

Jesús es el camino y fue enviado para dar la vida al mundo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Quien cree en él tiene la vida; más aún, pasa «de la muerte a la vida» (Jn 5,24).
Palabra y revelación plena de Dios, luz que brilla en las tinieblas, Jesús es en su persona la verdad (cfr Jn 14,6), el Profeta, el Maestro que se nos acerca y nos llama. Quien es fiel a su palabra y se hace discípulo suyo «conocerá la verdad y la verdad le hará libre» (cfr Jn 8,32).
Jesús es el camino que lleva a la vida, el camino vivo que abre a la verdad (cf Jn 14,6). Es el buen pastor que da la vida por sus ovejas, las busca cuando se descarrían, las lleva sobre sus hombros al aprisco y las conduce a los pastos de la vida eterna.
«Yo he apoyado en él mi vida, la única vida que tengo». Cuando el testimonio de un obispo empieza así, percibimos en estas palabras un sabor añejo. Un sabor milagroso. Han pasado dos mil años y el testimonio de los apóstoles continua pasando de un hombre a otro. Con la fuerza y el calor de Pedro, de Juan, de Pablo. Esta presentación no convencional de la figura de Cristo nace de una conferencia «improvisada» del Card. Giaccomo Biffi, arzobispo de Bolonia, recogida por el periodista David Perillo, pronunciada en un lugar poco habitual: el Consejo municipal de un Municipio de la periferia de Bolonia. La sencillez y agilidad del texto es tal que encanta: brota del celo apostólico de su autor, que es pastor de almas, pero al que el lector atento no le resultará difícil reconocer el rigor del teólogo. Precisa el Card. Biffi: «He aceptado la invitación para hablar de Jesucristo ya que es él el corazón, el vértice, la síntesis del anuncio evangélico: esto no hay que olvidarlo jamás».