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El Libro del Pueblo de Dios

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Nuevo Testamento

Introducción

De la «Antigua» a la «Nueva» Alianza
Dios es más fiel al hombre que el hombre mismo. A pesar de todas las infidelidades de sus criaturas, «su fidelidad permanece para siempre» (Sal. 117. 2). Por eso, «cuando se cumplió el tiempo establecido» (Gál. 4. 4), él envió a su mismo Hijo, a fin de hacernos pasar «de la muerte a la Vida» (Jn. 5. 24). Y esto, «no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia» (Tit. 3. 5). Así, mediante la Muerte y la Resurrección de Jesús, a la ANTIGUA ALIANZA con el pueblo de Israel sucedió una NUEVA ALIANZA, un nuevo pacto de amistad que transformó radicalmente las relaciones de Dios con la humanidad.
En esta Nueva Alianza se cumplió y llegó a su plenitud todo lo que estaba prefigurado y anunciado en la Antigua. El profeta Jeremías la había descrito como una total renovación interior, como un encuentro íntimo y personal de Dios con cada uno de sus hijos: «Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto... Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: “Conozcan al Señor”. Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande –oráculo del Señor–. Porque yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado» (Jer. 31. 31-34).
Estas dos Alianzas tienen su línea demarcatoria en Jesucristo. Él es el «Mediador» de la Nueva Alianza anunciada por los Profetas y esperada por el Pueblo elegido. Más aún, al ser «Dios con nosotros», él realiza esa Alianza en su propia Persona, estableciendo un vínculo indestructible entre Dios y los hombres. De allí que esta Nueva Alianza, al mismo tiempo que renueva y perfecciona la Antigua, la trasciende y le confiere una proyección insospechada. Mientras que la Antigua era provisoria y temporaria, la Nueva es definitiva y eterna. Mientras que la Antigua había sido concluida con un Pueblo particular, la Nueva se extiende a todos los pueblos y elimina todas las barreras raciales, políticas y culturales. Mientras que la Antigua fue promulgada por medio de Moisés y estaba grabada en «tablas de piedra», la Nueva está fundada en el Espíritu y fue sellada con la sangre de Cristo, el «Sumo Sacerdote de los bienes futuros», que penetró de una vez para siempre en el Santuario celestial, «obteniéndonos así una redención eterna» (Heb. 9. 11-12).
El «Libro» de la Nueva Alianza
Como la Antigua Alianza, también la Nueva tiene «su» Libro. Es el que se denomina NUEVO TESTAMENTO y consta de 27 escritos, compuestos en menos de un siglo después de la muerte de Jesús. La recopilación de estos escritos es el resultado de un proceso bastante complejo. Al principio, los cristianos no tenían otra Biblia que los Libros sagrados del Judaísmo –la Ley, los Profetas y los demás Escritos– leídos e interpretados a la luz de las enseñanzas y la obra de Jesús. Su fe no se basaba en documentos escritos, sino en el testimonio de los Apóstoles y de los primeros discípulos. Pero la transmisión oral de la Buena Noticia resultó pronto insuficiente para satisfacer las necesidades de una Iglesia en rápida expansión. De hecho, Pablo tuvo que redactar varias Cartas para mantenerse en contacto con las numerosas comunidades fundadas por él. Por otra parte, a medida que iban muriendo los que habían conocido al Señor, se hizo más urgente recoger por escrito su mensaje, tal como lo habían transmitido aquellos que fueron «desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc. 1. 2). De esta necesidad vital para la Iglesia surgieron los diversos escritos que luego pasaron a constituir el «canon» del «Libro» de la Nueva Alianza.
La fijación de este «canon» o lista oficial de los textos normativos para la fe y la vida de la Iglesia se fue realizando progresivamente. Ya a fines del siglo II, no existían dudas sobre el carácter inspirado de los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas paulinas. A comienzos del siglo III, fueron reconocidas la primera Carta de Pedro y la primera de Juan. A los restantes escritos, en cambio, se los admitió bastante tiempo después y al cabo de largas discusiones. El acuerdo unánime con respecto a la fijación definitiva del canon del Nuevo Testamento sólo se logró en el curso del siglo IV, cuando la preocupación por la unidad eclesial y el influjo preponderante de la Iglesia de Roma contribuyeron a eliminar las divergencias. Lo que determinó la aceptación «canónica» de cada escrito en particular fue su vinculación con la enseñanza y la autoridad de los Apóstoles. Con todo, lo importante no era tanto que cada escrito tuviera a un Apóstol como autor en el sentido estricto de la palabra, sino más bien que su contenido expresara fielmente la tradición apostólica.
Al establecer su «propio» canon, la Iglesia no pretendió oponer «otra» Escritura a la ya existente. El Nuevo Testamento no sustituye al Antiguo. Al contrario, lo confirma y aclara su verdadero sentido, mostrando cómo se realizaron en Jesucristo las promesas de salvación, contenidas «en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lc. 24. 44). De uno a otro Testamento no hay «ruptura», sino «cumplimiento». Para expresar esta continuidad, el arte cristiano representó alguna vez a los cuatro grandes Profetas del Antiguo Testamento llevando sobre sus espaldas a los cuatro Evangelistas.
LOS EVANGELIOS
La «Buena Noticia» del Evangelio
La palabra EVANGELIO significa BUENA NOTICIA y designa el anuncio gozoso por excelencia: el de la salvación por la fe en Jesucristo. Todo el Nuevo Testamento contiene esta Buena Noticia, pero de una manera especial los cuatro Libros que, a partir del siglo II, recibieron el nombre de EVANGELIOS. Antes de ser una «proclamación», el Evangelio es un «acontecimiento»: la visita de Dios al mundo que, por medio de Jesús, «nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados» (Col. 1. 13-14). Este «acontecimiento» anunciado y aceptado alegremente es la Buena Noticia, «el poder de Dios para la salvación de todos los que creen» (Rom. 1. 16).
El tema central de la Buena Noticia de Jesucristo es el REINO DE DIOS. Su misión terrena consistió en anunciar la llegada de ese Reino, y en preparar la acción decisiva de Dios, destinada a destruir el poder del mal y a establecer la soberanía divina sobre todo el universo.
Al separarse de sus Apóstoles, él les ordenó: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación» (Mc. 16. 15). Los Apóstoles, fieles a la orden del Maestro, comenzaron a «evangelizar», y el núcleo de su predicación era el Misterio Pascual de la Muerte y la Resurrección del Señor. Ellos proclamaban que el Mesías, para ser glorificado, debía pasar por la humillación. Por eso, según el designio previamente establecido por Dios, Jesús fue condenado a muerte y crucificado. Pero Dios lo resucitó y lo glorificó, constituyéndolo Señor y Juez de vivos y muertos. Al ser glorificado, él recibió del Padre el Espíritu Santo, y lo derramó sobre todos los que confiesan su Nombre, convirtiéndose y haciéndose bautizar para obtener el perdón de los pecados.
Del Evangelio oral al Evangelio escrito
Este Evangelio que predicaron los Apóstoles es el fundamento de la fe que conduce a la salvación, y su primera proclamación recibe el nombre de «kerygma». Pero el «ministerio de la Palabra» (Hech. 6. 4) al que ellos estaban consagrados no consistía únicamente en anunciar la Buena Noticia a los no creyentes para llamarlos a la fe. También incluía una «catequesis», ordenada a instruir a los miembros de la Iglesia, presentándoles un desarrollo más amplio y detallado del mensaje que habían recibido.
Por eso, los Apóstoles trataron de conservar y formular las enseñanzas de que eran depositarios como testigos del Señor. Con ese fin, investigaron las Escrituras y, a la luz de la Resurrección de Cristo, recordaron y consignaron cuidadosamente lo que él había dicho y realizado. Así nacieron los Libros que designamos con el nombre de EVANGELIOS, y que fueron fijados por escrito a partir de unos cuarenta años después de la Ascensión del Señor. La Iglesia fue el medio vital donde se redactaron esos Evangelios, así como el pueblo de Israel había sido el medio vital donde se forjaron los libros del Antiguo Testamento.
Los Evangelios «sinópticos»
Los tres primeros Evangelios que llevan los nombres de MATEO, MARCOS y LUCAS tienen su origen en la predicación de los Apóstoles y dependen de un conjunto de tradiciones orales y escritas, que fueron surgiendo y desarrollándose en las primeras comunidades cristianas, para responder a las necesidades del culto, de la catequesis y de la disciplina eclesiástica. Se los llama Evangelios «sinópticos» «sinopsis» significa «visión de conjunto» porque basta con ponerlos en columnas paralelas para advertir que su contenido es bastante semejante. Sin embargo, junto con estas semejanzas, se perciben notables diferencias, en las que se ponen de manifiesto la personalidad, el estilo, los destinatarios y el enfoque particular de cada evangelista.
Marcos fue el primero que, hacia el año 70, agrupó en forma de «Evangelio» los materiales que le ofrecía la tradición. Luego lo hicieron Mateo y Lucas, alrededor del año 80, tomando como base el Evangelio de Marcos y completándolo con una «colección de palabras de Jesús» utilizada en las comunidades cristianas.
El mensaje siempre actual de los Evangelios
Los Evangelios proclaman un mensaje de salvación y son un testimonio que nace de la fe en el Señor Jesucristo. Ese testimonio se funda en una historia. Pero la historia de Jesús no es algo que pertenece al pasado, sino una realidad siempre presente y actuante en la Iglesia. Así lo comprendieron sus discípulos: de ahí que los Evangelios no sean una crónica, ni tampoco una mera biografía. Las acciones y las palabras de la vida terrena de Jesús fueron transmitidas y actualizadas con el fin de ahondar la fe en él y de ordenar la vida de la Iglesia en conformidad con esa fe.
A través de los Evangelios, el mensaje de Jesús resuena «hoy» en nuestros días. Cada generación de cristianos tiene necesidad de interrogarse de nuevo: ¿Quién es Jesús de Nazaret? ¿Qué vino a decir a la humanidad? ¿Dónde podemos encontrar nosotros actualmente al Señor crucificado y resucitado? ¿A qué nos compromete su Evangelio en este momento de la historia? ¿Y cómo podemos transmitirlo de manera que siga siendo tan «Buena Noticia» para nuestros contemporáneos como lo fue para la primera generación cristiana? De la respuesta que demos a estos interrogantes dependerá que los Evangelios nunca «pasen de moda».

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