En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era griega, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija. Él le dijo: «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perritos el pan de los hijos». Pero ella replicó: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños». Él le contestó: «Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.
Jesús sale de los confi nes de Israel y se va a lo que hoy es el Líbano, sin miedo a la contaminación
que proclamaban los fariseos al entrar en contacto con los paganos. Se le acerca una mujer que tiene un grave problema: la enfermedad de su hija. El Señor se muestra perplejo ante esta súplica, y en un primer momento parece hasta negarse a intervenir: a él le han enviado a reunir las ovejas dispersas de la casa de Israel, de «los hijos», ¿cómo va a dedicarse ahora a los paganos? Hay en la frase cierta punzada, atenuada por el uso del diminutivo, los «perritos». Sin duda se ha dado cuenta de que en aquella mujer hay quilates de fe y quiere hacerlos emerger. En efecto, la alaba, casi asombrado, y declara que ella misma, «por eso que has dicho», ha resuelto la situación alarmante de su hijita.
Cuando te expongo mis necesidades, debo cimentarme en la humildad: quien pide ha de reconocerse menesteroso y no venir con exigencias. Hazme sensato, Señor.