, a su vez, actualiza la verdad que es Cristo en los signos de los tiempos, acontecimientos y mensajes de las vicisitudes humanas, en los que es posible reconocer la voz del Maestro. Jesús mismo invitó a escrutar los signos de los tiempos cuando reprendió a los contemporáneos suyos que iban en busca de signos vistosos: «Por la tarde decís: Hará buen tiempo, porque el cielo se enrojece. Y por la mañana: Mal tiempo, porque el cielo se enrojece con sombras. Sabéis interpretar el aspecto del cielo, y ¿no sois capaces de interpretar las señales de los tiempos?» (Mt 16,2s). Justamente por ser a menudo modestos y todo menos extraordinarios, mezclados con la complejidad de los acontecimientos históricos, los «signos de los tiempos» son ambiguos y deben ser objeto de un paciente trabajo de discernimiento. Este trabajo puede ser hecho sólo con la confrontación constante entre la vida y la palabra: ¡no leerá el evangelio en la historia quien no sepa leer la historia en el evangelio! El cristiano, por consiguiente, vivirá con atención vigilante a los signos de los tiempos, que tratará de discernir verificando fielmente la propia existencia a la luz de la palabra de Dios en el clima de la oración y en la confrontación de la comunión de la Iglesia.

Finalmente, la verdad del Profeta de Nazaret se revela en el presente de los hombres a través de la necesidad y el testimonio del amor. Cristo se esconde realmente en los pobres, en los hambrientos, en los sedientos, en los marginados y los que sufren, en los niños explotados, en las mujeres pisoteadas, en los últimos (cf Mt 25,31ss). Un solo acto de solidaridad hacia éstos, una sola hora dedicada con generosidad desinteresada al servicio de los pobres y los oprimidos revela a Cristo más que cualquier reflexión abstracta y sin amor. ¡Los pobres son el rostro del Señor crucificado en la historia! Y quien responde con amor libre y liberador al hambre y la sed de los hombres se convierte en evangelio vivo, en palabra escrita no en tablas de piedra sino en la carne de los hombres. La presencia de Cristo en el hoy del dolor y de las lágrimas es reconocible donde hay alguien que ama en su nombre: «En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros» (Jn 13,35). El amor de Dios se revela en el amor del prójimo: «El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve» (1Jn 4,20). Esto no significa que el amor del prójimo haga superfluo el amor de Dios, pues únicamente la experiencia de este amor, que nos precede y nos colma, nos hace capaces de amar desinteresadamente a los demás (cf 1Jn 4,7ss). Además, amar verdaderamente al hermano no significa amarlo sólo por amor de Dios. El amor universal, entendido como amor abstracto de los demás por amor de Dios, corre el riesgo de ser una mentira, pues sólo quien ama concretamente al prójimo que Dios ha puesto a su lado ama como Cristo nos ha amado y nos pidió que amáramos. Quien ama a «todos», es fácil que no ame a nadie; quien ama a los «suyos» (la gente pobre y necesitada de amor o rica de sí misma y cerrada al amor que forma su mundo) se hace capaz también de amar a «todos». Cristo se hace presente en este amor concreto y habla en nuestra vida mortal sus palabras de vida eterna. El hermano necesitado de amor o testigo de amor vivo es en el Espíritu Santo verdadero «sacramento» del encuentro con el Señor Jesús. En este sentido, sin el sacramento del hermano y del compromiso de amor por él nadie puede salvarse. La verdad de Cristo nos espera y se nos da donde su palabra se convierte en vida de nuestra vida en el servicio humilde y desinteresado del prójimo: «Sabemos que le conocemos en que guardamos sus mandamientos. El que afirma que le conoce, pero no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está con él. Pero el que guarda su palabra, verdaderamente es perfecto en él. En esto sabemos que estamos unidos a él: el que afirma que está unido debe comportarse como él se comportó... El que afirma que está en la luz y odia a su hermano está aún en las tinieblas. El que ama a su hermano está en la luz» (1Jn 2,3-6.9-10).

Señor Jesús, que eres la verdad en persona,
el Profeta que habla las palabras de Dios
y da el Espíritu sin medida,
te rogamos que nos ayudes a que nos dejemos alcanzar
y poseer por ti en la fuerza de tu palabra,
con la que vienes a nuestro encuentro
para iluminar el afán de los días y dar sentido a la vida.
Danos sabiduría y discernimiento
para reconocer en nuestra existencia
y en la historia del mundo los signos de los tiempos
y para responder con valentía a la llamada de Dios.
Y haz que en los pobres y en los oprimidos,
en quien no tiene a nadie que le ame
y en quien es incapaz de amar,
sepamos ver tu rostro de Crucificado,
abandonado por amor nuestro,
y que sepamos acompañar tu dolor
estando humildemente atentos al corazón
y compartiendo la caridad que salva.
¡Ven, Señor Jesús!

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