En aquel tiempo, presentaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio y el mudo habló. La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual». En cambio, los fariseos decían: «Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios». Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Continúa Jesús enfrentándose a las limitaciones de la gente, «extenuada y abandonada, como rebaño sin pastor». Esta vez le presentan un mudo (también sordo), víctima de un demonio. Estar endemoniado equivale aquí a cerrarse a la comunicación; de ahí la mudez. El Maestro rompe este lazo, realizando la profecía de Isaías que afirmaba: «La lengua del mudo cantará». Quien ahora se desata en alabanzas es la multitud; en cambio, los fariseos achican todo entusiasmo acusando a Jesús de estar conchabado con el mismo demonio. Se trata de un conocido cliché que se repite a cada milagro: la gente confiesa no haber visto nunca nada semejante, los fariseos, en cambio, cerrados en sí mismos, como sordos y mudos... que bisbisean incoherencias, no perciben nada de nuevo.
Señor misericordioso que vives en la luz divina, nos convocas a continuar tu obra como trabajadores que se ocupen de la abundante mies. Ayúdanos a trabajar en firme.