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Pistas de orientación vocacional

Creer con esperanza
Pistas de orientación vocacional I, Primera parte

06-04-2011

vocación 1 El adolescente y el joven de nuestro tiempo viven momentos de fuerte desasosiego, incertidumbre e inseguridad. Esto les hace sufrir, porque ven la propia existencia llena de incoherencias, dispersión y ambigüedad. La apertura a la solidaridad y al compromiso, y la búsqueda del sentido religioso y trascendente, abren al joven a la esperanza, al proporcionarle la posibilidad de expresar su característico dinamismo vital.

Una vida humana nace del encuentro de dos vidas que unen su patrimonio cromosómico. Una vez engendrada, sigue “su” propio camino, aunque en acentuada dependencia del modo como el niño es esperado y deseado, acogido y educado a través de las acciones creadoras que promueven su crecimiento hasta que alcanza la plenitud y la madurez.

Después de la aventura feliz y gozosa (en la mayor parte de los casos) de la infancia, el niño se enfrenta con las “novedades” de la preadolescencia (diez-trece años). Vive su desarrollo físico, la evolución sexual; experimenta la impetuosidad e inestabilidad de su mundo emotivo, busca e identifica su puesto en el mundo, en la sociedad, en la escuela, en la futura profesión, a pesar de vivir una fase, que puede ser bastante prolongada, de desorientación, debida al torbellino de cambios rápidos que descubre en sí mismo y en su entorno.

Luego llegan la adolescencia (catorce-diecisiete años) y la juventud (dieciocho-veinticinco años), que heredan todo lo vivido anteriormente, poniendo en evidencia los miedos, ambivalencias, incertidumbres, malestar y conflictos.

Los núcleos más importantes que viven el adolescente y el joven son los siguientes:
- La modificación del concepto inconsciente de los padres y educadores (profesores, jefes, animadores...).
- La adquisición de modelos de moralidad socializados y aceptables, como “valores-para mí”; aunque no se asumen aún por completo. Están en grado de dar un sentido pleno a la existencia y de ser vividos en dimensión de proyecto; la adhesión a ellos pasa por una conciencia autónoma y madura que se va estabilizando con el tiempo.
- La identificación definitiva con el propio rol de ser sexuado, masculino o femenino, que pasa por la aceptación y la posesión de la sexualidad; a veces emerge fatigosamente a causa de la persistencia del instinto en la búsqueda de emociones (masturbación, pornografía, aproximaciones eróticas con el otro sexo y a veces con el mismo); la tranquilidad y la serenidad se estabilizan cuando la persona concibe un proyecto de vida guiado y motivado por el amor.
- Las decisiones y opciones relacionadas con el futuro escolar, profesional y vocacional; es el problema de la identidad, del rol aún confuso y carente de síntesis en la adolescencia, pero ya mejor unificado por motivaciones y finalidades claras en la juventud; el sentido de la “utopía” ayuda a superar la pluripotencialidad genérica del niño y favorece opciones que son también renuncias a querer probarlo todo, aceptando la limitación de la libertad, que es decididamente el impulso que prevalece en estas dos etapas evolutivas.

El adolescente y el joven de nuestros días viven momentos de acentuada inquietud, de incertidumbre e inseguridad. Esto les hace sufrir, porque ven la propia existencia llena de incoherencias, de dispersión y ambigüedad.

“Para un adolescente es normal comportarse de modo imprevisto e inconsistente, luchar contra sus impulsos y aceptarlos al mismo tiempo; amar y odiar a sus padres, avergonzarse muchísimo de reconocer a su madre ante los amigos, y luego, de repente, desear una larga e intima conversación con ella” (Ana Freud)

vocación 2 Ana Freud, hija del fundador del psicoanálisis, se expresa así sobre esta fase de la vida: “Para un adolescente es normal comportarse de modo imprevisto e inconsistente, luchar contra sus impulsos y aceptarlos al mismo tiempo; amar y odiar a sus padres, avergonzarse muchísimo de reconocer a su madre ante los amigos, y luego, de repente, desear una larga e intima conversación con ella; crecer imitando e identificándose con otros mientras busca la propia identidad... Estas fluctuaciones entre extremos opuestos serían anormales en cualquier otro momento de la vida, pero en este periodo, generalmente, significan sólo que para madurar y lograr una personalidad adulta se requiere mucho tiempo. El "yo" de la persona en cuestión no deja de experimentar y no tiene prisa de eliminar posibilidad alguna”.

Adolescentes y jóvenes están tratando de responder a algunas cuestiones profundas: ¿Quién soy yo? ¿Qué puedo hacer? ¿Para qué vivir, cómo vivir? ¿Qué rol o vocación o profesión realizar en la vida? Detrás queda la infancia con un modo de vivir y de pensar ya superado; delante, con frecuencia está un futuro carente de seguridad y perspectivas. El hoy se halla limitado por la inexperiencia, por la falta de modelos de comportamiento válidos y lleno de emociones nuevas, como el descubrimiento de la sexualidad, la irrupción de nuevos sentimientos en el campo afectivo-relacional, el desarrollo tumultuoso aunque necesario del sentido crítico, del ansia de libertad y autonomía que se expresan en formas de rebelión o de evasión. Afortunadamente la apertura hacia la intimidad solidaria y el compromiso, la búsqueda de un sentido religioso y trascendente con el que asumir la propia existencia, abren al joven a la esperanza, dándole la posibilidad de expresar ese dinamismo vital típico de su personalidad fascinada por el ideal, por la verdad y el deseo de crear algo nuevo, de ser fecundo.

Necesidad de adaptación a las nuevas situaciones vidas

Por una parte, pues, se notan empujes hacia la madurez, a la conquista de si mismo, del espacio que le compete en la escuela, en la sociedad, en el trabajo, en los grupos; por otra parte está el resurgir, sobre todo en momentos difíciles, de actitudes un poco infantiles, con vueltas atrás (miedos, ganas de llorar, desorientación, sensación de soledad). El adolescente y el joven necesitan adaptarse a las nuevas realidades que viven, asentarse de nuevo en las situaciones concretas de la familia, la escuela y la realidad social y eclesial, de manera más personal, tomar postura ante el ambiente sociocultural en que viven y admitir su complejidad, su contradicción con la decadencia de los valores y la descalificación de las instituciones (familiar, escuela, Estado, Iglesia...); no dejarse apresar por el conformismo ante posturas ideológicas y políticas, superar la indiferencia religiosa o la incredulidad. Todo esto no es algo automático que nazca espontáneamente del crecimiento físico y cronológico; como tampoco es fruto resultado una suma algebraica de gestos y comportamientos.Requiere una lectura atenta, acompañada de una valoración crítica de los fenómenos que caracterizan las etapas de la adolescencia y la juventud. Continúa la orientación vocacional...

La dinámica de la vida (Pistas de orientación vocaciona II)

28-07-2011

Continuando con la orientación vocacional como una gama de opciones de vida.


Por: Luciano CIAN



Una reflexión sobre el significado de ciertos fenómenos



En la sociedad post-industrial los adolescentes, los jóvenes se encuentran más bien marginados, víctimas de la masiva desocupación en continuo aumento, o condenados a trabajos oscuros, precarios, ocasionales e infravalorados. Las escuelas superiores y la universidad ofrecen cada vez menos esperanzas de una inserción digna en el mundo del trabajo y, por consiguiente, en la sociedad de los adultos. Una exigua minoría intenta reaccionar y cambiar el estado de cosas mediante la acción política. Otros responden con la desesperación, expresada en:



Actitudes de fuga, y a veces de autodestrucción (suicidio, droga, alcohol), o con comportamientos agresivos (vandalismo, terrorismo, delincuencia). Muchos aceptan la situación, con la esperanza de integrarse en la sociedad cuyos valores predominantes comparten. Otros, por fin, intentan proyectar su vida en el sentido del compromiso de la no-violencia, de la paz y el amor, viviendo el hoy con intensidad y anticipando ese mañana en el que, con la propia profesionalidad y competencia, creyendo en el hombre y en la vida, serán participes de la transformación del mundo.



Nunca como hoy se ha visto mayor ruptura entre los jóvenes y las instituciones de los adultos: partidos, sindicatos, parlamento, gobierno, Iglesia. Cada vez son más numerosos los que se refugian en su mundo, en el de los amigos y coetáneos. Con frecuencia buscan en el tiempo libre y el consumo, en la afectividad y el amor hipersexualizado, si no una solución simbólica, al menos un revulsivo a los problemas de la vida diaria. La moda, la música, la discoteca, la moto, el video-juego... permiten olvidar por algún tiempo la dureza de la vida. Pero el porvenir se vuelve aún más incierto y la inseguridad del futuro se proyecta sobre el presente, haciendo a menudo a la adolescencia y la juventud momentos más bien prolongados de subordinación y marginación.



El adolescente y el joven son muy celosos de su vida íntima (lo cual es natural y comprensible); difícilmente se confían con sus padres y con los adultos sobre los problemas que viven y sienten. Están más dispuestos en tal caso a confiarse con algún amigo/a que viva más o menos las mismas ansias y los mismos problemas. Sin embargo, dolidos con frecuencia de la infidelidad o imprudencias de los amigos, son llevados a cerrarse herméticamente también con ellos, permaneciendo así contemplándose por dentro, removiendo desgracias, incertidumbres y miedos, sin concluir nada o explotando en actitudes que cortan la respiración, o viviendo al día.



El adolescente y el joven necesitan adaptarse a las nuevas realidades que viven, tomar postura ante el ambiente socio-cultural que les rodea, admitir su complejidad y no dejarse apresar por el conformismo ante ciertas posturas ideológicas y políticas



Uno de los posibles remedios es este: aprender a reflexionar, a leer dentro de uno mismo, a dialogar y a confrontarse con quien tiene mayor experiencia y puede ayudar a aclarar este estado de confusión. Al mismo tiempo es necesario que los adultos identificados como guías cumplan bien su misión, sabiendo realmente dejar espacio, ser amigos, sentir como propios sus problemas, sin caer en la tentación de culpabilizar o moralizar. Los jóvenes no buscan apoyo y dan confianza con facilidad, precisamente porque son celosos de su intimidad (lo único que es suyo de veras); tienen gran necesidad de autonomía y libertad, y por eso toman actitudes de desconfianza y desinterés hacia los adultos que no procuran acercarse a ellos con un sentido de comprensión profunda y liberadora. Desean en lo más profundo de su ser ayuda y apoyo, aunque no de tipo consolatorio y rebuscado, con guías de horizontes amplios, prudentes y serenos, una clarificación convincente de su vivencia problemática. Es necesario comprender lo que está sucediendo, el significado de ciertas angustias que hacen sufrir; pero no sólo en clave lógica y racional, sino sobre todo en clave emotivo-afectiva, existencial y vital. De ahí la importancia del coloquio de tú a tú, del grupo, la experiencia comunitaria, de momentos de serena convivencia en familia. En el fondo del corazón del adulto necesitan encontrar simpatía, disponibilidad, comprensión, aceptación de una realidad que casi siempre tiene síntomas de provisional para dejar paso a una libertad interior más sólida y a una reflexión más profunda.



Es necesario comprender lo que está sucediendo, el significado de ciertas angustias que hacen sufrir; pero no sólo en clave lógica y racional, sino sobre todo en clave emotivo-afectiva, existencial y vital. De ahí la importancia del coloquio de tú a tú crecer con un proyecto de vida alimentado de esperanza.



Existe una preocupación por analizar a los adolescentes y a los jóvenes, por intentar comprenderlos, por clasificarlos como si fueran una especie distinta; pero luego crecen y se hacen adultos. A fin de cuentas, la juventud es una etapa de la vida que por su propia naturaleza tiende a preparar el lugar a la siguiente. En todo joven existe el impulso y el deseo fuerte de llegar pronto a ser adulto.



Y esta es la cuestión: lograr que llegue a ser adulto evitando que se lance hacia el futuro con los ojos cerrados, alucinado por los mitos de la tecnología y el consumismo. Necesita en cambio concebir la vida como una llamada, como una misión, como un proyecto a realizar en diálogo consigo mismo, con el mundo, con las personas que le rodean, con Dios, que habita en él y lo supera, que lo llama a estar dispuesto a dar razón de la esperanza que ha depositado en su corazón.



La vida de un adolescente y de un joven no debe proyectarse hacia un ‘paraíso que hay que encontrar” en términos inmanentísticos, utilitarios y consumistas, en un plano cuantitativo que prescinde de su ser auténtico, de su ser persona. El redescubrimiento del “paraíso perdido” pasa a través de la recuperación de la propia autenticidad y del sentido de la vida, por la referencia a una cultura que, rechazando las ideologías cerradas, radicales y subversivas, abra a todo lo auténticamente humano, fundado en el Absoluto; es decir, una cultura que sea ‘filosofía” y ‘teología”, verdadera búsqueda del ser y de la sabiduría encarnada en un proyecto de vida con Dios dentro.



El joven que rechaza empeñarse de esta forma, fácilmente se encierra en lo “privado” o toma una actitud más de “disfrutador” de bienes que de “productor” de cultura, de relaciones sociales constructivas; termina por no vivir una auténtica tensión hacia ideales y valores que lo mueven a la autotrascendencia. Y entonces está destinado a no dar salida a sus ansias de vivir, a permanecer al margen de la comunidad, privándola del típico impulso juvenil y entusiasta que se necesita para transformar el mundo, según los criterios del Hombre nuevo y de la Historia nueva.



Frente a un mundo turbado por multitud de problemas económicos, de desocupación, por fenómenos de marginación, con dificultades por el uso desconsiderado del progreso científico, que ha llegado a ser amenazador, no queda más remedio que apelar a las nuevas generaciones, para que se comprometan en todo lo que abra caminos hacia una nueva esperanza. Los jóvenes son los privilegiados portadores de esta esperanza cuando responden, también comunitariamente, a la invitación que el Papa les ha repetido con vibrante pasión: “Estad siempre dispuestos a dar respuesta a quien os pida razón de la esperanza que hay en vosotros”.  (Continúa...)


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