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Columnistas

04/10/2016

Cooperador

El diaconado permanente para las mujeres

José Antonio Varela Vidal

Debieron pasar casi catorce años para que un Papa retome la sugerencia de un dicasterio vaticano, el cual recomendó que la Iglesia estudie mejor y se pronuncie sobre la posibilidad, o no, de instituir el diaconado permanente para las mujeres.

Y así lo acaba de hacer Francisco al crear el 2 de agosto último la Comisión de Estudio sobre el Diaconado de las mujeres, encargándole la presidencia al arzobispo jesuita Francisco Ladaria, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Le acompañarán doce miembros, entre presbíteros, religiosas y académicos, estos últimos solo de universidades europeas y estadounidenses.

 

Lo que antecedió

Corría el año 1992 cuando se le encargó a la Comisión Teológica Internacional (CTI), organismo perteneciente a la Congregación para la Doctrina de la Fe, que en su estudio «El Diaconado: Evolución y Perspectivas» hiciera menciones específicas al diaconado femenino.

Un trabajo de diez años a cargo de dos subcomisiones y de la revisión de la Comisión en sesión plenaria, permitió que en 2002 viera la luz el documento en mención. 

Fue así que luego de varias evidencias acerca de la existencia del diaconado femenino en la Iglesia primitiva y más allá, aunque sin darle plena claridad sobre sus funciones, los teólogos concluyeron que con un mayor discernimiento, la autoridad de la Iglesia debería «pronunciarse con autoridad sobre la cuestión» (Concl.)

 

¿Hipótesis o propuesta?

Ya el mismo papa Francisco, así como sus colaboradores y biógrafos, han revelado que muchas de las decisiones que ha sacado adelante son producto de profundas meditaciones y abundantes oraciones, y en algunos casos, también de sus intuiciones y convicciones.

Y esta ocasión no tiene por qué ser la excepción. Preparado con anticipación para responder a una pregunta incisiva de las integrantes de la Unión de Superioras Mayores, organismo mundial que agrupa a las cabezas de las congregaciones religiosas que se reunieron con él, Francisco anunció un deseo que impresionó a propios y extraños.

Fue así que en la mencionada reunión, realizada el 12 de mayo en el Aula Pablo VI del Vaticano, el Papa dijo lo siguiente sobre la institución del diaconado permanente para las mujeres: «Le pediré a la Congregación para la Doctrina de la Fe que me informe acerca de los estudios sobre este tema».

Y añadió con un énfasis que sembró esperanza en algunos: «Además quisiera constituir una comisión oficial que pueda estudiar la cuestión: creo que hará bien a la Iglesia aclarar este punto».

Otro reciente anuncio, que se suma al esfuerzo papal por reubicar a las mujeres en su original rol protagónico en la Iglesia –no un feminismo dice él mismo-, ha sido la elevación a «fiesta» de la memoria de santa María Magdalena, dándole la misma dignidad litúrgica que tienen los apóstoles.

 

Los nudos por desatar

La comisión del «diaconado femenino» podría tomarse un año en dar su informe. En este largo plazo, el encargo los llevará a remontarse a los estudios antiguos sobre el perfil y la misión de las diaconisas, que sin mayor explicación dejaron de mencionarse en los rituales de la Iglesia a partir del siglo X.

Lo que sí será más difícil de desmadejar para la Comisión, es el amplio debate surgido desde Vaticano II (que reintegró el diaconado permanente en la Iglesia), acerca del carácter que estos reciben al ser ordenados para formar parte del clero local.

Para algunos, los diáconos no serían impregnados del sacramento del Orden Sagrado in persona Christi Capitis –lo que sí les da representación a los presbíteros y obispos para actuar como el mismo Jesucristo-, principalmente en la Eucaristía y otros sacramentos así reservados.

Por lo tanto el asunto no obligaría al papa a abrir la cuestión definitiva firmada por san Juan Pablo II en la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis de 1996, sobre la no ordenación sacerdotal a mujeres.

Si se considera más bien la otra visión teológica, de que a los diáconos se les impone las manos solamente «ad ministerium» es decir, para funciones propias de colaboración con el obispo, entonces ni la Comisión ni el Sumo Pontífice encontrarán obstáculo para convertir en paritario el encargo.

Menos aún en estos tiempos, en que se necesitan tantas manos para dar mayor acceso a los importantísimos sacramentos del bautismo y del matrimonio, o ya sea para consolar a los fieles con el viático y los sacramentales, y hasta administrar la mesa de la caridad, que vienen a ser tareas esenciales de los diáconos.CP

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