Palabra lúcida
Todos pertenecemos a una familia y a una sociedad con los que
compartimos tradiciones, costumbres y valores de raíces profundas. Tenemos una identidad como pueblo. «Soy de ...» ?decimos? y nos sentimos orgullosos. Pero ¿podemos absolutizar este sentimiento de identidad? ¿Podemos establecer una distinción tajante entre nuestra cultura y la de los pueblos vecinos? Los dos grandes enemigos de la objetividad histórica son el recurso a los tópicos y la referencia a un tiempo pasado idealizado. El primero repite lugares comunes que llegan a tener carta de verdad incuestionable. El segundo remite a unas esencias propias sin mezclas ni confusión; todo el tiempo posterior ha sido «alejamiento» y «empeoramiento». Israel
tiene conciencia de ser «el pueblo elegido». Escribe sus orígenes, se remonta a «hechos extraordinarios» y reivindica una tierra que le ha dado el mismo Dios. Pero la elección no supone superioridad o inmunidad. Es responsabilidad ante Dios, señor de toda la historia.
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