
Dinámica de la vida
28-07-2011
Por: Luciano CIAN (de SE VUOl)
En la vida social se encuentran ‘grandes” personas que han llevado a cabo una opción clara, que viven en coherencia con ella y encarnan de manera concreta sus ideales, llegando a ser “modelo” significativo y fascinante. Su compromiso y su coherencia les convierte en testigos importantes y “guías” que dan seguridad.
Optar no es sólo preferir y asumir una tarea, una perspectiva, un proyecto, sino también renunciar a sus posibles alternativas. Quien no aprende a renunciar, prácticamente no aprende a optar: está dividido entre muchos atractivos antagónicos; no consigue superar con valentía y lucidez el sufrimiento interior que, con frecuencia, comporta la dinámica de la opción si no hay claridad de pensamiento, de sentimiento y de proyectos. Y en ese caso las decisiones pueden ser desastrosas.
En cambio, las opciones bien ponderadas y satisfactorias son señal de madurez: de algún modo la persona ‘es” lo que decide ser, en base a un proyecto concreto que se irá especificando a lo largo de su vida.
Cada individuo busca su modo original de situarse ante la escuela, el trabajo, la vida afectiva, y ante su propia existencia en el plano personal, social y operativo. Esta búsqueda es una operación típica de la edad evolutiva y es el fruto maduro de una dinámica interna bien lograda.
Generalmente la búsqueda se lleva a cabo a través de sucesivas opciones, algunas de corto alcance y otras de mayor envergadura: todas ellas no son sino intentos de concretar en la propia vida el proyecto de si mismo, entendido como un diseño que se ha de ir realizando poco a poco. Las opciones marcan la dirección del desarrollo, pero son con frecuencia fatigosas y conflictivas, pues toda persona necesita luchar para conquistar su propia identidad, para ser ella misma, diversa de los otros modelos, ya que es única y original.
La dinámica de la opción se intensifica y se acelera durante la adolescencia; en la juventud, la mayor estabilidad interior permite consolidar y asentar las opciones hechas, que llegan a alcanzar su plena forma. Se puede decir que el niño sueña, el chiquillo intuye, el preadolescente descubre, el adolescente verifica, el joven cristaliza realizando, y el adulto lleva a cabo un proyecto realista de si mismo.
Especialmente el adolescente y el joven toman decisiones mirándose hacia dentro con cierto esfuerzo introspectivo, examinan las aspiraciones personales, se confrontan con el mundo circunstante, sopesan razones y motivaciones, y dan luego fundamento al proyecto de vida que tiende, primariamente, a la autorrealización (por encima de posibles condicionamientos o manipulaciones insidiosas o presiones de toda especie), y después de ofrecer un aporte útil a la comunidad.
Muchas carencias educativo-formativas y sociales ponen en evidencia graves formas de inmadurez en las decisiones de la adolescencia y la juventud actuales: falta de puntos de referencia para una lúcida reflexión sobre sí mismos,
La opción fundamental es, sin duda, uno de los elementos más profundos y globales de la persona, ya que envuelve toda su realidad y su dinamismo.
Precisamente por eso, no resulta sencillo ni fácil de llevar a la práctica pues sufre por todas partes presiones y condicionamientos de diverso género, que retrasan su maduración y comprometen su eficacia. La fe permite comprender que la madurez humana y la plenitud cristiana se realizan totalmente en la vida concebida como “vocación”.
Estados de ánimo que denuncian presencia de dudas y crisis, ansias e incertidumbres, escasa coherencia y falta de coraje para aspirar a metas elevadas que requieren sacrificio, saber esperar y vivir con esperanza; escasez de guías seguros y objetivos, atentos al desarrollo de la verdadera libertad, que camina siempre paralela con el crecimiento del sentido de la responsabilidad.
Para optar y decidir con autonomía se necesita claridad de ideas. No puede elegir quien no tiene ideas y le cuesta mucho hacerlo a quien no tiene ideas claras. Y para tenerlas hace falta reflexionar, escuchar, informarse, conocerse por dentro.
No es necesario disponer de una cultura elevada: basta la sabiduría de la vida madurada con el hábito de reflexionar sobre la experiencia propia y ajena, con la capacidad de valorar cosas, acontecimientos y personas en base a puntos de referencia y valores significativos.
Se pueden encontrar personas poco instruidas pero que poseen ideas claras y una extraordinaria capacidad de reflexión; y hay graduados que no saben pensar de verdad por no haber llegado nunca a una auténtica reflexión sobre si mismos y sobre la experiencia. La claridad de ideas requiere capacidad de pensar de forma ordenada.
Otra condición para optar y decidir es la de madurar a tiempo la energía volitiva: elegir de manera no provisional exige confianza, valor, sentido del riesgo, estabilidad y coherencia. El hábito a renunciar y a decidir constituye una virtud humana básica, muy importante para las grandes opciones.
No se puede y no se debe permanecer, siendo niños dependientes. El evangelio invita a hacerse como niños para poder sentir siempre muy viva la ambición y la necesidad de crecer. La madurez se construye a base de opciones.
La opción fundamental: momento decisivo en la dinámica de la opción
En paralelo con la vida física hay una vida interior personal hecha de impresiones, intuiciones, emociones, experiencias, sentimientos, proyectos y opciones. El camino interior es decisivo en la conquista de la propia identidad, que se manifiesta al exterior de modo visible en la vida cotidiana.
Llega un momento en que, en la trayectoria de la vida íntima de cada uno, sobrevienen momentos fundamentales: intuiciones clarísimas, sacudidas afectivas, acontecimientos y elecciones que son como la suma de muchos otros que les han precedido y condicionado; momentos que obligan a una reflexión especial, que exigen una puesta a punto ordenada y coherente; momentos en los que se pueden verificar los recodos decisivos y las grandes opciones de la vida, metas de un itinerario precedente y punto de llegada para un sucesivo camino.
La opción es una elección fundamental. Optar es preferir algo central y auténtico a otra cosa marginal y relativa. La opción fundamental relativa se funda sobre decisiones superficiales, en las que el yo no se compromete a fondo; o bien, sobre decisiones guiadas por prejuicios y condicionadas por el ambiente, en base a razones poco consistentes, aunque posean la fuerza necesaria para doblegar la personalidad; o, también, sobre decisiones impulsivas de naturaleza emotiva, inconsciente, aunque justificadas después racionalmente.
La opción fundamental válida se basa siempre sobre motivos profundos y valores encontrados, conquistados, experimentados; el proyecto de vida y las opciones con él relacionadas coinciden con el centro del ser, por el que toda la existencia recibe significado de tal opción, que llega a ser expresión de madurez y motivo de ulterior maduración.
La ayuda proporcionada a los jóvenes en el momento en que realizan una opción fundamental es uno de los aspectos más importantes de la educación. La presencia de un guía responsable de sus deberes es un don de inestimable valor para el joven y el adolescente.
No hay nada mejor que acoger y realizar el plan de Dios en la vida personal; eso exige atención y escucha de la propia interioridad, disponibilidad y apertura a las mociones del Espíritu, y también generosidad en el don de sí mismo.
La opción fundamental y el proyecto de vida como vocación
La opción fundamental es uno de los elementos psicológicos más globales y profundos de la persona, ya que envuelve toda su realidad y su dinamismo. Precisamente por eso no resulta sencillo ni fácil de actuar. Padece por todas partes presiones y condicionamientos de diverso género, que retrasan su maduración y comprometen su eficacia.
En el plano psicológico personal la opción va ligada a las dotes, a los intereses, ambiciones y proyectos, como también a los miedos y problemas no resueltos a nivel profundo; en el plano social puede estar condicionada por la familia, la escuela, las amistades, los medios de comunicación; en el plano afectivo puede sufrir a causa de los retrasos, carencias o traumas padecidos en las diversas etapas de la vida, especialmente las primeras, o sea, la infancia y la niñez; en el plano espiritual tienen un peso importante la formación de la conciencia moral, las experiencias religiosas, el contacto con valores importantes y centrales, o la privación de tal contacto experiencial y vital, mientras que un contexto ambiental poco o nada formativo al respecto deja a la persona a merced del impulso y de la lógica del placer.
Muchos que llegan relativamente pronto a realizar el camino requerido por la opción fundamental, lo deben a personas, situaciones y ayudas que han facilitado el camino despejándolo de impedimentos como la superficialidad, el miedo, el conformismo ambiental, el temor de estar solo o ser diverso de los demás, o enriqueciéndolo de estímulos, propuestas y experiencias significativas.
Antes que elegir somos elegidos
En la elección de la propia “vocación” sucede también otra cosa: Dios actúa dentro de la persona, la guía y la atrae. A veces da una luz nueva o una moción espiritual a partir incluso de situaciones banales, exteriores a la persona, pero valoradas por una mente y un corazón abiertos y disponibles para acoger una especial iluminación interior.
La vocación como proyecto de vida con Dios dentro, es una llamada que la persona recibe y acoge con especial atención y disponibilidad. Cuanto más espiritualmente vivos e interiormente atentos se está, tanto más se percibe la voz de Dios, que se mezcla con el dinamismo de la propia libertad y más fácilmente se siguen las pautas de sus deseos.
La experiencia dice que la percepción clara de una opción fundamental, capaz de dar sentido y dinamismo a la propia existencia, en un determinado camino vocacional, es posible donde se da el hábito de la reflexión, del recogimiento, del coloquio con Dios en la oración, en un contexto de vida más bien serio y comprometido.
Para llegar a ser personas hechas y derechas es necesario haber madurado la capacidad de elegir, de elegir bien, de ser fieles a la elección.
Dios, que es Padre y el primer educador de sus hijos, no sólo no es extraño a este problema, sino que interviene con discreción en el proceso de crecimiento interior hacia la opción fundamental.
Toda la biblia es una gran historia de vocaciones colectivas y personales: Israel es un pueblo objeto de una especial vocación que le permite entrar en diálogo íntimo con Yahvé; los cristianos son el nuevo pueblo de bautizados que pueden llamar a Dios con el nombre de “Padre” y considerarse, por derecho, hijos suyos.
Dios se dirige a Israel como a un hijo: “Escucha, Israel”; lo sigue llamando continuamente para que ponga en él toda su confianza y le asegura en todo instante su amor y su protección.
Jesús recuerda varias veces que es él quien elige y no se puede ir a él si él mismo no llama antes: ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido” (Jn 15,16); “Nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede” (Jn 6,65).
Para optar y decidir con autonomía se necesita claridad de ideas. Y para tenerlas, es absolutamente necesario escuchar, informarse, reflexionar y conocerse por dentro.
Las escenas de vocación se encuentran entre las páginas más impresionantes de la biblia. La llamada de Abrahán, de Moisés, de Samuel, de David, de Isaías, de Jeremías, de los apóstoles, de María son inolvidables.
Estos amigos de Dios son signos para todos los demás: Dios se atribuye claramente la iniciativa con respecto a ellos, pide la colaboración para un proyecto, envía y compromete en una misión coronada por una promesa. El anima y conduce, pero pide siempre una respuesta libre y responsable, queriendo que el llamado llegue a ser protagonista de un proyecto que después requiere fidelidad, dedicación y apertura. La respuesta es una opción que expresa y construye la grandeza del hombre.
La llamada personal penetra en la conciencia y en el corazón (lugar bíblico de la opción fundamental), cambia la existencia, a veces la perturba, haciendo siempre referencia a una lógica de superación, la lógica de la fe.
Conclusión
La dinámica de la opción y la decisión, a menudo turbada y comprometida por múltiples condicionamientos personales, educativos y sociales, es ciertamente uno de los nudos importantes en el camino de la vida de un adolescente y de un joven.
Es una dinámica que conlleva sufrimiento ya que requiere un progresivo paso de la lógica del placer (típica de la infancia y fundada en el “me gusta”, en las necesidades primarias no seleccionadas e instintivas) a la lógica de la realidad (típica de un cierto pragmatismo adolescente más bien egocéntrico, pero ya cercano a los intereses y verdaderas aspiraciones de la persona en evolución), a la lógica del valor (lógica que hace referencia a núcleos centrales de la existencia, a pistas que constituyen la vitalidad del ser y lo arrastran hacia la vida plena).
Con otras palabras, el “yo impulsivo” e irracional del niño deja lugar, sin atrofiarse, al “yo reflexivo” del adolescente, hecho de racionalidad y decisiones parcialmente libres, al “yo propulsivo o prospéctico” que hace referencia a las profundidades del ser proyectando la existencia de tal modo que pueda vivirse hoy con dimensión de futuro.
Toda vocación es un misterio. El adulto, al hacer un examen retrospectivo, la ve sembrada de intuiciones, de elecciones, de opciones con frecuencia valientes, de “sies” comprometidos pronunciados de modo más o menos libre y responsable, a menudo fundados sobre un acto de confianza, sobre el riesgo, sobre una apuesta. Muchos episodios asumen entonces un significado nuevo ya que revelan el entrelazarse de la acción de Dios y la propia, en la única “historia sagrada personal” que se ha ido escribiendo en años pasados.
Muchas autobiografías de personas que han tenido éxito revelan esta acción providencial: se han sentido conducidas por él y están contentas de no haberle puesto resistencia.
Toda vocación es un misterio. El adulto, al hacer un examen retrospectivo, la ve sembrada de intuiciones, de elecciones, de opciones con frecuencia valientes, de “síes” comprometidos pronunciados de modo más o menos libre y responsable, a menudo fundados sobre un acto de confianza, sobre el riesgo, sobre una apuesta.
Un adolescente y un joven que viven profundamente la dinámica de la opción pueden sacar notables ventajas de la contemplación calma y serena, de la escena de la Anunciación: María ve turbada su sensibilidad por una propuesta inesperada; su racionalidad exige una clarificación (“¿Cómo será eso?”); apenas se consolida la certeza de que “para Dios nada hay imposible”, pronuncia con fe el “sí’ más grande que la humanidad ha pronunciado por labios de una mujer.
No hay nada mejor que acoger y realizar el plan de Dios en la vida personal. Eso exige atención y escucha de la propia interioridad, disponibilidad y apertura a las mociones del Espíritu, generosidad en el don de si mismo. La fe permite comprender que la madurez humana y la plenitud de la vida cristiana se realizan en la vida concebida como “vocación”, como secuencia ininterrumpida de respuestas a una secuencia continua de llamadas.
— El adolescente necesita creer en sus posibilidades consideradas con realismo, reelaborar su proyecto de vida mediante la reflexión personal verificándola comunitariamente en un grupo, asumir ya un compromiso que le ayude a confrontarse con la realidad, para evitar las tentaciones del maximalismo megalómano o las posturas polémicas hacia las instituciones, o el deslizamiento a la duda sistemática o angustiosa que impide realizar el bien, con la pretensión querer hacer de manera perfeccionista lo mejor.
— El joven, perfeccionando con una puesta a punto más concreta el proyecto personal, necesita compartir su experiencia con los demás, mantener viva la dimensión vertical de la fe y oración, hacer propia la propuesta de un compromiso para insertarse en lo vivo de los problemas sociales y eclesiales no sólo como aficionado sino con voluntad de servicio.
Para ambos puede servir de gran ayuda el encuentro y el acompañamiento de un guía experimentado y cercano a la propia vida.