
A partir de sus humildes comienzos, en agosto de 1914 con la rama masculina y en 1915 con la rama femenina, la Familia Paulina fue adquiriendo gradualmente su propia fisonomía, que concretaba el gran carisma contenido en el corazón del beato Santiago Alberione: «Vivir y dar al mundo a Jesucristo Maestro y Pastor, camino, verdad y vida». Afirmaba él: «La Familia Paulina ha sido suscitada por san Pablo para continuar su obra. Es san Pablo, vivo, pero hoy formado por muchos miembros… Quiere que hagamos lo que haría él si viviese hoy». Por orden de fundación, fueron surgiendo en el tiempo las diversas ramas:
El Fundador explicaba así la relación que existe entre las diversas instituciones: «Se da un estrecho parentesco entre ellas, pues todas han nacido del Sagrario. Tienen un único espíritu: vivir la vida de Jesucristo y servir a la Iglesia. Hay quien representa a todos intercediendo ante el Sagrario; hay quien difunde, como desde lo alto, la doctrina de Jesucristo; y hay quien entra en contacto directo con las personas». El Fundador quiere que las fronteras de su obra sean las fronteras del mundo. Sus miembros son enviados por todas partes para «hacer la caridad de la Verdad».
La Familia Paulina crecía, pasando por los difíciles momentos de la guerra y de las convulsiones sociales y se iba extendiendo por muchos países, asumiendo los rostros y colores de cada pueblo y cultura. Cuando, el 26 de noviembre de 1971, el P. Alberione dejó esta vida terrena para nacer a la del cielo, la Familia Paulina era ya como un mar en el que convergen, como decía el mismo Fundador, «abundantes riquezas de gracia», como ríos que abren nuevos caminos de evangelización y de santidad.
Al empezar el siglo XX, el P. Alberione recibía de Dios una gran misión que hizo de él, en palabras de Pablo VI, «una de las maravillas de nuestro tiempo»; ahora, a comienzos de nuestro siglo XXI, la Iglesia lo propone al pueblo cristiano como ejemplo de santidad. Los miembros de todas las instituciones de la Familia Paulina celebraban con alegría la beatificación de su Padre y Fundador el 27 de abril de 2003, comprometiéndose a ser memoria viva y actual de su carisma en la Iglesia y en el mundo de hoy.
El Fundador explicaba así la relación que existe entre las diversas instituciones: «Se da un estrecho parentesco entre ellas, pues todas han nacido del Sagrario. Tienen un único espíritu: vivir la vida de Jesucristo y servir a la Iglesia. Hay quien representa a todos intercediendo ante el Sagrario; hay quien difunde, como desde lo alto, la doctrina de Jesucristo; y hay quien entra en contacto directo con las personas». El Fundador quiere que las fronteras de su obra sean las fronteras del mundo. Sus miembros son enviados por todas partes para «hacer la caridad de la Verdad».
La Familia Paulina crecía, pasando por los difíciles momentos de la guerra y de las convulsiones sociales y se iba extendiendo por muchos países, asumiendo los rostros y colores de cada pueblo y cultura. Cuando, el 26 de noviembre de 1971, el P. Alberione dejó esta vida terrena para nacer a la del cielo, la Familia Paulina era ya como un mar en el que convergen, como decía el mismo Fundador, «abundantes riquezas de gracia», como ríos que abren nuevos caminos de evangelización y de santidad.
Al empezar el siglo XX, el P. Alberione recibía de Dios una gran misión que hizo de él, en palabras de Pablo VI, «una de las maravillas de nuestro tiempo»; ahora, a comienzos de nuestro siglo XXI, la Iglesia lo propone al pueblo cristiano como ejemplo de santidad. Los miembros de todas las instituciones de la Familia Paulina celebraban con alegría la beatificación de su Padre y Fundador el 27 de abril de 2003, comprometiéndose a ser memoria viva y actual de su carisma en la Iglesia y en el mundo de hoy.