Jesús es el camino y fue enviado para dar la vida al mundo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Quien cree en él tiene la vida; más aún, pasa «de la muerte a la vida» (Jn 5,24).
Pero Jesús da la vida porque ofrece en sacrificio su vida, porque la «entrega? libremente en la hora oscura de la cruz. Es «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36), el cordero pascual, el sumo sacerdote que, probado en todo a semejanza nuestra, puede compadecerse de nuestras debilidades (cf Heb 4,14ss) y, «alcanzada la perfección» a través de la experiencia suprema de la cruz, «se convirtió para todos aquellos que le obedecen en principio de salvación eterna» (Heb 5,9).
A su existencia totalmente donada, hasta morir abandonado, sigue la resurrección, que es la respuesta acogedora del Padre en relación con el camino entero de sacrificio del Hijo. A su vida donada responde la vida donada por Dios. El Espíritu, en el que Cristo ha sido resucitado, viene así a habitar en los corazones como en un templo, derrama en ellos el amor de Dios y dona la vida en plenitud: «Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por obra de su Espíritu, que habita en vosotros» (Rom 8,11). El Espíritu atestigua que nosotros somos hijos de Dios y nos injerta en el diálogo de la vida trinitaria. Vivir «según el Espíritu» significa conocer los frutos de una vida plena: «amor, alegría, paz, generosidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia» (Gál 5,22). El Espíritu hace presente así en nosotros a Cristo vida, sacerdote de la alianza nueva y eterna, que nos ha conseguido la participación en la vida trinitaria. De aquí nace la Iglesia, pueblo que vive la vida nueva recibida de arriba, que acoge siempre nuevamente el amor de Dios que por el Espíritu ha sido derramado en nuestros corazones.
¿Cómo sucede esto? ¿Por qué mediaciones históricas pasa la acción del Paráclito, que hace contemporáneo a Cristo, el que da la vida? Aunque el Espíritu en su libertad puede suscitar y de hecho suscita vida en formas continuamente nuevas, es posible descubrir por lo menos dos lugares privilegiados en los que, de manera diferente, el Señor viviente y vivificante se hace contemporáneo de nuestro presente: por una parte, en los sacramentos de la Iglesia; por otra, en la experiencia del dolor humano, implícita o explícitamente vivido en comunión con el Crucificado.
Los sacramentos de la Iglesia hacen presente en el tiempo el sacramento «primordial» de Dios, Jesucristo, en los diferentes momentos y las diferentes necesidades de la existencia humana, para hacerla nueva con la participación en la vida divina en el plano individual «el nacimiento, el crecimiento, la alimentación, la curación y la ayuda en la enfermedad (bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, unción)» y en el social «la guía de la comunidad, su comunión y desarrollo (orden y matrimonio)». El comienzo de esta nueva vida es el bautismo: «Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo y morimos, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida» (Rom 6,4). La cumbre de la existencia redimida es la celebración eucarística del memorial de la Pascua, donde Cristo, que padeció y fue glorificado, se hace realmente presente en el Espíritu para reconciliar a los hombres con el Padre y entre ellos y para colmarlos de la vida divina. «Cumbre y fuente» de toda la existencia cristiana, la eucaristía es el «sacramento de la unidad», por el que la Iglesia se origina y expresa, en la memoria poderosa de la alianza pascual y en la continua proyección hacia el banquete final del reino. En ella el Espíritu, además de hacer presente a Cristo muerto y resucitado, difunde su vida en los miembros del cuerpo eclesial para vivificar toda la historia. Se hace presente así en los sacramentos la proximidad del amor divino a nuestra fragilidad en los momentos y las fases de nuestra existencia. En ellos viene Dios a «tomar cuerpo» en la historia de los hombres. Como el buen Samaritano, Cristo se hace «próximo» a la persona en las situaciones y las necesidades concretas de su existencia a través del gesto sacramental de la Iglesia. Los sacramentos son, por consiguiente, la fuente, el alimento y la fuerza de la vida nueva del cristiano. En ellos, como participación en la vida de Dios, la gracia adquiere «rostro» y se «hace» historia a través del nuevo modo de comportarse del cristiano, motivado, sostenido y caracterizado por la alianza con Dios y por la presencia de su Espíritu, derramado en nuestros corazones: «Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rom 8,14).
Hay, no obstante, otro camino, más «anónimo» pero más accesible a toda existencia humana «incluso a la que ignora al Resucitado», con el que el Señor de la vida se comunica a los hombres para fortalecerles e insertarles en la comunión con el Padre: es la historia de los sufrimientos del mundo. Desde el momento en que la cruz de Cristo se clavó en la tierra, no hay dolor humano que no sea de algún modo alcanzado por el Espíritu y unido a aquélla: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui emigrante y me acogisteis, preso y fuisteis a estar conmigo... Cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,35-36.40). En los dolores de los crucificados del mundo, el Crucificado del Viernes Santo se hace presente gracias a la fuerza del Paráclito y contagia en quien le acoge la capacidad de comunión y de oblación. ¡El sufrimiento vivido en solidaridad con los demás y ofrecido por amor es una presencia real de Cristo en la historia de los hombres! Cristo alcanza y hace que fermente la pasión del mundo, de tal modo que el peso del dolor no se convierta en ocasión de desesperación y condena, sino en camino de resurrección y de vida. Si esto es así para cada uno de los hombres, el cristiano deberá invocar aún más la gracia del Espíritu para vivir su dolor en el seguimiento de Cristo y completar de este modo en su propia carne lo que falta a su pasión en beneficio de su cuerpo, la Iglesia. Sufrir se convertirá entonces, como en el caso de los santos, en el «sacramento del dolor», en el lugar donde, contra toda resignación pasiva, el mal es vencido por el bien, el dolor se convierte en amor y la muerte se transforma en vida. Y entonces el rostro de Cristo, vencedor de la muerte y señor de la vida, aparecerá en los pobres rostros desfigurados por el espasmo indecible del dolor humano.
Al discípulo, abrumado bajo el peso de la cruz o asustado ante las exigencias del seguimiento, se le dirige la palabra de la promesa, manifestada en la resurrección, contradicción de todas las cruces de la historia. Es una palabra de consuelo y compromiso, que sostuvo ya la vida, el dolor y la muerte de todos los que nos han precedido en el combate de la fe. «Pues si participamos grandemente en los sufrimientos de Cristo, también gracias a Cristo recibimos un gran consuelo» (2Cor 1,5). «Estamos acosados por todas partes, pero no derrotados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; desechados, pero no aniquilados; llevamos siempre y por doquier en el cuerpo los sufrimientos de muerte por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nosotros» (1Cor 4,8-10). La cruz de Jesús no ha sido en vano para quien se esfuerza por vivir así. ¡También en él se manifestará la victoria del Humilde que venció al mundo!
Señor Jesús, tú vienes a nuestro encuentro
en los sacramentos de tu Iglesia.
Haz que te acojamos en ellos como la única vida
que da valor y belleza a la vida.
Por la fuerza que así nos contagias, ayúdanos a reconocerte
en las historias infinitas del dolor humano.
Haz que aprendamos contigo a abrazar la cruz
para transformar el dolor en amor y que estemos preparados
a cargar los unos con los pesos de los otros
por la caridad que sólo tú nos das.
Dios de la vida, por la gracia de tu Espíritu
de resurrección y de paz,
ayúdanos a cantar el cántico de los redimidos
incluso ante la aparente victoria del dolor y de la muerte.
Amén. ¡Aleluya!