Fiesta de la conversión de san Pablo

 

MADRID (SP). Los Paulinos estamos celebrando el Centenario de nuestra Fundación (1914-2014) y los 80 años de nuestra presencia en España (1934-2014). Por eso todas las fiestas propias de la Familia Paulina las estamos viviendo este año con particular intensidad. Así sucedió el día de la fiesta de la conversión del apóstol san Pablo, el 25 de enero, en la eucarística celebrada de la Casa provincial de los Paulinos, donde tuvo lugar la renovación de los votos del Cl. Luis Fernando Rojas (colombiano, de 26 años), miembro de la Provincia de España desde el 25 de enero de 2012.

 

El P. Juan Antonio Carrera, Superior provincial, recibió los votos del Cl. Luis Fernando Rojas, y actuaron como testigos el P. Isidoro Sánchez, Maestro de juniores, y el P. Miguel Carmen, neo-sacerdote paulino. El Superior provincial, en el transcurso de la homilía, invitó a todos a orar por la unidad de los cristianos y a vivir en continua conversión al servicio del evangelio, entregándonos a la misión con la pasión del apóstol de las gentes. “Convertirnos, ¿de qué?”, se nos cuestionó en la homilía. Asimismo se nos recordó que en el apóstol san Pablo se cumplen las palabras del evangelio: “ld al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). Para san Pablo todo comenzó con una llamada de amor. El Apóstol, en el camino de Damasco, abandona su antiguo camino.

 

No conocemos a ningún cristiano de la antigüedad –subrayó el Superior provincial– que haya desplegado un volumen de actividad apostólica comparable al de Pablo. Y él lo hizo porque lo vio como mandato del Señor: “La gracia que me fue dada por Dios” (Rom 15,15) y porque era algo que le quemaba interiormente: (“Ay de mí si no evangelizo” (1Cor 9,16). Su mente quedó ocupada por una idea fija: “Cristo, y éste crucificado” (1Cor 2,2). Urgido por el amor a él (2Cor 5,14), se entregó a conquistarle el mundo, a fundarle y consolidarle comuni­dades fieles; por estas –y, en definitiva, por Cristo– “se gastó y desgastó” (2Cor 12,15). Hacia el final de su ministerio pudo escribir con santo orgullo: “Lo he llenado todo del evangelio de Cristo” (Rom 15,19). No es indiferente que acojamos la gracia o la dejemos pasar. Sin la fidelidad de Pablo, posiblemente el cristianismo no habría llegado a ser la fe transcultural y universal que de hecho es hoy, pese a quien pese. Y ciertamente, sin su contemplación y reflexión, no gozaría la Iglesia del tesoro de teología y espiritualidad que hasta hoy la sigue alimentando.