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Columnistas

03/10/2016

Cooperador

La Exhortación «Amoris Laetitia»

Raúl Berzosa, obispo

El 19 de marzo del año 2016, dentro del año Jubilar de la Misericordia y en el cuarto año del Pontificado del Papa Francisco, nos ha regalado la Exhortación Apostólica Postsinodal «Amoris Laetitia» (La alegría del amor). Está dedicada, según el mismo Papa ha deseado indicar, a los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas, a los esposos cristianos y a todos los fieles laicos.

Lleva un subtítulo interesante: «sobre el amor en la familia». Os vamos a adentrar en la misma, haciendo un resumen, nada fácil, de 265 páginas, remitiendo a los números de dicha Exhortación.

 

1.- Claves globales de la Exhortación

Comienza el papa Francisco afirmando que «la alegría del amor que se vive en las familias, es también la alegría de la Iglesia» (n.1). Con un convencimiento: ninguna familia es una realidad perfecta sino que requiere una progresiva maduración en la capacidad del amor (n. 325).

Nos hace una advertencia: sólo en el Reino definitivo encontraremos la plenitud. Esto nos impide juzgar con dureza a quienes viven en condiciones de mucha fragilidad y, al tiempo, nos anima a mantener viva la tensión hacia un más allá de nosotros mismos y de nuestros límites (n. 325).

 

2.- El contenido de los nueve capítulos

Se abre, para «situar el tono adecuado», inspirándose en la Sagrada Escritura (c. primero).

A continuación, se describe la situación actual de las familias, para «mantener los pies en la tierra» (c. segundo).

Se recuerdan algunas cuestiones relevantes de la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia (c. tercero), y se dedican los capítulos centrales al tema del amor (cc. cuarto y quinto).

Se destacan algunos caminos pastorales para construir hogares sólidos y fecundos, según el plan de Dios (c. sexto), con un capítulo dedicado especialmente a la educación de los hijos (c. séptimo).

Se detiene en una invitación a la misericordia y al discernimiento pastoral ante las situaciones que no responden plenamente a lo que el Señor nos propone (c. octavo).

Por último, el Papa aporta algunas sugerencias sobre espiritualidad familiar (c. noveno).

Vamos a hacer no una lectura «lineal» (capítulo por capítulo) sino «trasversal», es decir, subrayando lo más importante de dicha Exhortación, siguiendo un método: ver-juzgar-actuar.

 

3.- La realidad de la familia de hoy y algunos desafíos pastorales (el «ver»)

Se afirma que la familia vive hoy en un cambio profundo antropológico y cultural (n. 32). Estamos en la cultura del individualismo exasperado, de un sujeto que se construye según sus propios deseos (n. 33).

Es una Familia que no ha sido debidamente acompañada desde las claves cristianas (o por abandono o por idealización) (n. 36), habiéndose insistido más en las cuestiones doctrinales y morales (n.37).

Se experimenta gran velocidad y cambio en las relaciones afectivas (nn. 38-39). Es una afectividad narcisista, inestable y cambiante, que no ayuda a la madurez (n. 41). Los jóvenes ven la familia como «privación de oportunidades de futuro» (n. 40); se experimenta la soledad y la impotencia ante la realidad socio-económica (n. 43).

Se ha creado un descenso demográfico y una mentalidad anti-natalista, promovida por políticas mundiales de salud reproductiva (n. 42). Con la paradoja de nacimientos fuera del matrimonio (n. 45)

Otros problemas serían: la falta de vivienda digna (n. 44), las familias emigrantes (n. 46), las personas con discapacidad (n. 47), la desatención de los ancianos (n. 48), y las familias sumidas en la miseria (n. 49).

Y, entre los desafíos más importantes, se enumeran: la ansiedad por el futuro (n. 50), las drogodependencias (n. 51), la familia no fundada en el matrimonio (n. 52), la poligamia (n. 53), la falta de protagonismo de la mujer (n. 54), el machismo (n. 55), y la ideología de género (n. 56).

 

4.- El método pastoral o hermenéutica de fondo (el «juzgar»)

¿Cómo juzgó el Sínodo el tema de la familia? El Sínodo puso sobre la mesa la realidad matrimonial y familiar de hoy (n. 2). La reflexión de pastores y teólogos, si es fiel a la Iglesia, debe ser honesta, realista y creativa, evitando dos extremos que se repiten en los medios de comunicación y en algunos ámbitos eclesiales: o bien el deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, o bien la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas (n.2).

En estos temas complejos, es necesario, por un lado, una unidad de doctrina y praxis, pero ello no impide que existan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella (n.3). Es el Espíritu Santo el que nos llevará a la verdad completa, pero en cada país o región se pueden buscar soluciones más inculturadas y atentas a las tradiciones y desafíos locales (n.3).

En pastoral, existe lo que San Juan Pablo II llamaba «gradualidad», o conciencia de que el ser humano conoce, ama, y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento (n. 295). No es una «gradualidad de la ley misma» sino de su ejercicio o puesta en práctica por sujetos que no están en condiciones de comprender, valorar o practicar plenamente las exigencias objetivas (n. 295).

También hay que «discernir las situaciones llamadas irregulares». A lo largo de la historia Iglesia se han dado dos lógicas: o marginar o integrar (n. 296). Se trata de integrar a todos y de ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial (n. 297). Es responsabilidad de los presbíteros y del obispo el acompañamiento con estos criterios: humildad, reserva, amor a la Iglesia y a sus enseñanzas, búsqueda sincera de la voluntad de Dios, y deseo de alcanzar una respuesta a dicha voluntad lo más perfecta (n. 300).

Existen «circunstancias atenuantes» en el discernimiento pastoral, porque limitan la capacidad de decisión. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender los valores inherentes a la norma (n. 301). El Catecismo nos recuerda, entre otros, la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados, y otros factores psíquicos o sociales (n. 302).

Aunque sea verdad que las normas generales presentan un bien que no debe desatenderse ni descuidar, en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares (n. 304). Y lo contrario: en un discernimiento práctico, ante una situación particular, ésta no puede elevarse a «categoría de norma» porque pondría en riesgo los valores a preservar (n. 304).

Por creer que todo es blanco o negro, a veces, cerramos el camino a la gracia y al crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que den gloria a Dios. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida externamente correcta de quien transcurre sus días sin afrontar dificultades importantes (n. 305).

 

5.- Claves de espiritualidad y de pastoral familiar (el «actuar»)

El salmo 128 nos sitúa en las claves espirituales de la familia: «tú y tu esposa» (es una única voluntad de amor) (n. 13); «los hijos como brotes de olivo» (sabiendo que no son propiedad de los padres y que deben seguir su propio camino en la vida) (n. 18); «comerás con la fatiga de tus manos» (implica sufrimiento y dolor) (n. 19-23); pero siempre existe la «ternura del abrazo» (imagen de la comunión trinitaria) (n. 29). Hay que crecer en el amor conyugal a imagen del amor de la Trinidad (n. 121): sabiendo que es para toda la vida; teniendo todo en común (n. 123); y reflejando «la máxima amistad» y la máxima alegría y belleza (n. 126).

La gracia del sacramento del matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges (n. 89), tal y como se refleja en el Himno de 1Cor 13,4-7: amor paciente y lento a la ira sin amarguras ni insultos ni maldades (Ef 4,31) (n. 93), servicial y bondadoso en su obrar (n. 93), sin envidias ni celos (n. 95), sin hacer alarde de grandezas ni ser arrogante (n. 97), amable y sin durezas (n.99), desprendido y sin buscar su propio interés (n. 101), no se irrita ni muestra violencia interna (n. 103), no lleva cuenta del mal y sabe perdonar (n. 105), no se alegra de la injusticia de los demás (n. 109), goza con la verdad (n. 110), disculpa todo (n. 111), cree todo y sabe confiar (n. 114), todo lo espera y no desespera del futuro (n. 118), y todo lo soporta con espíritu positivo en las contrariedades (n. 118).

Se destaca, en otro orden de cosas, que la sexualidad es buena y bella (n. 150), y el amor erótico es un don de Dios (n. 152). Se denuncia toda manipulación y violencia de la sexualidad que la convierta en fuente de sufrimiento (n. 154). El amor conyugal «se manifiesta y crece» a la vez, con tres palabras claves: «permiso, gracias, perdón» (n. 133). Siempre abierto al diálogo y dispuesto a modificar y completar opiniones (n. 139).

Finalmente, en este apartado, una anotación importante: matrimonio, virginidad y celibato se complementan, porque todas son formas de amor (n. 159). Sólo se puede amar para toda la vida, siendo fieles en cualquier estado, con la fuerza del Espíritu Santo (n. 164).

 

6.- Algunas perspectivas pastorales con futuro

Ante todo, tenemos que anunciar, hoy, el Evangelio de la familia, desde una iglesia en clave misionera, en la que todos estamos implicados: familia-parroquias-comunidades-diócesis, es decir, laicos-consagrados-presbíteros…) (nn. 199-204). A partir de aquí, un «antes, un en y un después».

Un antes: Hay que acompañar a los prometidos en el camino de preparación al matrimonio (n. 205), con agentes de pastoral como las propias familias (n. 208), y mediante encuentros personalizados y más comunitarios (nn. 209-211).

Un en: hay que preparar bien la celebración matrimonial (n. 112) para que los esposos sean conscientes de lo que celebran, teniendo en cuenta la peculiariedad de las culturas (nn. 213-216).

Un después, en las diversas etapas: hay que acompañar en los primero años de vida matrimonial (n. 221), para que se abran a la vida (n. 222), para que sus expectativas sean realistas y no demasiado altas (n. 221), y para que se integren en las parroquias (n. 223) y en movimientos (n. 229).

Hay que iluminar, en todos los estadios de la vida, las crisis, las angustias, las dificultades (n. 231), el curar las viejas heridas (n. 239) y el saber acompañar rupturas y divorcios (n. 241).

Hay que prestar especial atención a algunas situaciones complejas: matrimonios mixtos (católicos y otros bautizados cristianos) (n. 247), de disparidad de cultos (católicos y otras religiones) (n. 248), casos en los que se celebró el matrimonio antes de la conversión de un cónyuge (n. 249), uniones de personas del mismo sexo (n. 251), familias monoparentales (n. 252).

Hay que saber acompañar, acompañar, cuando la muerte ha clavado su aguijón (n. 253). «Aceptar la muerte es poder prepararnos ya para ella» (n. 258).

Hasta aquí, una lectura global y resumida de la Exhortación. La invitación es a leerla personalmente e, incluso, compartirla en familia y en grupo en la parroquia o en las diversas comunidades de referencia. No se perderá el tiempo.CP

 

 

 

 

 

 

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