Un cruce de culturas
Alejandro Magno no sólo conquistaba con el poderío de su ejército ligero, innovador, intrépido, insolente, sino que con él entró en el mundo una nueva forma de ver y situarse. El judaísmo es monoteísta: no acepta ningún otro dios que le haga competencia, ni mucho menos ídolos que llevan a la muerte. El Dios bíblico es un Dios de la naturaleza (es creador) y de la historia (es liberador). A Dios no se le puede manipular ni comprar (es Santo). No es un Dios caprichoso ni voluble,
sino misericordioso y justo. Da libertad al hombre pero a la vez no quiere que arruine su vida: la vida moral forma parte de la vida del israelita. El hombre está creado a imagen y semejanza suya; el origen y la meta del ser humano están en Dios. Esta imagen de Dios tuvo un fortísimo contrincante en los siglos anteriores al cristianismo. De Grecia vinieron filosofías con un tirón tan fuerte que muchos judíos vieron tambalearse su fe. Los ejércitos y los comerciantes traían, junto con las nuevas filosofías, nuevas formas de religión, sobre todo del oriente. La Iglesia naciente tendrá que responder a las objeciones de los judíos que no pueden aceptar que el Dios Santo del Cielo se haya hecho hombre y que el Mesías haya muerto en una cruz. Por otra parte, se las verá con las nuevas filosofías y religiones que o predicarán una moral sin fe, o invitarán a una fe sin moral, o querrán llevar la naciente fe cristiana por caminos que la alejen de Jesús y su misterio.
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