

Son fórmulas articuladas, llamadas también «Profesiones de fe» o «Credo», con los que la Iglesia, desde sus orígenes, ha expresado sintéticamente y transmitido su propia fe con un lenguaje normativo, común a todos los fieles. Los más antiguos son los símbolos bautismales. Ya que el Bautismo se administra «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19), las verdades de la fe allí profesadas están articuladas con referencia a las tres Personas de la Santísima Trinidad. Los principales símbolos de la fe son el «Símbolo de los Apóstoles», que es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia Romana, y el «Símbolo niceno-constantinopolitano», fruto de los dos primeros concilios ecuménicos de Nicea (325) y Constantinopla (381), hoy todavía común a todas las grandes Iglesias de Oriente y de Occidente.
Porque la afirmación «Creo en Dios» es la más importante, fuente de todas las demás verdades sobre el hombre y sobre el mundo, y de toda la vida de cada creyente en él. La profesión de fe comienza con la fe en un solo Dios: «Creo en un solo Dios? Creo en Dios». Efectivamente, la primera verdad es la de la existencia de Dios. Esta es la fuente y origen de todas las otras verdades. Si no se parte de Dios, no se comprende nada ni de lo creado ni del hombre.
La fe es un acto personal, en cuanto es una respuesta libre de un hombre a Dios que se revela. Pero al mismo tiempo es un acto eclesial, que se expresa en la confesión: «Nosotros creemos». De hecho, es la Iglesia la que cree: ella de ese modo, con la gracia del Espíritu Santo, precede, engendra y nutre la fe de cada cristiano. Por eso la Iglesia es madre y maestra. Las fórmulas de la fe son importantes ya que permiten expresar, asimilar, celebrar y compartir con otros las verdades de la fe, utilizando un lenguaje común.
El hombre, sostenido por la gracia divina, responde mediante la obediencia de la fe, que es fiarse plenamente de Dios y acoger su Verdad. Existen muchos testimonios, especialmente dos: Abrahán que, sometido a prueba «se fió de Dios» (Rom 4,3) y obedeció siempre a su llamada, convirtiéndose así en «padre de todos los que creen» (Rom 4,11-18); y la Virgen María, que realizó del modo más perfecto, durante toda su vida, la obediencia a la fe: «Fiat mihi secundum Verbum tuum: Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).