La Palabra narrada: los hitos de un pueblo
El creyente bíblico es consciente de que la historia se escribe a dos bandas. Por una parte está Dios que llama por el nombre y por otra está cada persona que abre el corazón o que, desde su libertad, hace oídos sordos. La Biblia no es la «historia de los rectos, impecables y buenos»: Moisés duda de Dios; Jeremías grita su desgracia y maldice el día de su nacimiento; David cede al deseo y llega al asesinato. Pero la Biblia no es sólo la suma de historias individuales, sino el recorrido de un pueblo con su Dios. Israel sabe que Dios ha hecho Alianza con él. En este sentido es fundamental que nos centremos en dos momentos fundamentales para el pueblo de Israel, el Éxodo y el Exilio. Son distintos y complementarios. En ambos casos el pueblo está en la esclavitud; en ambos casos gritan a Yahveh, Dios de la libertad; en ambos casos hay una marcha dolorosa no siempre
bien comprendida ni compartida por todos. En ambos casos hay un destino, la Tierra prometida en el éxodo, Jerusalén en el exilio.
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