Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».
«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz». En las emotivas
palabras del anciano Simeón resuena esta nota de «siervo» (más, esclavo). El mismo término que había brotado de los labios de la Virgen en el momento de la Anunciación: «Aquí está la sierva (la esclava) del Señor». Precisamente mientras el ángel hablaba de un reino, de la estirpe de David y su trono, María esgrime la nota de esclava. Y ahora, Simeón, en el momento en que se le cumple la promesa del Espíritu, por tanto en una circunstancia de plenitud, también él se declara esclavo. Mientras, Cristo Jesús se somete asimismo a la Ley, como siervo, para librarnos a nosotros de toda esclavitud.
Reconociendo la infi nita distancia que nos separa de ti, te aclamamos «nuestro Señor Jesucristo», diciéndonos siervos tuyos cuando vienes generosamente a liberarnos.