Los descubrimientos del Mar Muerto
Pocos temas en torno a la Biblia habrán suscitado tanto interés como los descubrimientos de Qumrán. Las arenas sacan a la luz, sólo de vez en cuando, algunos de los tesoros que contienen. Los mismos comienzos son «de película»: un beduino que busca una cabra perdida entre las cuevas de Qumrán y halla casualmente una jarra al tirar una piedra en una oquedad; un tratante de objetos antiguos de Belén que tiene en sus manos los primeros manuscritos y quiere hacer negocio; un pope de la Iglesia siria que pretende venderlos en Estados Unidos; la Universidad hebrea que interviene y compra algunos documentos; los beduinos llevan una labor paralela a los arqueólogos y buscan nuevos hallazgos sin ningún orden; frágiles tesoros que luego pretenden vender a altos precios... Todo esto complicado con la trama de la creación del Estado de Israel (cuando se producen los descubrimientos, el yacimiento pertenecía a Jordania). No es de extrañar, pues, que algunos pseudo científicos aprovechasen todo para construir su propio guión. ¿Nos dicen todo lo que han encontrado o se callan? ¿No querrán las instituciones religiosas ocultarnos datos que supondrían el final de muchas teorías? ¿No contendrán los manuscritos mensajes cifrados? Cuando se estudian serenamente, sin prejuicios religiosos o esotéricos, los manuscritos aparecen como enormes tesoros para el conocimiento del judaísmo que va desde el siglo II antes de Cristo hasta el siglo I después de Cristo.
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